Sussex, Inglaterra 1449.
Los pedazos de la madera terminaron de caerse después de estar suficiente tiempo viendo a la carreta arder. Los pedazos carbonizados yacían delante de ella, a sus pies. Allí, parada al lado de su hermano –que en realidad no lo era-, disfruto de la sensación que la embargaba.
Una satisfacción enfermiza le recorría el torrente sanguíneo mientras disfrutaba ver terminar de quemarse a la carreta de quien sabe quién. Sentía un cosquilleo atravesarla de pies a cabeza a medida que veía aquel material destruirse casi por completo. Sentía como el poder aumentaba. Como se saciaba.
Estando allí, interna en el bosque con los arboles sofocando el humo del fuego ahogado, se sentía viva. Calmada.
Sus pulmones se llenaron de aire bruscamente cuando las llamas comenzaron a achicarse hasta convertirse en apenas unas chispas, la estructura de algunas maderas se partió por la debilidad. La dichosa sensación ahora había desaparecido, pero se sentía mejor de lo que se había sentido en días.
A su lado, su hermano hablo:
-Esto tiene que ser suficiente por unos días…Por lo menos hasta que pueda volver a salir del pueblo sin que sospechen-murmuro con voz ronca girándose hacia ella. Lo miro con los ojos abiertos llenos de alarma en ellos.
-¿Días?¿Cuantos?-pregunto con la voz tomada por la desesperación- No puedo esperar mucho- su hermano se encogió de hombros.
-No lo sé, Acacia, pero si sigo realizando viajes, padre va a comenzar a crear conjeturas sobre porque me voy-respondió con seguridad- Deberás conformarte con los sentimientos, lo lamento.
Acacia sintió como el alma se le caía a los pies, hacía años que apenas le funcionaban los sentimientos negativos de los demás. Necesitaba más. Sabía que estaba pidiendo mucho y que su hermano tenía razón, era riesgoso para ambos, incluso más para él.
Sin embargo, la idea de no tener esa sensación de placer y cosquilleo la desconcertaba en maneras incomprensibles…Y nuevas.
En los últimos meses su sed de poder había aumentado como una adicción. No porque le gustara sentirse así –cosa que le gustaría a cualquier persona- sino porque cuando pasaba mucho tiempo sin causar daño comenzaba a sentirse desganada y sin energía. Aquello la revitalizaba y la idea de tener que conformarse con los sentimientos pesimistas de otras personas no le entusiasmaba en nada.
De igual forma, asintió en señal de entendimiento.
Con dieciseis años Acacia odiaba admitir que la única persona en la que confiaba plenamente era en su hermano, Walden. Un muchacho de diecisiete años con un porte increíblemente perfecto que no era habitual en artesanos como ellos. Solo él sabía su mayor secreto.
Con su rostro cuadrado, su nariz ancha, los labios finos y unos ojos marrón oscuro que derrochaban determinación y cabello del mismo color, su postura intimidante por la altura y su gran espalda; su hermano era bastante admirado por las muchachas del pueblo, sin embargo, el interés se perdía por su falta de dinero. Exceptuando a algunas, claro.
Aunque siempre se refería a Walden como su hermano, en realidad él no lo era. Ella no formaba parte de la familia Turner; y Beltrán, cabeza de la familia, esposo de Inés-la mujer que se encargó de acogerla- y padre de ocho hijos, se ensañaba en recordárselo cada vez que podía.
“Estas aquí por mi buena fe” decía, “Tú no eres de la familia, no deberías tratar de incluirte”, “Agradece que no te he echado por respeto a los votos de matrimonio que jure”. Sus conversaciones se basaban en Beltrán repitiendo esos comentarios continuamente.
Incluso diciéndole aquellas cosas horribles, tenía condiciones puestas para evitar que la echaran. Esa fue la única forma en la que Inés consiguió que su esposo la autorizara a cuidar de Acacia. Una de esas condiciones era decir en todo momento que era hija de ellos y que el embarazo de Inés se había mantenido en secreto, si era de otra forma, la familia perdería el poco honor que poseía; debía atender a todo lo que la familia exigiera y encargarse de los quehaceres del hogar; y por último, debía mantenerse callada si es que Beltrán no la autorizaba a hablar o algún miembro de la familia consultaba algo.
Beltrán era el único, además de Conrad y Jeffery, en tratarla de aquel modo tan denigrante en su opinión. Acacia nunca emitió una queja.
A pesar de ello, había crecido rodeada de calidez por los demás integrantes de la familia. Calidez que aumento desde que a los seis años Inés le confeso que ella no era su madre. A los diez años le contaron como había ido a parar allí; su verdadera familia la había abandonado delante de la puerta de aquella casa y a partir del momento en que la vio, Inés comenzó a verla como una hija más. Claro que le costó trabajo convencer a Beltrán, quien había impuesto las condiciones desde entonces.
Inés la bautizo con el nombre Acacia por su abuela fallecida. Y Acacia no podía adorar más aquella razón que le había dado el nombre.
Al cabo de unos minutos caminando en silencio por el bosque, ambos llegaron al final, notando como los árboles se disipaban y solo quedaba un descampado con el pasto de un hermoso verde y flores silvestres de varios colores a su alrededor.
A lo lejos se podían ver las casas principales del pueblo, y desde ellas se acercaba corriendo una joven de vestido gris. Acacia la distinguió como Cecily, la hija menor de la familia con solo doce años de edad.
Sus gritos angustiados se pudieron distinguir solo cuando llego a una distancia cercana y un instinto protector creció dentro de Acacia cuando vio como la pequeña de carita redonda derrochaba lagrimas a mares. Corrió a su encuentro.
-¿Qué sucede, Cecily?-pregunto con preocupación acercándose a secarle el rostro.
-Acusan…Lotaria…Con comandante…Y…Y- no pudo seguir porque rompió en llanto con más ímpetu.
-Respira, Cecily, cálmate. Dime que es lo que sucede-hablo Walden arrodillándose mientras sujetaba a la niña de los hombros. Cecily se tomó un segundo para respirar profundo.