Anya
El primer día de clases no comenzó con magia majestuosa, sino con un dolor de cabeza burocrático.
Resultó que sobrevivir a la Ceremonia de Apertura solo era el primer filtro. El segundo era entender el pergamino de horarios que el Instructor de la Rama de Resonancia le había entregado esa mañana en el comedor.
—Esto no es un plan de estudios, Elara —dijo Anya, entornando los ojos ante las líneas de tinta—. Es un jeroglífico.
—Bienvenida a primer año, recluta —respondió Elara, dándole un mordisco a una manzana mientras revisaba el papel por encima de su hombro—. A ver… Teoría del Flujo Elemental a primera hora en el Aula de Piedra. Esa es común. El viejo Profesor Vane se duerme a la mitad, pero si nota que tú también te duermes, te lanza un maleficio de picor. No parpadees.
—Encantador. ¿Y por qué no vienes conmigo?
—Porque soy de segundo año, pequeña saltamontes. Los de la Rama de Resonancia compartimos dormitorio por afición y afinidad energética, pero en las aulas os dividen por nivel. Aunque… —Elara sonrió, señalando la tercera línea—. Coincidiremos en Sintonía de Artefactos II. Es una asignatura no especializada. Mezclan a los de tu año que pasaron la prueba de orbes con los de segundo que suspendimos el manejo de reliquias el año pasado.
—¿Suspendiste?
—Los detalles técnicos no importan —Elara le restó importancia con la mano—. El punto es que ahí te vigilaré. El resto del día estás sola en tus específicas. Buena suerte con Frecuencias Magnéticas. Dicen que el aula está tan arriba en la torre oeste que te sangran los oídos por la altitud.
Anya suspiró, enrollando el pergamino. Su horario parecía una tortura matemática: asignaturas comunes por la mañana para rellenar teoría del reino, específicas de Resonancia al mediodía para canalizar su inútil magia, y una electiva por la tarde donde, al menos, tendría a Elara cerca.
Un día completo. Y al final de la línea, escrito con una caligrafía que casi parecía burlarse de ella: 22:00 h - Servicio en el Archivo Aureum.
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El Aula de Piedra era exactamente lo que su nombre prometía: un anfiteatro frío, de techos abovedados y bancos de roca donde los de primer año de todas las Casas —Ignis, Veridis, Noctis y los pocos de Resonancia— se sentaban manteniendo distancias cautelosas. Los uniformes rojos de Ignis se agrupaban a la derecha, irradiando una suficiencia insoportable; las túnicas violetas de su propia rama se dispersaban como notas discordantes.
Anya eligió un asiento en la última fila, pegada a la pared. No quería destacar. Ya había tenido suficiente "atención real" el día anterior.
La primera impresión de las clases en Aethelia fue que la magia era, en un ochenta por ciento, sentarse a escuchar a ancianos hablar de decretos reales de hacía cuatro siglos. El Profesor Vane, un hombre que parecía sostenerse en pie gracias a la pura rigidez de su túnica, dedicó dos horas a explicar por qué los plebeyos y becados debían registrar cada miligramo de fluctuación mágica en los registros del reino.
«El control no es un privilegio de la corona», dictaba el profesor, su voz rebotando monótona contra las piedras. «Es una necesidad del tejido social. Una magia sin registrar es un peligro para la estabilidad».
Anya apoyó la barbilla en la mano, tomando apuntes mecánicamente mientras una palabra no dejaba de rondarle la cabeza: Control. Kael había dicho lo mismo en el podio. El Gran Maestro también. Era la palabra favorita de este maldito lugar.
El resto del día pasó en un borrón de cansancio. Frecuencias Magnéticas resultó ser tan terrible como Elara predijo; el aula en la torre oeste vibraba con un zumbido constante que le hizo doler los dientes, y el instructor la reprendió dos veces por no lograr que una aguja de hierro flotara mediante resonancia acústica.
—Tu mente está dispersa, Valeris —le había dicho el instructor, mirándola con decepción—. Si no puedes sintonizar con un objeto simple, el castillo te consumirá.
Para cuando llegó la última clase de la tarde, Sintonía de Artefactos II, Anya sentía que el cerebro se le derretía. Ver la capa violeta de Elara guardándole un sitio en el aula compartida fue lo único que evitó que se diera la vuelta hacia el dormitorio.
—¿Sobreviviste? —le susurró Elara cuando Anya se dejó caer a su lado.
—Apenas. Creo que mi energía mágica es un mito urbano. No he movido nada en todo el día.
—Tranquila, la primera semana es para romperte el orgullo. Aethelia funciona así. Primero te hacen sentir insignificante, luego…
—¿Luego qué?
—Luego te ponen a limpiar el Archivo con el heredero al trono —Elara le dio un codazo suave, con una sonrisa cómplice—. Mira el lado positivo: el día ya no puede ser más largo.
Anya miró por el ventanal del aula. El sol de Aethelia comenzaba a teñir las torres de un naranja sangriento, dando paso a las sombras de la noche. Elara se equivocaba. El día no iba a ser más largo, pero la noche se perfilaba eterna.
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El castigo no había esperado a la mañana.
La academia de Aethelia, de noche, parecía otra estructura distinta. Las torres no eran majestuosas; eran vigilantes. Los pasillos no eran solemnes; eran largos recordatorios de que uno no debía estar allí.
Anya caminaba con el pergamino de disciplina aún arrugado entre los dedos.
—Esto es ridículo —murmuró para sí—. Castigos después del toque de queda. ¿Qué sigue? Ejecuciones administrativas antes del desayuno.
Elara no estaba con ella. Por primera vez en todo el día, el silencio era completo.
Y eso lo hacía peor.
Cuando llegó al ala oeste, la puerta no tenía guardias visibles.
Solo runas.
Anya se detuvo.
Las líneas grabadas en la piedra brillaban suavemente, como si reconocieran su presencia… o la estuvieran evaluando.
—Genial —susurró—. Una puerta que me juzga.