Eira había actuado desde el miedo. La idea de que aquella unión pudiera terminar dejando a su manada desprotegida la había llevado a pensar y hacer una estupidez.
La pierna le dolía. Cada paso del caballo provocaba una nueva punzada y el camino no estaba siendo precisamente un paseo. Desde que la vereda se había vuelto angosta y desigual debía prestar todavía más atención, pero entre el dolor, sus pocas fuerzas y el temor de que Darek volviera a confrontarla, su cabeza era un caos.
—¡Alto! —ordenó el hermano del Alfa desde el otro extremo.
Eira apenas consiguió jalar las riendas para detener a su caballo. Esperó mientras, poco a poco, los demás avanzaban hasta llegar al tramo complicado. La vereda había sido comida por un deslave y varias rocas de tamaño considerable bloqueaban parte del camino, así que debían cruzar con precaución.
Cuando llegó su turno, Eira dudó. Darek ya había descendido de su caballo. Se acercó al de ella y tomó las riendas desde el frente.
—Sujétate bien —ordenó, observándola con aquellos ojos juzgones que, sin duda, eran parte de su personalidad.
La heredera de Mild Skog ni siquiera intentó discutir. No tenía las fuerzas necesarias para iniciar otra pelea con aquel hombre. El hermano del Alfa pareció notarlo, o al menos eso quiso creer Eira, porque no agregó nada y simplemente guio al caballo hasta el otro lado.
Por suerte, poco después llegaron al final de aquel tormentoso tramo. Un claro permitió que los caballos descansaran unos minutos y todos descendieron de sus monturas.
Todos menos ella.
Eira observó el suelo. La sola idea de mover la pierna hizo que se preguntara si siquiera sería capaz de girarse sobre la montura.
—Dame tu mano.
Ahí estaba otra vez aquel tono impaciente, rígido y tosco de Darek.
—Puedo…
—No, no puedes. Deja el orgullo de lado y obedéceme.
Eira sintió una punzada en el estómago. ¿Por qué no podía ser un poco más cálido? Pero inmediatamente se preguntó por qué esperaba algo semejante de él.
Eira estaba acostumbrada a otro tipo de trato, a la dulzura de su madre y a las atenciones de princesa que su propio padre le había dado. Ella, la hija que había crecido entre plumas de ganso y flores.
La loba contuvo las lágrimas que amenazaron sus ojos al recordar a Yvana.
Sin mirarlo, extendió la mano para apoyarse en él mientras giraba primero la pierna sana. Sintió la aspereza de la palma de Darek, su piel endurecida por el uso constante de la espada y por todas las batallas que seguramente acumulaba sobre el cuerpo.
El hermano del Alfa no pronunció una sola palabra más. Utilizó su propio cuerpo para sostener el de Eira y ayudarla a bajar.
Cuando sus pies alcanzaron el suelo, quedaron demasiado cerca.
Eira levantó la vista sin pensar por qué lo hacía. La diferencia de altura entre ambos era considerable y, estando así frente a él, se sintió todavía más pequeña ante aquella estructura dura e imponente.
A esa distancia pudo distinguir con claridad el azul de uno de sus ojos y el mechón blanco que caía sobre ese mismo lado de su rostro.
Darek fue el primero en alejarse.
—Traeré algo para vendar tu pierna.
—Puedo hacerlo sola —respondió Eira apresurándose a tomar asiento sobre una piedra.
Darek no discutió. Regresó poco después con lo necesario dentro de una pequeña bolsa.
Eira esperó a que se retirara.
No lo hizo.
Los demás hombres se encontraban lo suficientemente lejos para concederle cierta privacidad, pero el hermano del Alfa parecía incapaz de entender semejante concepto. Estaba demasiado cansada para volver a discutir.
Eira levantó la falda hasta dejar visible la herida.
Darek sacó su cantimplora y vertió agua sobre ella. Eira apretó la mandíbula.
Él observó la lesión durante varios segundos.
—No te estás curando.
No fue una pregunta. Fue una afirmación.
Un escalofrío recorrió la espalda de Eira.
—La sangre sigue corriendo —añadió Darek.
Eira abrió la boca para responder, pero él ya se había arrodillado frente a ella. Rompió una parte de su propia capa y comenzó a limpiar la herida.
Al sentir el roce de la tela, Eira sujetó su mano para detenerlo.
—Duele —aclaró afligida.
Darek retiró su mano de la de ella y continuó como si aquello no cambiara absolutamente nada. Sacó de la bolsa varios paños limpios y un pequeño recipiente con un líquido de color ámbar.
Lo vertió sobre la herida sin la menor consideración.
Eira gritó.
—¡Disfrutas lastimarme! —le recriminó.
—No fui yo quien se aventó del caballo…
—¡Yo no me aventé! Fue un accidente —gruñó.
Darek comenzó a colocar el vendaje.
—Debo agregar otra cosa a tu lista de cualidades: mentirosa.
Eira lo miró con rencor.
—No soy una mentirosa.
Darek terminó de asegurar el vendaje antes de levantar la mirada hacia ella.
—Eso es precisamente lo que estoy tratando de averiguar, Eira de Mild Skog.
Se puso de pie y se alejó.
Eira no lo perdió de vista. Cada vez tenía más claro que necesitaba llegar a Mork Skog lo antes posible y, principalmente, alejarse de él.
El viaje continuó.
Para Eira, las últimas horas fueron las peores. El vendaje consiguió contener la sangre, pero no evitó el dolor que recorría su pierna cada vez que el caballo descendía por algún desnivel. Tampoco ayudaban el cansancio, el estómago prácticamente vacío ni aquella sensación constante de tener los ojos de Darek sobre ella.
No volvió a confrontarla.
Eira casi habría preferido que lo hiciera.
El silencio del hombre resultaba incluso más incómodo que sus preguntas.
La temperatura comenzó a descender conforme avanzaban y el bosque cambió con ella. Los árboles de Mild Skog, con sus hojas abundantes y sus claros iluminados por el sol, habían quedado atrás. En Mork Skog los pinos crecían altos y cerrados, formando paredes oscuras a ambos lados del camino.
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Editado: 10.09.2026