El Despertar del Alfa

Una espada que protege

—No.

La respuesta salió de Eira antes de que pudiera pensarla demasiado.

Darek permaneció inmóvil frente a ella, todavía cubierto de sangre.

—No he visto un monstruo —continuó—. He visto un arma.

Algo cambió en su expresión. Fue mínimo, tan pequeño que Eira habría podido imaginarlo.

Darek bajó la mirada hacia sus propias manos, donde la sangre comenzaba a secarse sobre los nudillos.

—Es lo que soy.

No había orgullo en sus palabras. Tampoco vergüenza. Lo dijo como quien afirma algo que dejó de cuestionar hace mucho tiempo.

Eira sintió nuevamente aquella presión desagradable en el estómago.

—No comprendo cómo puedes aceptar algo así.

Los ojos de Darek regresaron inmediatamente a ella.

—No hables de cosas que no comprendes.

—Comprendo suficiente.

—No. —Su voz se endureció—. Llegaste hace unos días a Mork Skog. No conoces nuestras guerras, nuestras fronteras ni lo que esos hombres hicieron para terminar allí.

Eira apretó la capa alrededor de su cuerpo.

—Mi padre también peleaba. Ragnar mató para proteger Mild Skog más veces de las que podría recordar. Crecí escuchando esas historias. Sé que un Alfa tiene que ensuciarse las manos.

—Entonces no entiendo tu problema.

—Mi padre nunca hizo de la muerte de otro lobo una celebración.

Algo duro atravesó el rostro de Darek.

—Tu padre tuvo el privilegio de elegir muchas cosas.

Aquello la hizo fruncir el ceño.

—¿Y tú no?

Darek no respondió.

Durante un momento solamente se escuchó, a la distancia, el rugido de la multitud que continuaba reunida en la Ceremonia de la Sangre.

Eira miró nuevamente la herida abierta de su costado. Seguía sangrando y le molestó darse cuenta de que no podía dejar de observarla.

—Deberías atender eso.

Darek siguió su mirada.

—Sobreviviré.

—Nunca dudé que lo harías.

Eira pasó junto a él.

Esta vez Darek no intentó detenerla.

La Ceremonia de la Sangre continuó durante todo el día.

Eira lo supo porque, incluso desde sus habitaciones, podía escuchar a intervalos los gritos de los hombres de Mork Skog elevándose entre los árboles.

—¿Todavía continúan? —preguntó cuando otro rugido colectivo atravesó la distancia.

Liv, que acomodaba algunas prendas dentro de un arcón, levantó la cabeza.

—Hasta que caiga el sol.

—¿Siempre dura tanto?

—Algunas veces más.

Lo dijo con completa naturalidad. Eira decidió no preguntar.

Había pasado buena parte de la tarde intentando apartar de su cabeza lo ocurrido aquella mañana, sin demasiado éxito. Cada vez que cerraba los ojos recordaba la orden de Valdemar y la manera en que Darek había obedecido. También recordaba las heridas que había recibido, aunque prefería no detenerse en eso.

—Necesito hacer algo —dijo, levantándose de la silla.

—Podríamos caminar por los jardines.

Eira negó inmediatamente.

—Preferiría no acercarme a nada desde donde pueda escuchar mejor esa ceremonia.

Liv bajó la mirada intentando ocultar una sonrisa.

—Mork Skog va a requerir tiempo para acostumbrarse a usted.

—Creo que soy yo quien necesitará acostumbrarse a Mork Skog.

Aquello consiguió que la joven riera.

Liv había sido una de las pocas cosas sencillas desde su llegada. Le explicaba las costumbres cuando preguntaba y sabía guardar silencio cuando Eira no deseaba hablar. No parecía observarla como si necesitara decidir si era suficientemente buena para ocupar algún lugar.

—¿Tendré que regresar a la ceremonia? —preguntó Eira.

—No.

Sintió alivio.

—La esperan en la cena.

El alivio duró poco.

—Por supuesto.

Era una cena, nada malo podía ocurrir en una cena.

Sin embargo, la cena no se parecía a la de la noche anterior.

Aquella había sido formal.

Esta parecía un examen.

Eira lo comprendió apenas entró al gran salón. La mesa estaba ocupada por algunos de los hombres y mujeres más importantes de Mork Skog. Liv le había explicado que conocería a miembros de familias antiguas, responsables de distintas regiones, guerreros de alto rango y personas cuya opinión tenía peso dentro de la manada.

No consiguió recordar todos los cargos, mucho menos los nombres. Pero sí recordó las miradas.

Todas se volvieron hacia ella cuando apareció.

Eira enderezó los hombros. Había sobrevivido a un viaje a caballo, a lobos atacándolos en el bosque, a Darek de mal humor y a una Ceremonia de la Sangre. Podía sobrevivir a una cena.

Soren se levantó cuando la vio aproximarse.

—Pensé que quizá decidirías escapar antes de venir.

Eira aceptó la mano que le ofrecía.

—Lo consideré.

—Me alegra que hayas cambiado de opinión.

—Liv cerró cualquier ruta de escape.

—Tendré que recompensarla.

Eira sonrió a pesar de sí misma.

Soren apartó la silla para ella y tomó asiento a su lado. Valdemar ocupaba la cabecera. Darek estaba varios lugares más allá, vestido nuevamente de oscuro. La sangre había desaparecido de su rostro y de aquel mechón blanco, aunque algunas marcas todavía permanecían visibles sobre su piel.

Eira desvió la mirada.

Mucho mejor.

La conversación comenzó de manera tranquila, pero no tardó en dirigirse hacia Mild Skog.

—He escuchado que vuestros campos producen incluso después de las primeras heladas —comentó uno de los hombres.

—Algunos —respondió Eira—. Depende de la región y de cómo haya sido el año.

—Ragnar tenía varios ríos dentro de sus dominios, ¿cierto? —preguntó una mujer sentada cerca de Valdemar.

—Sí.

—Eso debe facilitar mucho las cosechas.

—Ayuda. Mi padre procuraba que las tierras cercanas al agua se utilizaran de la mejor manera posible.

La mujer sonrió y Eira correspondió por educación.

Poco después, otro de los hombres mencionó las rutas que conectaban Mild Skog con las manadas del sur. Eira respondió lo necesario, pero comenzó a preguntarse en qué momento una cena destinada a conocerla se había convertido en una conversación sobre los recursos de su hogar.




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