El Despertar de la Runa

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 10: Anya

El té de la abuela sabía a hojas secas y a un intento desesperado por engañar a su propio sistema nervioso.

No estaba funcionando.

—Te lo digo en serio, Anya, el tipo es perfecto —insistió Elara por quinta vez, sentada con las piernas cruzadas sobre la cama mientras se cepillaba el cabello—. Es decir, da un poco de miedo, sí. Pero es el heredero de la Casa Aureum. Se supone que debe lucir como si pudiera decapitarte con la mirada. Es parte del encanto real.

—Tiene cara de estreñido —repitió Anya, sosteniendo la taza caliente entre las manos.

Miraba fijamente el vapor que se elevaba desde el té. O al menos eso parecía.

En realidad, estaba reviviendo una y otra vez la forma en que aquellos ojos helados la habían observado desde el podio.

Había salido ilesa del Gran Salón. Nadie la había visto entrar tarde. Ningún instructor la había detenido.

Había sobrevivido al primer día.

O eso creía.

—Un estreñido hermoso —corrigió Elara con un suspiro dramático—. Además, su discurso fue profundo. Ya sabes… «Cada puerta cerrada existe por una razón».

—Qué inspirador.

—¿Ves? ¡Te impactó!

—Era sarcasmo.

—Lo sé.

Anya dejó la taza sobre la mesa de noche. El dolor de cabeza seguía ahí, latiendo detrás de sus ojos. Se masajeó las sienes, intentando convencerse de que estaba exagerando.

El chico del pasillo restringido tenía asuntos mucho más importantes que hacer que perseguir a una estudiante de primer año.

Era el futuro rey.

Ella era una estudiante procedente de las provincias bajas.

Una variable irrelevante.

Un golpe seco en la puerta hizo que ambas se congelaran.

Elara dejó de cepillarse.

Anya sintió cómo se le tensaban los hombros.

Eran casi las once de la noche y el toque de queda estaba a punto de comenzar.

—¿Esperas a alguien? —preguntó Elara en voz baja.

Anya negó con la cabeza y se levantó.

Caminó lentamente hacia la puerta.

No hubo un segundo golpe.

En su lugar, escuchó el suave sonido de un papel deslizándose por debajo de la madera.

Un sobre.

Blanco.

Pesado.

Y sospechosamente elegante.

Anya se agachó y lo recogió. El papel tenía una textura demasiado cara para contener buenas noticias. Pero fue el sello de cera escarlata lo que terminó de provocarle un vuelco en el estómago.

Un sol de líneas perfectas.

La Casa Aureum.

—¿Qué es? —preguntó Elara, incorporándose de golpe.

Anya rompió el sello, desplegó el pergamino y comenzó a leer.

La caligrafía era impecable.

Recta.

Precisa.

Terriblemente intimidante.

SECCIÓN DE DISCIPLINA INTERNA – ALA OESTE

DIRIGIDO A: Srta. Anya Valeris, Estudiante de Primer Año.

Por incumplimiento de las normas de acceso establecidas para las zonas restringidas de la academia, se le asigna servicio obligatorio de mantenimiento y transcripción en el Archivo de la Casa Aureum.

Horario: Tres veces por semana, después del toque de queda.

Supervisión: Prefecto Real Kael Aureum.

El silencio cayó sobre la habitación.

—Anya… —murmuró Elara.

Anya volvió a leer la última línea.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Supervisión: Prefecto Real Kael Aureum.

Claro.

Por supuesto.

Cómo no.

El universo no podía simplemente dejarla dormir ocho horas seguidas.

—Anya… —repitió Elara con cautela, estirando el cuello como una jirafa chismosa—. ¿Qué hiciste exactamente en el ala oeste? ¿Le prendiste fuego a su capa de gala? ¿Le robaste algún artefacto real? Porque, sinceramente, esa carta grita «te voy a vigilar personalmente».

La garganta de Anya se cerró.

De repente, demasiadas cosas empezaban a encajar.

El discurso.

Las advertencias.

La mirada desde el podio.

No había sido paranoia.

—Ese hombre necesita urgentemente un pasatiempo —gruñó, frotándose las sienes—. Un huerto. Tejer bufandas. Coleccionar piedras. Cualquier cosa que no implique amargarme la existencia.

—Anya, te enviaron al Archivo Aureum —dijo Elara.

Y entonces ocurrió algo mucho más preocupante que el castigo.

Sus ojos comenzaron a brillar.

—Oh, no.

—¡Vas a estar encerrada con el mismísimo heredero del trono! —exclamó Elara, agarrándole los hombros—. Tres veces por semana. En una torre oscura. A solas. Después del toque de queda.

Anya cerró los ojos.

Ya sabía hacia dónde iba aquello.

—Elara…

—¡Es literalmente el inicio de una novela romántica!

—Es un castigo disciplinario.

—Detalles técnicos.

—No.

—Sí.

—No.

—Absolutamente sí. —Elara se dejó caer dramáticamente sobre la cama—. ¿Y si te pide que le ayudes a catalogar libros antiguos? ¿Y si descubre que eres especial? ¿Y si resulta que esconde un corazón noble bajo toda esa cara de superioridad aristocrática?

—Si descubres que has leído demasiadas novelas románticas, avísame.

—Jamás.

—Lo sospechaba.

—Además, admítelo. Es ridículamente atractivo.

—También las estatuas del jardín son atractivas y no por eso quiero pasar tres noches a la semana encerrada con ellas.

Elara soltó una carcajada.

—Dioses, esto va a ser mejor de lo que imaginaba.

—Para ti, quizá.

—Para mí es entretenimiento gratuito.

—Qué alivio.

—Siempre pienso en tus necesidades.

—Qué considerada.

A pesar de todo, una sonrisa terminó apareciendo en los labios de Anya.

Duró apenas un instante.

Lo suficiente.

Volvió a mirar el pergamino.

El príncipe había decidido castigarla.

Perfecto.

Probablemente creía que aquello la mantendría bajo control. Que unas cuantas noches ordenando archivos serían suficientes para recordarle cuál era su lugar dentro de la academia.

Qué equivocada estaba esa idea.

Sus ojos se desviaron hacia el viejo baúl situado junto a la pared.




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