Anya
El cansancio acumulado por las noches de transcripción en el Archivo, bajo la insoportable y vigilante mirada de Kael, finalmente comenzó a pasarle factura. Anya sentía el cuerpo pesado y la mente flotando en una nebulosa tan densa que apenas lograba procesar la realidad a su alrededor.
No prestó atención al desayuno mientras Elara le enumeraba los últimos chismes de segundo año, ni registró el trayecto hacia los pabellones, y mucho menos el destello de las luces mágicas al encenderse en las aulas. En el fondo de sus pensamientos se repetía, de forma caprichosa, el recuerdo de aquel trazo antiguo y semi-borrado en los documentos de la Casa Aureum; un símbolo misterioso que, por alguna razón, continuaba provocándole una extraña opresión en el pecho.
—Señorita Valeris —la voz de la Profesora Astrum cortó el aire como un látigo de hielo—. Repita lo que acabo de decir sobre las frecuencias de contención primarias.
Anya parpadeó, regresando de golpe al aula de Sintonía de Artefactos. Frente a ella, la profesora —una mujer de mirada severa y túnica impecablemente alineada— la observaba con los brazos cruzados. A su lado, Elara le daba un codazo disimulado por debajo de la mesa.
—Dijo que… la contención depende de la estabilidad del núcleo, profesora —improvisó Anya, intentando mantener la voz firme.
La Profesora Astrum entornó los ojos, no del todo convencida.
—Es la tercera vez que la reprendo por mirar al vacío hoy, Valeris. Si su mente no puede sintonizar con esta aula, dudo que sintonice con la magia de Resonancia. Menos distracción y más caligrafía.
Anya bajó la mirada hacia su cuaderno. Había estado dibujando. Pero no eran apuntes.
En la esquina superior de la página, sus dedos habían trazado de memoria, casi por instinto, las líneas entrelazadas del símbolo del Archivo.
Al terminar la clase, la marea de estudiantes comenzó a vaciar el aula. Anya recogió sus cosas despacio, esperando a que el pasillo se despejara, pero cuando se giró para seguir a Elara, la sombra de la Profesora Astrum se interpuso en su camino. La mujer observaba fijamente el cuaderno abierto de Anya.
Específicamente, el dibujo de la esquina.
El aire en el aula pareció enfriarse un par de grados. La expresión de la profesora cambió; la severidad habitual se transformó en una fijeza incómoda, casi tensa.
—¿Dónde has visto ese trazo, Valeris? —preguntó la profesora, bajando la voz a un susurro directo.
Anya sintió que el estómago se le apretaba.
—En… en ninguna parte, profesora. Solo son líneas. Un garabato.
—No mientas. —La Profesora Astrum cerró el cuaderno de Anya de un golpe seco—. Esa estructura lineal es una variante de sellado antiguo. No deberías conocerla, y mucho menos replicarla. Borra eso de tu cuaderno. Ahora.
Anya guardó el libro en su bolso, con el corazón latiendo a toda velocidad. La profesora sabía lo que era. No le había dicho quién lo creó, ni qué poder tenía, pero su reacción de pánico controlado era la confirmación que necesitaba: el símbolo era peligroso.
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—Estás rara —sentenció Elara esa misma noche, lanzándose sobre la cama del dormitorio como si fuera su trono personal.
Anya estaba sentada frente al escritorio, mirando la madera oscura.
—Estoy normal.
—Estás “mirando al vacío como si pudieras ver los secretos del universo” —Elara se incorporó, apoyando el mentón en las manos—. Debería ser una categoría clínica en esta academia. Es por el príncipe, ¿verdad?
—Menos.
—Es por el príncipe.
—Elara…
—Es por el príncipe y las tres noches de reclusión obligatoria.
Anya le lanzó una almohada con una sonrisa cansada. Elara la atrapó riéndose, pero su diversión disminuyó cuando vio que Anya no continuaba con la broma.
—Es por lo que pasó en el Archivo, ¿no? —preguntó Elara, adoptando un tono más serio—. ¿Qué encontraste allí, Anya?
Anya miró hacia la ventana. Las torres de Aethelia se recortaban contra la noche como vigilantes de piedra.
—Un símbolo —confesó en voz baja—. Estaba oculto en los registros que Kael me mandó transcribir. Y hoy, la Profesora Astrum lo vio en mi cuaderno. Casi le da un ataque. Dijo que es una runa de sellado de una época oscura.
Elara se quedó muda, asimilando las palabras. La chispa habitual de sus ojos se apagó, reemplazada por una cautela que Anya rara vez le había visto.
—Anya… si Kael Aureum te tiene transcribiendo documentos con ese tipo de marcas… te estás metiendo en algo muy grande. La Casa Aureum no deja cabos sueltos. Si el príncipe descubre que estás prestando atención a lo que no debes…
—Ya lo descubrió —interrumpió Anya, recordando la mirada fija y letal de Kael cuando ella le preguntó por el trazo—. Ayer me ordenó callar.
—Entonces hazle caso —susurró Elara en la penumbra del cuarto—. En Aethelia, los curiosos terminan limpiando los jardines… o desapareciendo en las rotaciones oficiales.
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Mientras tanto, en el ala oeste, el silencio del Archivo Aureum era absoluto.
Kael no tenía turno de supervisión esa noche. No había estudiantes, no había instructores. Solo él.
Los documentos antiguos de la Casa Aureum estaban desplegados sobre la mesa principal, iluminados por una cadena de luz suspendida que parpadeaba suavemente. Kael pasó los dedos largos sobre el pergamino, deteniéndose exactamente en el mismo patrón entrelazado que la chica de primer año había señalado la noche anterior.
El símbolo aparecía en demasiados registros. Registros de censura. Registros de confiscación de bienes de familias caídas en desgracia tras la última guerra.
—No es posible… —murmuró Kael para sí mismo, con la mandíbula apretada.
La historia oficial dictaba que esa orden mágica había sido erradicada por completo, que sus secretos habían sido destruidos para proteger la paz del reino. Pero los documentos que tenía delante sugerían algo muy distinto: el sellado seguía activo en alguna parte del castillo.