El Despertar de la Runa

CAPÍTULO 14

El orden no se construía con grandes decretos; se mantenía obligando a la gente a olvidar que tenía voluntad propia.

Anya caminaba a pasos rápidos por los claustros oscuros del ala oeste, con las suelas de sus botas golpeando la piedra con una furia contenida. El frío de la noche de Aethelia no lograba enfriarle el calor de la adrenalina que aún le corría por las venas.

Kael Aureum tenía esa alarmante capacidad: podía alterar su sistema con solo un par de palabras dictadas desde su pedestal de hielo. «Regresa a tu pabellón». La había echado como si fuera una molestia, tras haber invadido su espacio personal de una manera que todavía le hacía sentir un hormigueo extraño en la nuca.

Intentó concentrarse en el camino, pero cada vez que cerraba los ojos recordaba la voz grave del príncipe, peligrosamente cerca de su oído, pronunciando aquella orden: «Léelo». Y odiaba recordarlo. Odiaba aún más notar el eco de su perfume —madera y algo frío, como la nieve antes de caer— impregnado en su propia túnica. Había estado a escasos milímetros de ella. Había apoyado la mano en su mesa, acorralándola sin tocarla, y por un microsegundo, Anya había creído ver una grieta en su maldita máscara de perfección heráldica.

—Insufrible —masculló entre dientes, apretando los puños dentro de los bolsillos de la túnica violeta—. Un déspota estirado. Eso es lo que es.

Pero la rabia, aunque reconfortante, no lograba acallar el eco de las líneas que acababa de leer: «... y aquellos que porten la marca de la sintonía inversa serán apartados del registro. No habrá nombre en la piedra. No habrá memoria en el reino».

Repitió la frase mentalmente una, dos, diez veces mientras cruzaba el puente que conectaba el ala administrativa con el Pabellón Singular. Las palabras tenían un ritmo pesado, casi fúnebre. No sonaban como una ley o un decreto administrativo; sonaban como una condena absoluta. Una sentencia diseñada no para castigar, sino para borrar la existencia de alguien.

Cuando llegó a la habitación número 13, Elara ya estaba dormida. O algo así. Estaba desparramada boca arriba en la cama, con una novela de romance histórico cubriéndole la cara y roncando de una forma tan sutil que casi parecía una sintonía acústica defectuosa. Anya se acercó con cuidado y le quitó el libro de la cara para que pudiera respirar; al hacerlo, leyó el título de la página abierta: El ardiente despertar del Capitán Ignis.

Anya rodó los ojos con una sonrisa cansada y se deslizó bajo sus propias sábanas. Sin embargo, no cerró los ojos en toda la noche. El trazo del símbolo y el peso de esa frase se quedaron flotando en la penumbra de la habitación, grabándose a fuego en su cabeza.

Al día siguiente, el letargo de las clases matutinas se sintió más denso que de costumbre. En el Aula de la Torre, el Profesor Cardo, un hombre cuya túnica gris siempre olía a polvo y té de lavanda, se paseaba frente a un mapa gigante del continente, dictando la lección de Anales de la Fundación con una voz monótona que invitaba al sueño colectivo. A su lado, Elara llevaba veinte minutos intentando mantener los ojos abiertos usando el viejo truco de apoyar la barbilla en la mano, aunque cabeceaba cada tres segundos.

—... y fue tras el Gran Consenso que el orden actual se consolidó bajo la guía de la corona —decía el profesor, señalando los emblemas heráldicos grabados en los márgenes del mapa—. Las Grandes Familias fundadoras del reino establecieron los pilares de la sintonía elemental que hoy disfrutamos. La Casa Aureum en el centro, flanqueada por el equilibrio de Ignis, Veridis y Noctis. Cuatro pilares para una estructura imperecedera.

Elara se despertó de golpe con su propio cabeceo, parpadeando asustada.

—¡Sí, profesor, la sintonía inversa es...! —comenzó a decir a medio volumen, desorientada.

Anya le propinó un codazo limpio en las costillas por debajo de la mesa.

—Cállate, está hablando de los pilares de la fundación —le susurró Anya entre dientes, manteniendo una sonrisa fingida hacia el frente para que el profesor no las mirara.

—Ah —Elara se frotó el costado, quejándose dramáticamente—. Menos mal. Esos pilares son tan aburridos que sostienen el techo de la civilización y también mis ganas de morir. ¿Por qué el mapa tiene que ser tan grande si siempre nos enseñan las mismas cuatro esquinas?

Anya, que sostenía la pluma sobre el cuaderno sin haber escrito una sola palabra en media hora, se detuvo en seco. Cuatro pilares. Miró a su alrededor. Los alumnos de Ignis tomaban apuntes con orgullo; los de Veridis escuchaban con indolencia. Todo el mundo aceptaba esa realidad como una verdad matemática incuestionable. El reino se componía de cuatro Casas principales y las ramas de magia derivadas de ellas. Fin de la historia.

Pero Anya frunció el ceño, entornando los ojos hacia el mapa antiguo. La distribución de los territorios parecía demasiado perfecta, casi simétrica. Como si la geografía se hubiera diseñado con una regla en lugar de haberse expandido de forma natural a lo largo de los siglos.

Siempre hablaban de las mismas cuatro familias. Siempre ensalzaban los mismos linajes. Nunca se mencionaban dinastías extintas, ni ramas caídas en desgracia, ni guerras civiles que hubieran alterado el tablero de juego. La historia de Aethelia estaba demasiado limpia. Demasiado pulida. No había cicatrices en los textos, solo victorias perfectas. Era la caligrafía de un cirujano que había extirpado los tumores del pasado para que nadie recordara que alguna vez estuvieron allí.

«No habrá nombre en la piedra».

Un escalofrío sutil le ocurrió por la nuca. Kael no le había mostrado una advertencia sobre el presente; le había mostrado una pista sobre el gran borrón del pasado.

En cuanto terminó la última sesión de la tarde, Anya no esperó a Elara para ir al comedor. Se desvió hacia la zona baja del castillo, donde se encontraba la biblioteca común.




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