Nadia
El apartamento se sentía inmenso. Había pasado la mañana en una especie de trance doméstico, limpiando cada superficie con una saña casi terapéutica. Necesitaba borrar la huella de Dante; no porque fuera desagradable, sino porque su perfección me recordaba constantemente la mentira en la que vivía. Tras horas de orden y un par de capítulos de una serie que ni siquiera procesé, el agotamiento mental me empujó hacia el baño.
Encendí las velas, dejando que la luz amarillenta bailara sobre las paredes de mármol. El agua de la bañera estaba casi a punto de ebullición, justo como me gustaba: que quemara la piel hasta que el cerebro no pudiera pensar en nada más. Me sumergí con un suspiro, sosteniendo una copa de cabernet entre los dedos, dejando que el vapor abriera mis poros y, con suerte, mis nudos internos.
Entonces, el teléfono vibró sobre el taburete.
Ese zumbido seco y persistente. El corazón me golpeó las costillas con una violencia que me dejó sin aliento. Al ver el nombre en la pantalla, el pánico y la euforia se mezclaron en mi garganta. Mi mano tembló tanto que, al alcanzar el aparato, golpeé la copa de cristal. Se hizo añicos contra el suelo, y el vino tinto se expandió por los azulejos como una herida abierta. No me importó.
—¿Thiago? —mi voz fue un hilo roto.
—¿Te he interrumpido algo, nena? —Su voz llegó como una ráfaga de aire helado de Manhattan. Era áspera, cargada de una confianza que me irritó y me excitó a partes iguales—. Llevo diez minutos imaginando que estás desnuda. Dime que no me equivoco.
—Llevas dos semanas sin llamar, Thiago —le reclamé, intentando recuperar una dignidad que se disolvía en el agua caliente—. No puedes desaparecer y pretender que...
—He estado construyendo un imperio para ti —me cortó, y su tono bajó una octava, volviéndose peligrosamente oscuro—. He estado cerrando tratos que harían que tu Rey se orinara encima. Pero cada noche, al llegar a mi cama, el silencio me recordaba que tú no estabas para celebrarlo. Cuéntame, Nadia... ¿estás en la bañera? Puedo oír el eco del agua.
Un escalofrío recorrió mi columna, a pesar del calor del baño.
—Sí —susurré, cerrando los ojos.
—Dime qué sientes. Dime si el agua te acaricia como yo. Porque yo estoy aquí, con una mano en el volante de mi coche y la otra deseando estar entre tus piernas. Imagínatelo, Nadia. Cierra los ojos. Imagina que mi boca está sustituyendo al agua. Imagina que mis dedos, ásperos y fríos, te buscan mientras me suplicas que no me detenga.
Mi mano libre descendió por mi vientre, hundiéndose en la calidez líquida. Mis dedos temblaban cuando rozaron mi vello húmedo.
—Thiago... basta... —gemí, pero mis piernas se abrieron por instinto.
—No voy a parar. Quiero que te toques para mí. Ahora. Quiero oír cómo tu respiración se corta mientras piensas en mi lengua recorriendo cada centímetro de tu piel. Abre tus labios, nena. Encuéntrate. Imagina que estoy detrás de ti, sujetando tu pelo, obligándote a mirar tu reflejo mientras te deshaces.
El ritmo de sus palabras dictaba el de mis dedos. Me toqué con una urgencia febril, frotando mi clítoris mientras el agua caliente amplificaba cada sensación. El contraste entre la voz gélida y posesiva de Thiago y el calor sofocante del baño me llevó al límite. Visualicé sus manos, sus cicatrices, la mirada depredadora que Dante nunca tendría.
—Eso es... —susurró él, oyendo mi jadeo entrecortado—. Así de húmeda te quiero cuando vuelvas a verme. Porque vas a volver, Nadia. No importa cuánto te empale mi hermano, su rastro nunca llegará donde yo estoy ahora mismo.
Un espasmo violento me recorrió el cuerpo. Arqueé la espalda, con los dedos enterrados en mi propia carne, mientras el clímax estallaba en ondas de choque que me dejaron mareada. El teléfono seguía pegado a mi oreja, y pude oír la risa ronca y triunfal de Thiago antes de que el silencio volviera a reinar.
Me quedé allí, flotando entre el vino derramado y el agua que empezaba a enfriarse, con el corazón martilleando una verdad que ya no podía negar: Dante tenía mi presente, pero Thiago era el dueño absoluto de mis instintos más oscuros. Y el verdugo acababa de despertar.
Salí de la bañera con las piernas todavía temblorosas y el corazón latiéndome en la garganta. Me puse el pijama de seda con movimientos mecánicos, sintiendo cómo la tela fría me recordaba la realidad que acababa de traicionar. Miré la cama, el lugar donde Dante me había amado con una devoción casi religiosa esa misma mañana. Él era mi puerto seguro, el hombre que me había devuelto la paz cuando yo solo era un puñado de cenizas.
No podía seguir así. La culpa me pesaba más que el deseo. Con las manos heladas y la determinación de quien salta al vacío, volví a marcar el número de Thiago.
—¿Te has quedado con ganas de más, nena? —contestó él al primer tono. Su voz era puro triunfo, una caricia arrogante que me revolvió el estómago.
—Thiago, basta. Esto no puede seguir así —solté de golpe. Las palabras salieron atropelladas, como si necesitara sacarlas antes de que el valor me abandonara—. No puedo seguir engañando a Dante. No es justo.
Hubo un silencio al otro lado, uno de esos silencios cargados de estática que preceden a la tormenta.
—¿No es justo? —repitió él, con una calma que me dio escalofríos.
—No. Dante es un hombre bueno, Thiago. Él ha estado aquí cada día, cuidándome, dándome el respeto y la estabilidad que tú me arrebataste. Me ofrece una vida real, sin sombras, sin sangre. No se merece que lo trate como a un idiota mientras tú juegas conmigo desde Nueva York cada vez que te sientes solo.
—¿"El bueno"? —Esta vez, su voz no fue un susurro, fue un rugido que me hizo apartar el teléfono del oído—. ¿Me estás llamando para decirme que ese imbécil es el santo de tu devoción y yo soy el villano que ensucia tu conciencia? ¡Fui yo quien se partió el alma para que pudieras ser libre! ¡Fui yo quien se alejó de Chicago para no terminar de destruirte!
—¡Él me ama de una forma que tú no entiendes, Thiago! —le grité de vuelta, sintiendo las lágrimas de pura frustración—. ¡Él me da paz!
—¡Él te tiene en una vitrina como a un trofeo disecado! —gritó él, y pude oír cómo golpeaba algo al otro lado de la línea, un estruendo de cristal o metal—. ¡No vuelvas a decirme que él es mejor que yo! Si tanto adoras tu jaula de oro y a tu rey de cartón, quédate con ellos. Pero no me vuelvas a llamar para decirme que soy el sucio secreto de una mujer que no tiene el valor de aceptar que prefiere arder conmigo antes que morir de aburrimiento con él.
—Thiago, por favor, solo escucha...
—¡Vete al infierno, Nadia! ¡Disfruta de tu "hombre bueno"!
El estallido del teléfono al colgar fue como un disparo en mitad del pecho. Me quedé allí, en medio de la habitación a oscuras, con el pitido del final de la llamada perforándome los oídos. Había hecho lo correcto, le había dado a Dante la lealtad que se merecía, pero el vacío que dejó el silencio de Thiago era tan profundo que sentí que me iba a tragar.
Había echado al verdugo de mi vida, pero el incendio que él había provocado seguía quemándome por dentro.
El silencio tras el estallido de Thiago era insoportable. Me senté en el borde de la cama, con el teléfono aún apretado contra el pecho, sintiendo que las paredes del apartamento se cerraban sobre mí. Necesitaba a alguien que entendiera el peso de ese apellido sin que yo tuviera que explicarlo. Necesitaba a la única persona que amaba a esos dos hombres tanto como yo los temía o los deseaba.
Marqué a Izzy.
—¿Nadia? Son casi las once, ¿pasa algo? —Su voz sonaba soñolienta, pero se despejó al instante—. Dios, estás llorando. ¿Es por uno de mis hermanos?
—He hablado con él, Izzy. Con Thiago. Ha vuelto a pasar... y me ha gritado. He intentado pararlo, le he dicho que Dante es el hombre bueno en esta historia y... se ha vuelto loco.
Le conté todo. El deseo químico que me une a Thiago a través de un teléfono y la culpa que me devora cada vez que Dante me mira con esa fe ciega. Izzy escuchó en silencio, con la paciencia de quien ha pasado su vida mediando entre dos fuerzas de la naturaleza.
—Nadia, escucha lo que te voy a decir como hermana de ambos —dijo Izzy, y su tono cambió a uno más sombrío—. Conozco a Dante. Es mi hermano mayor, el que me protegió y el que puso orden cuando todo era caos. Es un hombre impecable, sí. Pero también es un hombre que necesita controlar su entorno para sentirse seguro. Su "bondad" es un marco que él ha construido para ti, y tú te estás asfixiando intentando encajar en él.
—Él me salvó, Izzy. Se merece que lo respete.
—Dante te salvó para tenerte a su lado, Nadia. Thiago... Thiago se destruyó a sí mismo para que pudieras escapar de Fausto. Esa es la diferencia —hizo una pausa y suspiró—. Cuando le dices a Thiago que Dante es "el bueno", le estás confirmando su mayor miedo: que para ti, él siempre será el monstruo que no merece ser amado. Lo has herido en el único lugar donde no tiene defensas.
—¡Pero me grita! ¡Me deja sin saber de él durante semanas!
—¡Porque no sabe ser de otra forma! —exclamó Izzy—. Son mis hermanos, Nadia. Dante es la calma que crees que necesitas, pero Thiago es la tormenta que te hace sentir viva. Me duele ver cómo os hacéis pedazos, pero no pretendas engañarme a mí también. Si de verdad estuvieras feliz con la "bondad" de Dante, no estarías temblando por una llamada de Thiago.
Me quedé muda. Izzy los conocía mejor que nadie. Sabía que Dante me quería como a una reina en su palacio, mientras que Thiago me quería como a una igual en su infierno.
—Dante no es un santo y Thiago no es solo un verdugo —continuó ella con suavidad—. Pero si vas a quedarte con el "bueno" solo por gratitud, vas a terminar odiándolos a los dos. Y yo voy a perder a una hermana por el camino.
Colgué poco después. Sus palabras eran espejos rotos frente a mi cara. Había echado a Thiago de mi vida apelando a la moralidad, pero Izzy me había recordado que, en la familia Valdés, la moralidad era solo un disfraz.
Me acosté y cerré los ojos, pero no vi la mirada protectora de Dante. Solo vi la furia herida de Thiago y comprendí que, al intentar ser justa con "el bueno", acababa de despertar una guerra que nadie iba a ganar.
#2410 en Novela romántica
#818 en Chick lit
crecimientopersonal, amor dolor amor propio superacin, superación y sanación emocional
Editado: 18.04.2026