Nadia
Había pasado un mes. Treinta días de un silencio sepulcral por parte de Thiago que me estaba carcomiendo los huesos. Ese vacío, sumado a la presión de ser la "mujer perfecta" para el "hombre perfecto", me había llevado a un punto de quiebre. Necesitaba sentir algo que no fuera culpa o corrección. Necesitaba quemar Chicago desde dentro.
Llegué a la torre de Dante sin previo aviso. Mi pulso era una marcha de guerra mientras subía en el ascensor privado. Cuando entré en su despacho, él ni siquiera se inmutó; estaba concentrado frente a la pantalla de su ordenador, con los auriculares puestos, inmerso en una videoconferencia con los inversores de la costa oeste.
Me miró de reojo y me dedicó una sonrisa breve, indicándome con un gesto que esperara. Pero yo no había ido allí a esperar.
Con una audacia que no sabía que poseía, me acerqué a su escritorio de roble. Dante seguía hablando, exponiendo cifras con esa voz pausada y autoritaria que tanto respetaba el mundo. Me puse de rodillas frente a él y, antes de que pudiera reaccionar, me deslicé bajo la mesa.
Oí cómo su respiración se entrecortaba apenas un segundo, pero él era un profesional del engaño y el control. Siguió hablando, aunque su tono bajó una octava.
Me deshice de su cremallera con manos ávidas. Quería ver cuánto tardaba en romperse su máscara. Comencé a lamerlo, con una lentitud tortuosa al principio, y luego con una urgencia que reflejaba mi propia desesperación. Saboreé su sorpresa, su tensión y, finalmente, su rendición. Dante apretó los bordes de la mesa con tanta fuerza que la madera crujió, pero no dejó de mirar a la cámara, manteniendo el tipo mientras yo me aseguraba de que cada una de sus terminaciones nerviosas gritara mi nombre.
Cuando sintió que llegaba al límite, cerró los ojos un instante, silenciando su micrófono. Se derramó en mi boca con un espasmo violento que sacudió todo su cuerpo.
—Señores, retomaremos esto mañana —dijo con una voz extrañamente ronca antes de cerrar el portátil de un golpe.
Salí de debajo de la mesa, limpiándome la comisura de los labios con el pulgar, mirándolo con un desafío que lo dejó sin aliento. Dante me observaba como si fuera la primera vez que me veía de verdad: no como su protegida, sino como su perdición.
—Ven aquí —ordenó, apartando la silla del escritorio.
No esperó a que respondiera. Me tomó por la cintura y me invitó a ponerme a horcajadas sobre él. Me subí, sintiendo el calor de su regazo y la dureza de su deseo que volvía a despertar ante mi descaro. Me acomodé sobre su regazo, enterrando mis uñas en sus hombros mientras comenzaba a moverme con un ritmo frenético.
Dante me sujetaba con una posesión salvaje, sus manos marcando mi piel bajo la falda. En ese momento, sobre el hombre que gobernaba la ciudad, busqué desesperadamente borrar el eco de la voz de Thiago. Quería que el placer me anestesiara, que el movimiento de mis caderas fuera suficiente para convencerme de que este era el lugar al que pertenecía. Pero mientras Dante jadeaba mi nombre contra mi cuello, yo solo podía pensar en una cosa: si esta locura era suficiente para olvidar que, a mil kilómetros de aquí, el hombre que me odiaba seguía siendo el dueño de mis sombras.
La comida con Izzy debía ser mi momento de desconexión. Estábamos en un restaurante tranquilo en Chicago, intentando que la normalidad se sintiera real por una vez. Hablábamos de su vida y de ese chico que estaba conociendo; yo intentaba concentrarme en ella, pero mi mente seguía regresando a la oficina de Dante, al sabor de su piel y a ese intento desesperado por sentirme completa a través de una locura que todavía me hacía arder la piel.
Entonces, mi teléfono vibró. Era un mensaje de mi madre desde Nueva York.
Vivir en ciudades distintas hacía que nuestros mensajes fueran constantes, pero este no era un simple "hola". Era una foto de una cena en un restaurante de moda de la Gran Manzana. Al abrir el archivo, el mundo se detuvo bajo mis pies.
Allí estaban mis padres con sus respectivas parejas. Nueva York siempre había sido su escenario, el lugar donde se movían con esa elegancia natural de quienes pertenecen a la élite. Pero no estaban solos. En la mesa, con una postura de mando que me resultó dolorosamente familiar, estaba Thiago.
Se veía impecable, más oscuro y seguro de sí mismo que nunca. Pero lo que me hizo sentir un golpe seco en el estómago no fue él, sino la mujer que estaba a su lado. Una chica de belleza gélida, etérea y perfecta que le sonreía con una complicidad que me revolvió las entrañas.
Izzy, que se había asomado a la pantalla, enmudeció. El color desapareció de sus mejillas y apartó la vista, incapaz de sostener la mía. Yo, por mi parte, sentí morir. Fue una puñalada directa al centro de mi orgullo.
—Nadia... lo siento —susurró Izzy, reconociendo el desastre en mis ojos.
No respondí. Con los dedos entumecidos, le escribí a mi madre. Intenté que mis palabras no revelaran que me estaba desangrando por dentro.
“Qué guapos todos. Se ve que Nueva York os sienta bien. ¿Quién es la chica que está al lado de Thiago? No me suena de nada.”
Bloqueé el teléfono y lo dejé sobre la mesa, boca abajo, como si eso pudiera borrar la imagen de mi retina. Pero la foto estaba grabada a fuego. Thiago, el hombre que me había gritado que me fuera al infierno, estaba cenando con mi familia en Nueva York como si yo fuera la única que sobraba en esa ecuación.
—Él tiene derecho a seguir adelante, ¿no? —solté con una voz hueca, más para convencerme a mí misma que para Izzy.
—Nadia, no te tortures por una foto...
El teléfono vibró de nuevo. La respuesta de mi madre fue rápida y letal:
“Se llama Lys, es encantadora. Thiago dice que es su mejor descubrimiento en la ciudad. ¿A que hacen una pareja increíble? Estamos todos encantados con ella.”
"Su mejor descubrimiento". "Lys". "Encantados".
Ese nombre corto, afilado y exótico se me clavó como una espina. Cada palabra de mi madre era un clavo más en mi ataúd. Mientras yo me retorcía de culpa en Chicago y buscaba el perdón en los brazos de Dante, Thiago estaba en Nueva York integrando a otra mujer, a Lys, en nuestro círculo más íntimo. En el círculo de mi familia.
El verdugo no solo me había echado de su vida; me había reemplazado con una eficiencia quirúrgica por alguien que sonaba tan perfecta como su nuevo mundo. Y yo me sentía desaparecer.
La pantalla del móvil se iluminó de nuevo antes de que pudiera procesar el nombre de Lys. El pitido de las notificaciones se sentía como una serie de bofetadas en mitad del restaurante. Mi madre, en su habitual entusiasmo por compartir su "perfecta" vida en Nueva York, no se detuvo con una sola imagen.
“Mira estas, Nadia. Hacía tiempo que no veía a Thiago tan relajado. Se nota que ella le hace bien”, decía el texto.
Abrí la galería de mensajes y sentí que el suelo desaparecía bajo mi silla. Eran tres fotos más. En la primera, Thiago aparecía de perfil, riendo por algo que la tal Lys le decía al oído; él nunca me había regalado esa risa, la suya conmigo siempre había sido cargada de una tensión eléctrica, de un hambre desesperada. En la segunda, estaban brindando; las manos de ambos se rozaban sobre el mantel y él la miraba con una intensidad que me hizo querer cerrar los ojos y no volver a abrirlos.
Intenté dejar el teléfono a un lado, pero mis manos eran dos trozos de hielo que no respondían. El pecho me ardía, una mezcla de bilis y una tristeza tan profunda que me nublaba la vista.
—Nadia, por favor, deja de mirar —la voz de Izzy llegó desde algún lugar lejano, cargada de una preocupación que me irritaba porque confirmaba mi derrota.
—Estoy bien, de verdad. Solo me sorprende lo rápido que mi madre adopta a extraños —mentí. Intenté tomar un sorbo de agua, pero el cristal chocó contra mis dientes porque no podía dejar de temblar.
Quise fingir que era la Nadia de la oficina, la mujer segura que controlaba cada variable de su entorno. Quise poner una excusa profesional, decir que tenía una reunión importante y marcharme con la cabeza alta. Pero el nudo en mi garganta se volvió insoportable.
Miré a Izzy. Ella me observaba con esos ojos que compartía con sus hermanos, ojos que siempre parecían ver a través de mis mentiras. En ese momento, la máscara se agrietó.
—No puedo hacerlo, Izzy —susurré, y mi voz se quebró de una forma que odié—. No puedo fingir que no me importa que él esté... que ella esté ahí, con mis padres, ocupando un lugar que ni siquiera sabía que quería.
Sentí una lágrima traicionera rodar por mi mejilla. Me la limpié con furia, pero fue inútil; la compuerta se había abierto. La imagen de Thiago mirando a Lys con esa paz que yo nunca pude darle me estaba matando. No era solo que me hubiera reemplazado; era que parecía haber encontrado la redención en los brazos de alguien que no llevaba mi rastro de sangre y culpa.
—Él me dijo que me fuera al infierno —dije, casi sin aire, ignorando las miradas de las mesas contiguas—. Y yo me quedé aquí, quemándome, mientras él simplemente... ha salido de las llamas con ella.
Izzy alargó la mano por encima de la mesa y apretó la mía. No dijo nada, porque no había nada que decir. El verdugo no solo me había gritado su desprecio; me estaba demostrando, con cada foto enviada desde Nueva York, que yo ya no era la dueña de su incendio.
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Editado: 18.04.2026