Sussex, Inglaterra 1433.
La mujer corrió cada vez con más pesadez y lentitud, sus piernas ardían, su pecho escocia y su cuerpo pedía a gritos un descanso mientras corría con su segunda bebe en brazos.
Dos pueblos atrás se había encargado de dejar a su otra bebe con la familia que prometió cuidarla desde antes de su nacimiento en caso de que la mujer no pudiese escapar del destino que la aclamaba. De la crueldad que la rodeaba y de los antiguos errores que hasta ese día estaban cobrando venganza obligando a abandonar su vida.
Sintió como se le desgarraba una parte del corazón al dejar a su pequeña recién nacida con alguien más. Sus lágrimas caían como torrentes desde antes incluso. Desde que vio a su querido esposo morir en un instante con un cuchillo clavado en el centro del corazón.
La desesperación la consumía a medida que sentía a su collar emitir vibraciones mientras aquel hombre se acercaba. Cayó al suelo cuando sus piernas se rindieron, toda ella temblaba con fiereza, sus manos picaban por el nerviosismo, sus brazos quemaban y su llanto se hizo más escandaloso cuando una punzada aguda de dolor se filtraba a través de sus muslos. Apenas podía respirar.
Con un esfuerzo sobrehumano comprendió que no podría llegar a su destino, no llegaría a dejar a su bebe con la familia prometida. Con el dolor y la culpa más grande que había tenido en toda su vida, vigilando que nadie la viera hizo aparecer una canasta con una manta.
Haciendo uso de toda su fuerza se acercó con la mayor rapidez que pudo a la puerta de la primera casa que vio. Una casa con estructura de piedra y madera y un techo de paja bastante chica se posicionaba a unos metros de ella.
Cayo de rodillas ante la puerta, apoyo la canasta, pero continuo con su bebe en brazos unos segundos más, abrazándola como si eso impidiera apartarla de ella. Cuando sintió su collar vibrar aún más fuerte entendió que ya era hora de dejarla ir. Con su cuerpo entero picando y ardiendo, y sintiendo como su corazón terminaba de partirse, le dio un beso en la frente y metió a la pequeña dentro de la canasta asegurándose que el bordado de la manta sobresalga. A su lado dejo una pequeña piedra de zafiro.
Miro a su alrededor una vez más y cerro sus ojos. Cuando los abrió se encontraba sentada sobre una piedra al borde de un acantilado. Su collar había dejado de vibrar, sin embargo, sabía que aquello duraría muy poco.
Tomo el topacio que estaba en el centro del colgante y lo arranco, extendió su mano. La hermosa piedra se elevó unos centímetros para que, segundos después, explotara en pedazos tan pequeños que parecía polvo.
Escucho unos pasos detrás de ella, apenas unos instantes después estaba siendo arrastrada hacia atrás por su cabello. Aquel hombre caminaba como una figura imponente, con un porte sofisticado y con una expresión neutra.
La lanzo al suelo haciéndola estampar su cabeza contra la tierra.
-Ya no te crees tan poderosa, ¿Eh?- rugió el hombre con brusquedad-¿Te arrepientes de haberme traicionado?-le dio una patada. La mujer chillo.
-Nunca. Eres un ser despreciable y miserable- le respondió clavando su mirada en él. Un hilo de sangre salía de la boca de ella.
Cuando el hombre amago a pegarle una vez más, la mujer emitió un grito mientras extendía su mano. La figura imponente termino a unos metros de ella y una pared blanca casi transparente se impuso entre ellos.
Con apenas un poco de fuerza y agonizando de dolor se levantó muy lentamente. Sentía como comenzaba a salir sangre de su nariz. El hombre soltó una risa seca.
-Tan fuerte como siempre, Leonor- hablo con dureza, la crueldad brillando en sus ojos- Lastima que no por mucho más, ¿Dónde está tu piedra?¿La tiraste?¿La escondiste? No debe estar muy lejos- dijo con un tono cínico.
Leonor sonrió a medias antes de hablar.
-La rompí- adopto una posición erguida y determinante. Ese era su fin, pero no se iría sin dar batalla- Esto no tiene que terminar así, Tarsicio- el hombre, cuya expresión había cambiado de seguridad y crueldad a una dubitativa y de coraje.
-No. Pero quiero que termine así, dime donde está tu piedra. Quiero tu zafiro- exigió con voz más profunda.
-Puedes revisarme, la hice pedazos. Tan pequeños que seguro el viento ya los arrastro- sin que Leonor se lo esperara, el hombre arremetió contra ella moviendo un bastón que tenía en mano.
Casi al instante una llamarada apareció de la nada rompiendo la barrera que Leonor había impuesto entre ellos. La mujer creo lo más rápido que pudo un remolino de tierra tratando de impedir que el fuego penetrara a través.
-Si lo que dices es cierto y rompiste tu piedra, no resistirás mucho, Querida. En cuestión de minutos te reducirás a cenizas tú también-dijo Tarsicio con soberbia- Quizás debería acuchillarte como a tu esposo…O echarte una maldición de dolor.
-Eres un asco-jadeo Leonor derramando lagrimas nuevamente. Su cabeza comenzaba a doler y no había dejado de temblar por el esfuerzo.
-Hablando de eso…Espero que tus bebes puedan soportar lo que les depara el futuro. Porque me imagino que no creerás que no sé dónde las dejaste, ¿Verdad?- Leonor sintió como la barrera de tierra comenzaba a perder fuerza ante esas palabras- De cualquier manera no deberías preocuparte, no pienso matarlas…Solo hacerlas sufrir, muy tentador.
Aquello termino de debilitarla y cayo, al igual que la tierra a su alrededor. Sintió como Tarsicio se acercaba a ella. Sus pies se posicionaron delante de ella. Él se agacho y le levanto la cabeza tirándole del pelo para mirarla a los ojos.
-¿Algo más que quieras decir?- en lugar de darle una respuesta, Leonor le escupió en la cara con puro odio derrochando de su mirada. Tarsicio sonrió y susurro- Adiós, querida.
Respirando con dificultad sintió como una punta atravesaba su pecho y con su último aliento miro hacia el acantilado.