El despertar del verdugo

5 El eco de un portazo

Nadia

El silencio que siguió a la tormenta fue casi más ensordecedor que nuestros gritos. El motor del coche seguía calado, el barro se secaba sobre nuestras pieles y el olor a sexo y furia flotaba en el habitáculo como el humo tras un incendio.
Me incorporé sobre su regazo, con el vestido desgarrado y el corazón latiendo con una devoción que me asustaba. Lo miré a los ojos, buscando al Thiago que conocía, y por un segundo, entre las sombras de su nueva armadura de poder, lo encontré. Lo besé. No fue un beso de guerra, sino uno de entrega absoluta, profundo y desesperado, intentando sellar en sus labios la promesa de que, a pesar de los papeles firmados y los dos años de distancia, seguíamos siendo una sola carne.
Él me sostuvo la cara con sus manos grandes y callosas, pero su mirada ya estaba volviendo a ser de acero.
—Tengo que marcharme, Nadia —susurró, y su voz era una sentencia—. El tiempo se agota y Dante no tardará en notar que su reina no está en su sitio.
El trayecto al aeropuerto fue un borrón de luces de neón y asfalto mojado. Ninguno de los dos hablaba, pero el aire vibraba. Al llegar a la terminal de vuelos privados, el jet de su amigo ya esperaba con las turbinas rugiendo suavemente, una bestia de plata lista para devolverlo a su nueva vida.
Bajamos del coche. Thiago se detuvo frente a la escalerilla, con el viento despeinándole el pelo y esa aura de mando que ahora lo envolvía como una capa.
—Tienes que decidir por ti misma, Nadia —me dijo, manteniendo una distancia física que me dolió más que cualquier golpe—. Tómate tu tiempo. Piensa si quieres seguir siendo la joya de la corona de mi hermano o si estás dispuesta a quemar el reino conmigo. No voy a obligarte. Ya no soy ese hombre.
—Si me tomo mi tiempo, le estaré dando ventaja a Lys —solté, y el nombre de esa mujer me supo a hiel en la boca—. Ella está allí, contigo, cada día. Y yo... yo no quiero que estés con otra mujer, Thiago. No puedo soportar la idea de que ella toque lo que es mío.
Thiago apoyó un pie en el primer escalón y se giró. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi labio partido y en el vestido roto que yo intentaba cubrir con la chaqueta. Una sonrisa irónica, gélida y puramente Valdés, curvó sus labios.
—¿Te duele imaginarme con ella, nena? —soltó con una voz cargada de un sarcasmo letal—. Qué curioso. A mí me encanta imaginarte a ti cada noche con mi hermano. Me fascina pensar en cómo dejas que él te toque mientras intentas convencerme de que me perteneces.
Esa pulla envenenada entró directa a mi centro, recordándome que, aunque acabáramos de ser animales en un camino de tierra, él no había olvidado la traición de mi estancia con Dante.
—Thiago, no... —intenté decir, dando un paso hacia él.
Pero fue tarde. Él no esperó una respuesta. Subió los escalones sin mirar atrás y, con un sonido hidráulico pesado y definitivo, las puertas del jet privado se cerraron, sellando el vacío entre nosotros.
Me quedé allí, de pie en la pista, viendo cómo el avión empezaba a moverse. En el momento en que las ruedas despegaron y las luces de posición se perdieron en el cielo negro de Chicago, mis piernas cedieron. Me derrumbé sobre el asfalto frío, abrazándome a mí misma, y empecé a llorar a mares. Eran lágrimas de rabia, de impotencia y de un amor tan tóxico que me estaba consumiendo viva.
Él se iba a Nueva York, a su imperio y a los brazos de una mujer que no le recordaba sus pecados. Y yo me quedaba aquí, manchada de barro y de él, teniendo que volver a una habitación de hospital donde el hombre que ostentaba el título de mi dueño me esperaba con preguntas que no sabía si podría contestar sin romperme en mil pedazos.
Conducir de vuelta fue un ejercicio de supervivencia. Mis manos temblaban tanto sobre el volante que apenas podía mantener el coche recto. Al llegar al ático, corrí a la ducha sin encender las luces, dejando que el agua casi hirviendo golpeara mi espalda. Necesitaba arrancar el olor de Thiago de mi piel, no porque lo odiara, sino porque me delataba. El lodo del camino de tierra se fue por el sumidero, pero la sensación de sus manos y el escozor de su última pulla envenenada se quedaron grabados bajo mi dermis.
Me puse un vestido cerrado, de cuello alto, para ocultar cualquier marca, y me maquillé con una precisión quirúrgica para esconder el rastro del llanto. Cuando volví al hospital, el sol empezaba a asomar por el horizonte de Chicago, tiñendo los edificios de un naranja sangriento.
Dante no estaba en la habitación; uno de sus hombres me informó de que había ido a una reunión de emergencia con la Vieja Guardia. Aproveché el momento. Entré en la habitación de Izzy y cerré la puerta con el seguro.
Ella estaba despierta, mirando por la ventana con una expresión ausente. Al verme, sus ojos se iluminaron, pero esa chispa se apagó en cuanto analizó mi rostro.
—¿Se ha ido? —preguntó con voz ronca.
Me senté en el borde de su cama y, sin poder contenerme más, se lo conté todo. Las palabras salieron atropelladas: el encuentro en el coche, los celos por Lys, el dinero donado, el estallido en el camino de tierra y cómo nos habíamos destrozado y amado como animales entre el barro. Le conté su crueldad al final, su ironía sobre Dante y cómo me había dejado sola en la pista de aterrizaje.
Izzy escuchó en silencio, con una madurez que siempre me sorprendía. Cuando terminé, se hizo un silencio pesado, roto solo por el pitido rítmico del monitor cardíaco.
—¿Quieres mi opinión, Nadia? —me preguntó, buscándome la mano.
—La necesito. Siento que me estoy volviendo loca.
Izzy suspiró y apretó mis dedos con fuerza.
—Thiago es un idiota herido —sentenció con firmeza—. Se ha construido esa armadura en Nueva York porque es la única forma que tiene de no desmoronarse cada vez que piensa en ti. Esa pulla que te lanzó sobre Dante... no es porque le "encante" imaginarte con él. Es porque se muere de asco solo de pensarlo y necesita que tú sufras lo mismo que sufre él. Es su forma de equilibrar la balanza del dolor.
Hizo una pausa, mirando hacia la puerta, asegurándose de que seguíamos solas.
—Pero Nadia, tienes que ser realista. Estás jugando a dos bandas en un tablero que solo admite un ganador. Mi hermano Dante te ofrece seguridad, una vida donde no tienes que mirar atrás, pero te tiene en una vitrina de cristal. Thiago... Thiago es el incendio. Con él nunca vas a estar a salvo, pero es el único que te hace sentir que la sangre te corre por las venas.
—Él tiene a Lys ahora, Izzy —susurré con dolor.
Izzy soltó una risa amarga.
—Esa chica es un parche, una tirita en una herida de bala. Pero no te equivoques: Thiago no va a volver a Chicago a rescatarte. Si lo quieres, vas a tener que ser tú la que rompa el cristal de la vitrina de Dante y corra hacia el fuego. Y eso significa que, tarde o temprano, los dos hermanos van a terminar matándose por ti. La pregunta no es a quién quieres, sino a quién estás dispuesta a destruir.
Sus palabras me helaron la sangre. Izzy tenía razón. Estaba en medio de un campo de minas, y el primer paso en falso no solo me mataría a mí, sino que dinamitaría lo poco que quedaba de la familia Valdés.
En ese momento, el pomo de la puerta giró. Dante había vuelto.
Dante entró en la habitación con la elegancia de un depredador que acaba de asegurar su territorio. Se acercó a mí, me besó en la sien —un gesto que ahora sentía como el marcado de un dueño— y me preguntó si había descansado. Mentí con una sonrisa ensayada, diciéndole que solo necesitaba aire fresco. Él no sospechó nada; su mente estaba ocupada en la guerra que se avecinaba y en los hombres que pensaba ejecutar por el ataque a su hermana.
Tras unos minutos de una tensión asfixiante, su teléfono vibró. Otra crisis, otra cabeza que reclamar.
—Tengo que bajar al parking, ha llegado el informe de balística —dijo Dante, dándole un apretón cariñoso en el brazo a Izzy—. Nadia, quédate con ella. No tardaré.
En cuanto la puerta se cerró tras él, el aire en la habitación volvió a ser respirable, pero el peso de la confesión que le había hecho a Izzy seguía flotando entre nosotras. Me dejé caer en la silla, agotada.
—¿Y bien? —pregunté, mirando a mi amiga—. ¿Cuál es ese consejo que me ibas a dar antes de que el Rey entrara en su castillo?
Izzy se acomodó en las almohadas, ignorando el dolor de su hombro vendado. Su mirada era inusualmente lúcida para alguien que acababa de salir de una cirugía.
—Nadia, escucha lo que te voy a decir, porque solo te lo diré una vez —empezó, bajando el tono de voz—. Deja de castigarte por lo que pasó en ese camino de tierra. Thiago no ha vuelto para salvarte, ha vuelto para ver si todavía tenía el poder de destruirte. Y tú le has dado lo que quería en bandeja de plata.
—Izzy, yo lo amo... —intenté interrumpirla, pero ella levantó la mano.
—Lo sé. Y ese es el problema. Pero el amor de Thiago es una condena a muerte en esta ciudad. Mi consejo es este: No elijas a ninguno.
La miré sin entender.
—Dante te tiene en una jaula de oro y Thiago te quiere en un infierno de pasión, pero ambos te ven como una extensión de su guerra personal —continuó Izzy, apretándome los dedos—. Si te quedas con Dante por miedo, te secarás por dentro. Si corres detrás de Thiago a Nueva York, serás la eterna intrusa en una vida que él ya ha empezado a construir con otra, y siempre tendrás la sombra de Dante buscándote para cobrar la deuda.
—¿Entonces qué hago? —susurré con las lágrimas asomando.
—Usa este tiempo. Dante está distraído con la seguridad y la venganza. Thiago está lejos, lidiando con su orgullo y con esa tal Lys. Deja de ser el premio por el que pelean. Empieza a mover tus propias fichas. Si realmente quieres a Thiago, no vayas a él como una esposa fugitiva y suplicante. Ve como una mujer que no lo necesita para respirar. Y si decides quedarte con Dante, hazlo bajo tus propios términos, no como su protegida.
Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Izzy me estaba pidiendo lo imposible: que dejara de ser un satélite que giraba alrededor de los hermanos Valdés.
—Y una cosa más —añadió Izzy con una sonrisa triste—. No dejes que esa pulla sobre Lys te ciegue. Si Thiago realmente estuviera tan feliz con ella, no te habría empotrado contra ese coche como si le fuera la vida en ello. Pero no te conformes con sus sobras, Nadia. Tú eres una Rossi. Si él te quiere, que aprenda que el destierro también funciona en ambos sentidos. Hazle sentir que él también te ha perdido a ti.
En ese momento, comprendí que Izzy no solo era la hermana pequeña; era la única que realmente entendía que en la guerra de los Valdés, la única forma de ganar era no participar en sus reglas.




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