Kael
El orden no se construía con grandes decretos; se mantenía en los detalles insignificantes. Una línea mal transcrita, un pergamino fuera de lugar o una respiración fuera de ritmo eran suficientes para que la estructura entera de Aethelia mostrara fisuras.
Kael Aureum lo sabía mejor que nadie. Por eso llevaba tres semanas soportando la presencia de Anya Valeris en su Archivo sin decir una sola palabra.
Al principio, pensó que la chica de la túnica violeta se quebraría bajo el peso de la monotonía. Le había asignado los registros fiscales de la tercera dinastía, los textos más áridos, densos y aburridos de la Casa Aureum. Esperaba que se quejara, que llegara tarde, que le diera una excusa para extender la sanción o mandarla de regreso a su pabellón con una penalización mayor.
Pero no lo hizo.
Cada lunes, miércoles y viernes, a las once en punto de la noche, las runas de la puerta del ala oeste brillaban y Anya cruzaba el umbral. No hablaba. Se sentaba en la silla frente a su escritorio, tomaba la pluma y comenzaba a transcribir con una rigidez desafiante.
La única comunicación entre ellos durante esos veinte días había sido el roce del metal de la pluma contra el pergamino, lo el sonido rítmico de las páginas al pasar y pequeños cruces de miradas. Sin embargo, el silencio no significaba paz. Era una guerra de desgaste.
Kael pasó la página de su propio documento, pero sus ojos no se concentraron en la tinta. Además, para su propia irritación, se descubrió reconociendo el patrón exacto de los pasos de Anya antes incluso de verla cruzar la puerta. Era absurdo. Durante años había sido capaz de identificar a cualquier instructor o guardia por la cadencia de sus movimientos; aquello no significaba nada. Y aun así, cada lunes, miércoles y viernes, sabía exactamente cuándo ella llegaba, como si alguna parte de su mente hubiera comenzado a esperar su presencia. Una observación inútil y, por tanto, profundamente molesta.
Observaba de reojo la postura de la chica. Anya se negaba a encorvarse. Mantenía la barbilla en alto, apretando la mandíbula cada vez que tropezaba con un texto especialmente difícil. Había algo exasperante en su caligrafía: firme, decidida, carente de la sumisión que se esperaba de una alumna de primer año cumpliendo un castigo disciplinario. Le molestaba notar la rigidez de sus hombros, o cómo el cansancio de un día entero de clases delataba la túnica un poco floja en su cuello. Eran detalles periféricos que un prefecto real no debería registrar.
Y luego estaba el verdadero problema: el símbolo.
Durante esas semanas de silencio, Kael no había dejado de investigar por su cuenta. Había rastreado la runa entrelazada en los diarios privados de su familia y en las crónicas más antiguas de Aethelia. El resultado siempre era el mismo: páginas arrancadas, nombres borrados con ácido alquímico y lagunas cronológicas que no tenían sentido. Alguien se había tomado muchas molestias para que la actual generación de la corona no supiera qué significaba ese trazo y estaba seguro que todo estaba enlazado sin ninguna duda todo tenía que ver con los acontecimientos q”que hacían peligrar la seguridad de su reino.
Y ella lo había reconocido el primer día. Sin linaje. Sin acceso a la corte.
Un suspiro imperceptible escapó de los labios de Anya. Kael levantó la vista del escritorio. La luz flotante del techo proyectaba sombras doradas sobre el cabello castaño de la chica. Cuando notó que él la miraba, se tensó de inmediato. Sostuvo la pluma en el aire y le clavó los ojos azules, entornándolos con esa familiar chispa de ironía que él ya había aprendido a prever.
—Vaya —murmuró ella, dejando la pluma sobre el tintero—. El dios de piedra se mueve. Empezaba a pensar que los prefectos reales no respiraban aire, sino solemnidad.
Kael no cambió de expresión, pero el insulto velado hizo que apretara los dedos sobre el borde de su mesa.
—Tu caligrafía ha mejorado —dijo él, su voz rompiendo el silencio de tres semanas con la fuerza de un trueno en una cripta—. Pero tu concentración sigue siendo deficiente. Pasas demasiado tiempo memorizando la estructura de las hojas en lugar de transcribir el contenido.
Anya soltó una risa corta, cruzándose de brazos y echándose hacia atrás en la silla.
—Es difícil concentrarse en listas de impuestos de hace siglos cuando la mitad de las páginas tienen marcas de censura, alteza. Si la Casa Aureum no quería que leyéramos su historia, hubieran quemado los libros en lugar de ponerme a perder el tiempo.
Kael se levantó de la silla. Su túnica negra de gala rozó el suelo mientras rodeaba el escritorio con pasos lentos y medidos.
—En esta academia, el tiempo nunca se pierde, Valeris —dijo, deteniéndose justo al lado de la mesa de ella—. Se utiliza para medir la resistencia de los alumnos. Y tú pareces tener demasiada para ser una novata.
Anya no retrocedió. Al contrario, se inclinó ligeramente hacia delante, sosteniéndole la mirada. A esa distancia, entre el olor a polvo y pergamino viejo del Archivo, Kael percibió un aroma dulce, extraño y sutil que emanaba de ella; una fragancia viva que desentonaba por completo con la frialdad de la piedra. El contraste lo distrajo un milisegundo. Solo un milisegundo.
—Tengo la suficiente resistencia para saber cuándo me están ocultando algo —replicó ella en un susurro desafiante—. Ese símbolo de la primera noche... la Profesora Astrum se asombró cuando lo vio en mi cuaderno. Dijo que no debería conocerla, y mucho menos replicarla. Así que no me venga con discursos sobre la resistencia. Hay algo roto en este castillo y usted lo sabe mejor que yo.
La mención de Astrum hizo que el espacio entre ellos se volviera denso. ¿La profesora lo había visto? ¿La noticia de que una alumna de primer año manejaba esa runa estaba empezando a filtrarse?
Eso cambiaba las variables. Si dejaba a Anya suelta e ignorante, ella seguiría escarbando por su cuenta, haciendo preguntas ruidosas en las aulas comunes y llamando la atención del Gran Maestro. No era confianza lo que necesitaba tenerle; era contención de daños.