El Despertar de la Runa

CAPÍTULO 16

Anya cruzó el umbral de los dormitorios femeninos con el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado. Cerró la pesada puerta de madera a su espalda y se apoyó contra ella, dejando caer el bolso al suelo con un golpe sordo.

Tenía los dedos helados, pero la muñeca derecha, el lugar exacto donde los dedos de Kael Aureum se habían cerrado sobre su piel, todavía emitía un calor latente, casi eléctrico. El cortocircuito magnético de sus magias seguía atrapado en su sistema. No había sido un simple chispazo de advertencia; había sido una colisión en toda regla, un impacto que había hecho vibrar sus huesos y que, por un segundo eterno, la había hecho sentir que el control del príncipe se desmoronaba en sus manos.

—¿Anya? Por los cielos, pareces un fantasma que acaba de ver a otro fantasma.

Elara estaba sentada en medio de su propia cama, rodeada de pergaminos arrugados y con una pluma manchada de tinta sujeta entre los dientes. Al ver la palidez de su amiga, escupió la pluma y se deslizó fuera del colchón de un salto.

—¿Qué pasó? ¿Te atrapó el bibliotecario jefe en la sección prohibida? —preguntó, acercándose a toda prisa.

—Peor —consiguió articular Anya, frotándose la muñeca de manera inconsciente—. Kael. El príncipe. Estaba allí.

Elara se detuvo en seco, abriendo los ojos de par en par. Una chispa de absoluta emoción sustituyó de inmediato su expresión de preocupación.

—¿El dios de piedra? ¿En los pasillos oscuros de la biblioteca nocturna? —Elara ahogó un grito entusiasmada, tomándola de los hombros—. Anya, por favor, dime que le diste con un libro en su perfecta y aristocrática nariz. O mejor... ¡dime que te acorraló contra un estante!

—¡Elara, hablo en serio! —la interrumpió Anya, apartándola suavemente mientras caminaba hacia su propia cama, exhausta—. Me descubrió revisando los textos censurados de mitología. Nos... discutimos. Como siempre. Pero esta vez fue diferente. Me sostuvo de la muñeca para evitar que me fuera y...

Anya se detuvo. No sabía cómo explicar el cataclismo que había ocurrido en ese instante.

—¿Y qué? ¡No te quedes a medias, Valeris, me va a dar un colapso! —exigió Elara, sentándose a su lado y sacudiéndole el brazo—. ¿Te amenazó con el calabozo?

—No. Su magia. Su magia chocó contra la mía. O la mía contra la suya, no lo sé —Anya miró sus propias manos, frustrada—. Fue como un impacto. Sentí un calor abrasador en el pecho y su energía, que siempre es tan rígida y fría, empezó a vibrar de una forma salvaje. Elara, él me soltó como si se hubiera quemado. Estaba... alterado. Nunca lo había visto perder el control así. Sus dedos temblaban.

Elara se quedó muda durante tres segundos completos, procesando la información. Luego, una sonrisa gigantesca y conspiratoria se dibujó en su rostro.

—Un choque de auras... —susurró Elara dramáticamente—. Oh, esto es gigantesco. Anya, el tipo es un bloque de mármol blindado. Si lograste desestabilizar su sintonía real con un solo toque, no es que se odien... es que la tensión entre ustedes podría derretir los muros del Archivo. ¡Te lo dije! Hay una gravedad extraña cuando están en la misma habitación.

—No es divertido, Elara —bufó Anya, dejándose caer de espaldas sobre las mantas—. Me dio una advertencia. Dijo que hay secretos que destruyen a quienes los desentierran, y que estoy cavando mi propia fosa. No parecía arrogante, parecía... preocupado. Y eso es lo que más me aterra.

Elara suavizó el gesto, la comedia disolviéndose por un momento al ver el verdadero desconcierto en los ojos de su amiga.

—Si Kael Aureum está preocupado, significa que lo que sea que estabas buscando en ese libro es real, Anya. Y que la corona tiene miedo de que se sepa.

Anya asintió en silencio, sintiendo el peso del trozo de papel con las iniciales V. A. que aún guardaba en el bolsillo de su túnica.

—Ve a lavarte la cara —le sugirió Elara con tono cariñoso, dándole una palmada en la rodilla—. Mañana analizaremos esto con calma. Si el príncipe va a ser tu sombra, al menos necesitaremos un plan para que no te confisque los apuntes.

Anya le dedicó una pequeña sonrisa cansada, se levantó y caminó hacia el pequeño lavabo de piedra en la esquina del dormitorio. Abrió el grifo y dejó que el agua fría le humedeciera las manos. Cerró los ojos, intentando disipar la imagen de las pupilas contraídas de Kael y la abrumadora cercanía de su cuerpo.

«¿Por qué reaccionó así? —pensó, apretando los dientes—. Yo no tengo magia elemental. No debería haber provocado ese impacto».

El flujo de sus pensamientos se interrumpió por una súbita oleada de náuseas mágicas. Una punzada de calor brotó desde su pecho, expandiéndose por sus brazos. Anya abrió los ojos de golpe y se miró en el espejo sobre el lavabo.

El agua que caía del grifo se detuvo. No porque se hubiera cerrado la llave, sino porque las gotas se habían congelado en el aire, vibrando a una velocidad invisible.

Anya contuvo el aliento. En su mente, una frecuencia sutil empezó a zumbar, un eco que no venía de sus oídos, sino del ambiente. Podía sentir la energía de las tuberías, la sintonía residual de los candiles de la habitación y, de repente, algo más fuerte. A través de la pared, percibió una disonancia molesta, una vibración errática.

—¿Anya? ¿Estás bien? —la voz de Elara sonó extraña, rodeada de un zumbido.

Anya se giró lentamente hacia su amiga. Al mirarla, no vio solo a Elara; percibió una pulsación dorada y cálida rodeando su cuerpo. Pero había algo en esa pulsación que desafinaba, como una cuerda mal tensada en un arpa.

—Estás... estás estresada —dijo Anya en un susurro, con los ojos fijos en el aura de su amiga—. Tu magia está... alterada. Estás preocupada por el examen de sintonía de mañana, te late la sien izquierda.

Elara se quedó congelada, con la boca abierta.

—¿Cómo... cómo sabes lo de mi migraña? No le he dicho nada a nadie.




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