Nadia
El aire frío de la noche de Chicago me golpeó la cara cuando salimos a la terraza de emergencias. Dante caminaba delante de mí, con los hombros tensos y esa aura de mando que parecía doblar la realidad a su voluntad. Yo no podía quitarme de la cabeza sus palabras por el teléfono. La crueldad con la que había recordado a Thiago su destierro, precisamente cuando su hermana sangraba en una camilla, me había revuelto el estómago.
—¿Cómo has podido hacerlo? —solté, mi voz temblando por la indignación—. ¿Cómo has podido prohibirle venir? ¡Es su hermana, Dante!
Él se detuvo en seco y se giró. Su mirada no tenía rastro de la ternura que me había mostrado en el ático. Era el Rey de Chicago mirando a una súbdita que se atrevía a cuestionar su ley.
—No es una discusión, Nadia. Es una sentencia —respondió con una calma que me dio escalofríos—. Thiago cometió errores que casi nos destruyen. Su presencia aquí es un riesgo para la seguridad de Izzy y para la estabilidad de la familia.
—¡Eso es mentira y lo sabes! —le grité, acercándome a él—. Lo haces por control. Lo haces porque quieres castigarlo incluso ahora. Izzy lo necesita, él la adora... Por una vez en tu vida, deja de ser el jefe de la mafia y sé un hermano. Deja que venga a verla.
En un movimiento tan rápido que ni siquiera vi venir, Dante cerró la distancia entre nosotros. Sus manos atraparon mis hombros y me empotró contra la pared de ladrillo de la terraza con una fuerza que me cortó el aliento. Sus ojos ardían, una mezcla de posesión y furia contenida.
—Cuidado, Nadia —susurró contra mis labios, su aliento cálido contrastando con el frío ambiental—. No confundas mi paciencia con debilidad. No te metas en los asuntos de los Valdés.
Antes de que pudiera replicar, me besó. Fue un beso dominante, un castigo y una reclamación al mismo tiempo. Sus manos bajaron a mi mandíbula, obligándome a sostenerle el ritmo, intentando silenciar mis palabras con su cuerpo. Sabía lo que estaba haciendo: intentaba recordarme que él era quien estaba aquí, quien me protegía, quien me poseía.
Me aparté de él con esfuerzo, jadeando, pero no bajé la mirada.
—Dante, por favor... —supliqué, esta vez con la voz rota—. Hazlo por ella. Deja que Thiago venga. No dejes que esta guerra familiar termine de romper lo poco que queda de vosotros.
Él me miró durante un segundo que pareció eterno. Por un instante, creí ver una grieta en su armadura, un rastro de duda. Pero entonces, su expresión se volvió de piedra una vez más.
—No —dijo, cortante.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta de la terraza sin mirar atrás.
—Dante, ¡no puedes dejarlo así! —le grité.
No se detuvo. La puerta pesada de metal se cerró tras él con un estruendo definitivo, dejándome sola en la oscuridad. El viento me azotaba el pelo, pero el frío que sentía no era por el clima. Era la comprensión de que Dante, el "hombre bueno", estaba dispuesto a sacrificar el corazón de su hermano con tal de mantener su corona intacta. Y yo, atrapada entre ambos, sentía que las paredes de Chicago se volvían cada vez más estrechas.
Dante me había dejado sola en la terraza, con el frío de Chicago calándome hasta los huesos y el eco de su "no" retumbando en mis oídos. Justo cuando sentía que el peso de la situación me iba a hacer caer de rodillas, el teléfono en mi bolsillo vibró.
Era él. Thiago.
Me tembló la mano al deslizar la pantalla. No quería hablar con él, no después de ver las fotos con Lys, no con el caos que reinaba en el hospital. Pero su nombre en la pantalla ejercía una fuerza gravitatoria a la que no podía resistirme.
—Thiago... —susurré, tratando de que el viento no se llevara mi voz.
—¿Cómo está ella, Nadia? Dime la verdad. No la versión filtrada de mi hermano —su voz sonaba desesperada, con un matiz de vulnerabilidad que me rompió el alma.
—Está bien, de verdad. Está dormida, bajo observación. Han sido los amigos de Dante, han blindado la planta... —Hice una pausa, tragando saliva—. He hablado con él, Thiago. He intentado convencerlo, le he suplicado que te deje venir, pero... no tengo poder para hacerlo cambiar de opinión. Se ha negado en rotundo. Dice que si vienes, la Vieja Guardia te tratará como a un enemigo.
Esperaba que colgara, que gritara o que se rindiera. Pero el silencio que siguió fue denso, cargado de una determinación que me dio escalofríos.
—Me da igual Dante y me da igual la Vieja Guardia —dijo Thiago, y su tono cambió de la desesperación a esa frialdad letal que lo definía—. Voy a ir, Nadia.
—¿Qué? Thiago, no me has oído, es una locura, te van a matar...
—Voy a entrar y voy a salir de esa maldita ciudad antes de que se den cuenta —me cortó, con una autoridad que no admitía réplica—. Voy a coger el jet privado de un amigo para no dejar rastro en los registros habituales. Estaré allí en unas horas. Necesito ver a mi hermana, Nadia. Necesito tocarla y saber que respira. Y nadie, ni siquiera mi hermano con su corona de espinas, va a impedírmelo.
—Te están esperando, Thiago. Dante ha dado órdenes —advertí, aunque en el fondo una parte de mí, la parte que todavía le pertenecía, sentía un alivio salvaje ante su rebeldía.
—Que me esperen. Si tienen que dispararme para que deje de ser un hermano, que lo intenten. Prepárate, Nadia. No sé cómo lo voy a hacer, pero voy a entrar en ese hospital.
Colgó. Me quedé mirando el skyline de Chicago, con el corazón martilleando contra mis costillas. Dante creía que tenía el control, que podía mantener a raya al hermano que él mismo había desterrado. Pero no conocía a Thiago tanto como creía. El verdugo no iba a pedir permiso para entrar en su propio infierno.
Entré de nuevo al hospital, sintiéndome como una traidora. Iba a ser cómplice de una infiltración que podía terminar en un baño de sangre. Pero al mirar la puerta de la habitación de Izzy, supe que no podía ser de otra forma. Los Valdés estaban a punto de colisionar, y yo estaba justo en el centro del impacto.
Tres horas. Habían pasado exactamente tres horas desde aquella llamada, y cada minuto se había sentido como una eternidad de vigilancia y miedo. Dante se había retirado a una sala de espera privada para gestionar la crisis con sus abogados y jefes de seguridad, convencido de que sus órdenes eran muros infranqueables.
Yo estaba sentada en el sillón junto a la cama de Izzy, sumida en una duermevela tensa, cuando escuché el leve siseo de la puerta de madera al abrirse. No fue el paso pesado de los guardias de Dante, ni el caminar decidido de una enfermera. Fue un movimiento casi fantasmal.
Me puse en pie de un salto, con el corazón en la garganta. Y entonces lo vi.
Thiago.
Llevábamos dos años sin vernos cara a cara. Al verlo allí, bajo la luz mortecina del hospital, las piernas me temblaron tanto que tuve que apoyarme en el borde de la cama. Nueva York lo había transformado. Ya no era el hombre consumido por las guerras de Chicago; estaba mucho más musculoso, con los hombros más anchos y una presencia física que llenaba la habitación. Pero lo que más me impactó fue su aura de empoderamiento. Ya no parecía un soldado al servicio de una familia, sino un hombre que había construido su propio imperio, alguien que no pedía permiso para existir.
Él se detuvo a un metro de mí. Su mirada recorrió mi rostro con una intensidad que me hizo sentir pequeña ante su nueva seguridad. Contra todo pronóstico, me dedicó una sonrisa breve y me rodeó con sus brazos.
El abrazo fue arrollador. Sentir la dureza de sus nuevos músculos y esa energía de mando que ahora desprendía me dejó sin aliento. Me apretó contra él con una confianza que antes no tenía, y antes de que pudiera decir nada, se apartó ligeramente para mirarme a los ojos.
—¿Qué tal estás, Nadia? —preguntó. Su voz ya no sonaba rota, sino profunda y cargada de una autoridad natural.
—Hecha pedazos, Thiago —respondí con sinceridad. Le conté los detalles médicos, el ataque y lo que los doctores habían dicho. Él escuchaba en silencio, con una calma gélida que daba más miedo que sus antiguos arrebatos de furia.
De repente, un gemido salió de la cama. Izzy estaba abriendo los ojos. Cuando vio la imponente silueta de su hermano mayor, sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.
—¿Thiago? —su voz fue un hilo de esperanza.
Él se acercó a la cama y le tomó la mano. Izzy empezó a llorar, un llanto liberador. A pesar de su nuevo aspecto de hombre de negocios implacable, con Izzy seguía siendo el hermano protector.
—Shhh, pulga. Estoy aquí —murmuraba él—. Ya pasó. Nadie va a volver a tocarte, te lo juro por mi vida.
Estuvieron unos minutos así, pero el tiempo se agotaba. Sabíamos que Dante podía aparecer en cualquier momento y que el nuevo Thiago, por muy poderoso que fuera en Nueva York, seguía siendo un hombre proscrito en este hospital.
—Tienes que irte, Thiago —dijo Izzy, limpiándose las lágrimas—. Si Dante te encuentra aquí... esto terminará en una tragedia. Ya te he visto. Por favor, vete.
Thiago asintió, recuperando ese semblante de acero que traía de la Gran Manzana. Sabía que no podía forzar la situación más allá.
—Acepto —dijo él, levantándose con una elegancia que me resultó desconocida—. No quiero que te alteres más.
—Yo te llevo —me ofrecí de inmediato—. Tengo el coche en el parking del personal. Te dejaré en el aeropuerto para que cojas ese jet.
Él me miró de arriba abajo, y sentí que ese nuevo aura de poder me quemaba la piel.
—Vámonos entonces, Nadia. Antes de que decida que ya no quiero esconderme de mi hermano.
Salimos de la habitación como sombras. Mientras caminábamos hacia el parking, me di cuenta de que el Thiago que había vuelto no era un fugitivo derrotado, sino una amenaza mucho más grande de lo que Dante podía imaginar.
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Editado: 18.04.2026