El Despertar del Alfa

Una herida puede sanar

Eira observó el pedazo de pan que aún quedaba entre sus manos. La carne seca no había sido un alimento fácil de comer, no porque tuviera mal sabor, sino porque no era algo que acostumbrara consumir. Su enfermedad rara vez le permitía disfrutar de cambios tan drásticos.

Para ser una loba joven, sus comidas deberían mantenerse mayormente en buenas porciones de carne, pero su cuerpo no las procesaba igual que el de los demás. El pan era más sencillo. De niña, algunos miembros de la manada se burlaban diciendo que prácticamente vivía de huevos y pan.

Eira sintió un dolor atravesarle el estómago. Ahí estaba precisamente la razón por la que evitaba comer cualquier cosa fuera de los alimentos y porciones que ya conocía, pero con la premura de su decisión no había tenido tiempo de prepararse con la precaución habitual.

Disimuló la molestia dejando a un lado la comida y miró hacia el lago. La luna se reflejaba sobre el agua cristalina. A unos cuantos pasos, Darek hablaba con uno de sus hombres. Habían conseguido recuperar todos los caballos y, por suerte, ninguno parecía estar herido.

La mirada de Eira se detuvo en el hermano del Alfa. El fuego que crepitaba cerca de él endurecía todavía más sus facciones y lo hacía parecer incluso más autoritario.

¿Será que realmente ese hombre no sonríe?

Como si hubiese percibido que lo observaban, Darek levantó la mirada hacia ella. Eira apartó la suya inmediatamente. Era lo último que necesitaba, que aquel hombre creyera que le prestaba atención.

—Descansaremos aquí.

La voz de Darek la hizo girarse. Lo encontró a pocos pasos de distancia.

—Es mejor continuar —replicó Eira. Lo último que necesitaba era pasar más tiempo bajo el escrutinio de ese hombre.

—No estás en condiciones. Además, perdimos demasiado tiempo con el ataque.

—Creo que puedo decidir por mí misma si estoy o no en condiciones —respondió a la defensiva.

—No fue una petición, fue una orden.

Eira frunció el ceño.

—Entonces, ¿para qué vienes aquí a decirme lo que haremos si no vas a considerar nada de lo que diga?

—Te informo como informo a cada hombre que está bajo mi mando —dijo Darek colocando ambas manos sobre la empuñadura de su espada y recargándose ligeramente en ella mientras la observaba.

—Pero yo no soy un hombre bajo tu mando —le recordó la loba cruzándose de brazos.

—Es peor. Eres la mujer que debo entregar en Mork Skog.

Con aquello se retiró dejándola con un nudo en el estómago. Eira no estaba segura de si se debía a la comida o al profundo desagrado que Darek comenzaba a provocarle.

—Eres insoportable —murmuró.

Minutos después, los hombres ya habían levantado una pequeña tienda de tela. Eira la observó con cautela. No fue Darek quien le informó que aquel espacio había sido preparado para ella; uno de sus hombres se acercó y la acompañó hasta la entrada de la vivienda improvisada.

Eira se sintió aliviada de no tener que dormir a la intemperie. Aunque únicamente fuera un pedazo de tela lo que la separara del bosque, seguía siendo mucho mejor que nada. La idea de pasar la noche bajo el cielo abierto no le resultaba atractiva en absoluto.

Dentro encontró incluso una pequeña cama improvisada. Habían colocado varias mantas sobre el suelo y una piel gruesa encima. No era precisamente cómoda, pero sí mucho más de lo que esperaba encontrar en medio del bosque.

Se sentó con cuidado y volvió a sentir la molestia en el estómago. Cerró los ojos durante unos segundos esperando que disminuyera. Necesitaba descansar, pero la curiosidad terminó por hacerla levantarse.

Apartó la tela de la entrada.

Afuera, los hombres de Mork Skog terminaban de organizar el campamento. Fue entonces cuando lo notó: no había ninguna otra tienda.

Algunos extendían sus capas cerca del fuego. Otros simplemente escogían un lugar junto a los árboles, como si la tierra húmeda y las raíces fueran suficientes para pasar la noche.

Eira frunció el ceño.

Uno de los hombres pasó cerca cargando unas mantas.

—¿Ustedes dormirán afuera?

El hombre se detuvo.

—Sí.

Nada más.

Eira esperó unos segundos, convencida de que añadiría alguna explicación, pero no lo hizo.

—¿Y Darek?

El hombre señaló con la mirada hacia el otro extremo del campamento.

—También.

Después continuó caminando.

Eira lo siguió con la mirada. Definitivamente los hombres de Darek se parecían demasiado a él. No eran irrespetuosos. Ninguno había levantado la voz contra ella ni la había tratado de forma inapropiada, pero hablaban lo estrictamente necesario. Preguntabas algo y recibías exactamente una respuesta. Ni una palabra más.

Eira volvió a mirar el interior de la tienda. Una cama improvisada, mantas y protección contra el frío, mientras todos los demás dormirían prácticamente sobre la tierra.

Su mirada buscó a Darek.

Lo encontró sentado cerca de una de las fogatas, limpiando tranquilamente su espada mientras uno de sus hombres le hablaba. No había nada preparado para él. Ni siquiera parecía importarle.

Eira regresó al interior de la tienda. Seguramente habían preparado aquel lugar únicamente porque ella era la futura esposa del Alfa. No tenía sentido buscar otra explicación.

Se acomodó sobre las mantas y tiró de la capa para cubrirse. Afuera escuchó la voz grave de Darek dando otra orden.

Eira cerró los ojos.

—Insoportable —murmuró.

Y esta vez no sabía si se refería únicamente a él o a todos los hombres de Mork Skog.

Eira soñaba con Mild Skog.

El sol atravesaba las copas de los árboles y calentaba su rostro. Podía escuchar el río a lo lejos, el murmullo de la manada y, por un instante, incluso creyó reconocer la risa de Saga.

Estaba en casa.

Sin frío, sin caballos, sin lobos intentando matarla y, sobre todo, sin Darek.

—Levántate.

La voz grave atravesó el sueño como una espada.




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