Kael se dirigía a la biblioteca común para cotejar el inventario de suministros alquímicos antes del amanecer. Una tarea puramente burocrática, pero necesaria. Sin embargo, en cuanto cruzó el umbral del pasillo de teoría elemental, se detuvo. El aire estancado y polvoriento estaba impregnado de un aroma dulce y sutil que reconoció al instante. Ella.
Avanzó sin hacer ruido, deteniéndose a la sombra de una estantería de roble. Anya Valeris estaba sentada directamente en el suelo, con el cabello castaño cayéndole de lado y las piernas cruzadas entre las sombras. Devoraba un volumen desencuadernado apoyado en sus rodillas con una mezcla de desesperación y fascinación que le aceleraba la respiración. Había algo exasperante en encontrarla ahí, pero la forma en que la luz moribunda del candil recortaba su perfil lo obligó a quedarse quieto un segundo de más.
Decidió romper la distancia, dando un paso al frente.
—¿Qué investigas, Valeris? —preguntó. Su voz, baja y gélida, cortó el silencio.
La chica dio un brinco violento. El susto hizo que soltara el libro y la pluma que tenía entre los dedos; ambos cayeron al suelo con un golpe seco, y la pluma rodó por la piedra hasta detenerse cerca de las botas de Kael. Anya se giró de golpe, aún de rodillas en el piso, atrapada entre el estante y la imponente anatomía del príncipe. Kael la observó desde arriba con los brazos cruzados, buscando desarmarla, pero ella tardó un solo suspiro en sostenerle la mirada, echando la cabeza hacia atrás para mirarlo de frente.
—¿Acaso el dios de piedra no tiene un reino entero que vigilar? —le soltó, con esa voz impregnada de un sarcasmo afilado que a Kael, extrañamente, le encendió la sangre—. ¿O es que su nuevo deber real es asustar a las estudiantes en los pasillos oscuros?
Kael permaneció inmóvil, pero la distancia entre los dos se sintió peligrosamente corta. Sus ojos descendieron hacia las manos de ella, notando cómo cerraba el puño derecho con fuerza contra el suelo. Estaba temblando, pero sus ojos azules brillaban con una electricidad que lo desafiaba directamente a bajar a su nivel.
—No me desvíes la pregunta, Anya —sentenció. Se inclinó sutilmente hacia delante, invadiendo su espacio, bloqueándole cualquier vía de escape.
Ella contuvo el aliento. Por un instante, la máscara de ironía flaqueó y Kael pudo ver el pulso acelerado en su cuello, atrapado por la súbita tensión que cargó el aire entre ambos. La atracción latía ahí, pesada, casi física, camuflada de hostilidad.
—Estaba buscando el origen de los apellidos de la corte —dijo ella, clavando sus ojos en los de él, sin apartarse un milímetro a pesar de la cercanía—. Quería ver cuánta tinta gasta la Casa Aureum en borrar a los que no le agradan. Listo. Ya tienes tu respuesta. Me voy.
Anya recogió el bolso del suelo con brusquedad y se puso en pie de un salto, dispuesta a empujarlo con el hombro para pasar. Kael reaccionó por puro instinto; el espacio entre sus cuerpos se cerró y, antes de que ella pudiera dar el paso, él extendió el brazo.
Su mano se cerró con firmeza alrededor de la muñeca de Anya.
El contacto fue un error de cálculo absoluto.
En el milisegundo en que su piel tocó la de ella, sus magias chocaron de frente. No fue un roce sutil; fue un impacto violento, un chispazo salvaje que Kael sintió recorrerle los huesos. El aura restrictiva y fría de su propio linaje Aureum se alzó de golpe para contener la energía extraña y abrasadora que emanaba del pecho de la chica. Las dos fuerzas colisionaron, repeliéndose y buscándose al mismo tiempo en una vibración prohibida que le heló la sangre. Sus pupilas se contrajeron al máximo. Anya soltó un jadeo ahogado, atrapada en el mismo cortocircuito mágico que amenazaba con derribar el control del príncipe.
Kael la soltó de golpe, retirando la mano como si la piel de ella fuera metal incandescente.
Dio un paso atrás para recuperar la distancia, respirando con dificultad. Anya dio un traspié, mirándolo con los ojos abiertos de par en par, pero no pasó por alto el sutil y errático espasmo en los dedos largos de Kael. El eco del choque seguía atrapado bajo su piel.
A varios pasillos de distancia, el rumor sordo de los demás estudiantes continuaba de forma monótona, completamente ajenos a la tormenta silenciosa que acababa de desatarse. Kael la observó, intentando recuperar la compostura mientras sentía el corazón golpearle el pecho bajo la túnica.
—No vuelvas a buscar en esta sección, Valeris —dijo finalmente. Su voz sonó más grave, alterada por la vibración residual.
—¿Eso es una orden o una amenaza? —preguntó ella, dando un paso hacia él en lugar de retroceder, sosteniendo la tensión del magnetismo que los empujaba.
Kael desvió la mirada un segundo hacia el suelo, donde el volumen de mitología descansaba semiabierto. Sabía perfectamente qué se ocultaba en esas páginas.
—Es una advertencia.
No había arrogancia real en su tono, sino una preocupación fría y contenida que a Anya pareció descolocarla.
—Hay secretos que destruyen a quienes los desentierran —continuó, volviendo a clavar sus ojos oscuros en los de ella—. Y tú estás cavando tu propia fosa.
Los dedos de Anya se cerraron con fuerza alrededor del trozo de papel que escondía en el puño. Levantó el mentón, sosteniendo el pulso.
—Si el pasado es tan peligroso, alteza, tal vez sea porque el presente se construyó sobre una mentira.
La acusación golpeó a Kael de frente. Una sutil fisura cruzó por su rostro antes de que pudiera borrarla. Anya aprovechó ese milisegundo de silencio, se acomodó el bolso y comenzó a alejarse a pasos rápidos entre las estanterías de roble, dejándolo solo con el desorden de los libros en el piso.
Kael no la siguió. Se quedó inmóvil entre las sombras hasta que el último rastro de su presencia desapareció por completo. Solo entonces se permitió exhalar.
El trayecto de regreso a sus aposentos privados transcurrió en un silencio sepulcral, pero la sensación persistió: una presión extraña y latente bajo su propia piel. Familiar y desconocida al mismo tiempo.