Nadia
El segundero del reloj de mi oficina marcaba un ritmo constante, casi tan preciso como mi nueva vida. Hace dos años, el apellido Valdés era una soga en mi cuello; hoy, es solo un eco lejano que intento ignorar mientras reviso los informes de la consultora. He escalado por mérito propio. Aquí, en este edificio de cristal donde nadie me debe favores ni me teme, soy Nadia Rossi, la mujer que salva empresas, no la esposa de un monstruo ni el trofeo de un rey.
Incluso Izzy parece haber encontrado su propio norte. La vi salir ayer con un chico de su facultad; tenía los ojos brillantes y no miraba por encima del hombro buscando amenazas. Eso debería bastarme para ser feliz.
Sin embargo, la paz en Chicago es un arma de doble filo.
Dante sigue siendo la sombra constante. A pesar de las modelos que desfilan por las portadas de sociedad intentando cazar al "Rey de Chicago", él siempre vuelve a mi puerta. Sus visitas son predecibles: una cena elegante, su perfume caro invadiendo mi espacio y esa mirada de adoración que intenta convencerme de que su justicia es el único hogar que necesito. Me hace el amor con una devoción que casi me convence, pero cuando se marcha, me queda un vacío que la seguridad no puede llenar.
Y luego está él.
Saqué el teléfono del bolso y miré la pantalla. Nada. El registro de llamadas me devolvió un silencio hiriente. Al principio, tras su marcha a Nueva York, Thiago era un bombardeo constante de mensajes, de llamadas de madrugada, de palabras que me mantenían despierta y viva. Pero en los últimos meses, el tiempo entre sus contactos se ha estirado como una liga a punto de romperse.
Dos semanas. Catorce días sin saber de él.
Me puse de pie y caminé hacia el ventanal. Mi oficina tiene una vista privilegiada, pero mis ojos buscaban instintivamente el Este, hacia Nueva York. Thiago se ha montado una vida allí; mis fuentes —y las de Dante, que no deja de recordármelo para desanimarme— dicen que le va de maravilla. Que es un hombre nuevo, exitoso, poderoso.
Me irrita lo mucho que me molesta su silencio. Me prometí que yo decidiría mi vida, que no sería el juguete de ninguno, pero Thiago está rompiendo el hilo por el que tanto peleó. Su ausencia no se siente como libertad; se siente como un abandono que no estoy dispuesta a aceptar.
¿Acaso se ha cansado de esperar? ¿Ha encontrado en Manhattan a alguien que no le recuerde a la sangre y al dolor de nuestra historia?
Un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos. Era mi secretaria anunciando que Dante me esperaba abajo para cenar. Me ajusté la falda del traje, me puse mi mejor máscara de frialdad y guardé el teléfono. Si Thiago Valdés pensaba que su silencio me iba a doblegar, no me conocía en absoluto. Pero si creía que podía desaparecer de mi vida después de haber encendido un incendio en mis venas, estaba muy equivocado.
Nadie deja a una Rossi atrás. Ni siquiera un verdugo redimido.
La cena transcurre en uno de esos restaurantes donde el murmullo de los cubiertos de plata parece coreografiado. Dante está impecable; la luz de las velas resalta sus facciones nobles, esas que han pacificado una ciudad entera.
—He oído que tu último proyecto ha sido un éxito, Nadia —dice él, mientras corta su solomillo con precisión—. El alcalde no deja de preguntarme cómo conseguiste que la Cámara de Comercio cediera.
—He aprendido de los mejores, Dante —respondo con una sonrisa profesional, aunque por dentro siento una punzada—. Pero lo hice sin usar tu nombre. Eso es lo que importa.
Él asiente, con esa mirada de orgullo protector que a veces me reconforta y otras me irrita. Hablamos de Izzy, de las reformas en el distrito y de su gestión. Es una conversación perfecta, equilibrada, propia de una pareja de la alta sociedad. Dante es el hombre que cualquier mujer soñaría tener: estable, poderoso y profundamente enamorado de mí.
Cuando llegamos a mi apartamento, el ambiente cambia. No hay necesidad de palabras. Dante me acorrala contra la puerta cerrada con una urgencia que rompe su fachada de calma. Sus manos, las manos de un Rey que busca asegurar su territorio, recorren mi cuerpo con una familiaridad que me hace suspirar.
En la cama, Dante es devoción pura. Me hace el amor con una lentitud casi dolorosa, buscando mis ojos en la penumbra, queriendo confirmar que estoy allí, con él, y no en otro lugar. Sus besos son promesas de un futuro juntos, de una paz que me ofrece en bandeja de plata. Su piel contra la mía está caliente, su respiración es un compás que intenta sincronizarse con la mía.
—Eres mía, Nadia —susurra contra mi cuello, mientras sus dedos se entrelazan con los míos—. Siempre lo has sido.
Cierro los ojos y me obligo a sentirlo. Me obligo a perderme en su aroma a sándalo y éxito. Respondo a sus movimientos, arqueando la espalda, buscando ese alivio físico que él siempre sabe darme. Es intenso, es seguro, es... perfecto.
Sin embargo, cuando el clímax llega y Dante se queda dormido a mi lado, con su brazo pesado rodeando mi cintura como una cadena de oro, me quedo mirando el techo en la oscuridad. El silencio del apartamento se vuelve ensordecedor.
Estiro la mano con cuidado hacia la mesilla de noche y, sin hacer ruido, enciendo la pantalla del teléfono. Sigue sin haber nada. Ni un mensaje, ni una llamada perdida de Nueva York.
El contraste me golpea como un jarro de agua fría. Dante acaba de entregarme su cuerpo y su lealtad, pero mi mente sigue obsesionada con el hombre que me está regalando su ausencia. Me siento culpable y furiosa a la vez. ¿Cómo puede ser que el amor de un Rey me sepa a poco mientras el silencio de un Verdugo me esté desgarrando por dentro?
Me quedo ahí, atrapada entre el calor real de Dante y el frío fantasmagórico de Thiago, preguntándome cuánto tiempo más podré sostener esta mentira antes de que el incendio que llevo dentro lo devore todo.
Dante
Me despierto antes de que los primeros rayos de sol se filtren por las cortinas del apartamento de Nadia. La luz tenue de la mañana baña su espalda desnuda y, por un momento, me permito simplemente observarla. Ella es mi centro, el motivo por el cual la corona no me pesa. Pero no me conformo con solo mirarla; la quiero despierta, la quiero sintiendo cada gramo de la devoción que le profeso.
Me deslizo bajo las sábanas, descendiendo lentamente por su cuerpo, memorizando cada curva que ya conozco de memoria. Aparto sus muslos con suavidad pero con firmeza. El aroma de nuestra entrega de anoche todavía flota en el aire, pero yo quiero más.
Me hundo entre sus piernas y comienzo a lamer su clítoris con una parsimonia deliberada. Sé exactamente qué ritmo la vuelve loca. Siento cómo su cuerpo se tensa, cómo sus dedos se entierran instintivamente en las sábanas mientras despierta entre jadeos. No me detengo hasta que está completamente empapada, hasta que sus gemidos llenan la habitación y su cadera busca desesperadamente más contacto.
Solo cuando la tengo en el límite, me elevo sobre ella. Sus ojos están nublados por el deseo, perdidos en esa bruma que solo yo debería provocar. La empalo de una sola estocada, llenándola, reclamándola de nuevo como si el tiempo que pasamos separados no existiera. Cada embestida es un recordatorio de que estoy aquí, de que soy real, de que soy el hombre que la sostiene. Me pierdo en ella hasta que ambos nos desmoronamos.
Poco después, la veo quedarse dormida, agotada y satisfecha. Me visto en silencio, le doy un beso casi imperceptible en la frente y me marcho.
El resto del día es un desfile de rostros y problemas que manejar. Paso de reunión en reunión en el piso más alto de mi torre en Chicago. Escucho a los sindicatos, firmo acuerdos de expansión y mantengo a raya a los últimos vestigios de la vieja guardia. Mi mente es una máquina de precisión, pero en el fondo, hay una satisfacción que no tiene nada que ver con los negocios.
Nadia está cambiando. Lo siento en la forma en que me recibe, en cómo permite que nuestras noches se alarguen y en cómo su cuerpo parece haber dejado de luchar contra el mío. Después de casi dos años, la sombra de Thiago parece estarse disipando por fin. Ella está más receptiva, más entregada.
Sonrío para mis adentros mientras mi secretario anuncia la siguiente junta. Creo que pronto cederá. Creo que, finalmente, entenderá que la paz que le ofrezco es superior a cualquier recuerdo turbulento del pasado. Solo es cuestión de seguir siendo el Rey que ella merece, hasta que no quede rastro de nadie más en su corazón.
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Editado: 18.04.2026