El despertar del verdugo

6 El billete de salida

Nadia

El teléfono vibró sobre el escritorio a media mañana. Era mi jefa directa de la consultora. Al principio pensé que sería otra reunión de seguimiento, pero su voz sonaba inusualmente animada.
—Nadia, la junta ha tomado una decisión. Queremos que asumas la dirección de la sede en Los Ángeles. Es un puesto de alta responsabilidad, pero sabemos que eres la indicada. El contrato incluye un paquete de relocalización completo y un apartamento corporativo en Santa Mónica, frente al mar. Solo tienes que decir que sí.
El corazón me dio un vuelco. Un apartamento incluido. Un lugar que no le pertenecería a ningún Valdés, una cama donde no habría fantasmas de traiciones ni deudas de sangre. Un espacio solo para mí.
—Acepto —dije, sin dudarlo un solo segundo—. Preparadlo todo.
Colgué el teléfono y sentí una oleada de adrenalina. No había vuelta atrás. Fui directa a la mansión. Al llegar, encontré a Dante en el despacho y a Izzy descansando en el salón. Los reuní a los dos; necesitaba que esto quedara claro frente a ambos.
—Me voy a Los Ángeles —solté de golpe. El silencio que siguió fue sepulcral—. Me han ofrecido la dirección de la empresa allí. El contrato está firmado y tengo casa incluida. Me mudo el lunes.
Dante se levantó de su silla de piel como si lo hubiera golpeado un resorte. Sus ojos se oscurecieron y el aura de autoridad que siempre lo envolvía se volvió asfixiante.
—¿Te has vuelto loca? —rugió, rodeando el escritorio—. No vas a ir a ninguna parte, Nadia. Chicago está en guerra e Izzy te necesita. No voy a permitir que te vayas a la otra punta del país sola, sin mi seguridad y sin mi control. Es un "no" rotundo.
—No te estoy pidiendo permiso, Dante —le devolví la mirada, manteniéndome firme pese a que por dentro temblaba—. He pasado años siendo la sombra de uno o de otro. He soportado el destierro de Thiago y tu sobreprotección asfixiante. Ya no soy la moneda de cambio de nadie. Me voy porque es mi carrera, mi vida y mi propia casa.
Dante apretó los puños, la mandíbula tan tensa que parecía que iba a estallar. Dio un paso hacia mí, pero antes de que pudiera decir otra palabra, la voz de Izzy cortó el aire desde el sofá.
—Déjala ir, Dante.
Él se giró hacia su hermana, sorprendido por la interrupción.
—Izzy, no te metas, esto es por su seguridad...
—No, esto es por tu orgullo —replicó Izzy con una calma que nos dejó mudos a ambos—. Nadia tiene razón. Si se queda aquí, acabará destruida entre vosotros dos. Chicago la consume y Nueva York la persigue. Los Ángeles es el único lugar donde puede respirar.
Dante nos miró a las dos, alternando entre mi determinación y la sabiduría herida de su hermana. Durante un minuto eterno, el aire pesó toneladas. Finalmente, soltó un suspiro pesado, una exhalación que parecía llevarse parte de su fuerza.
—Está bien —masculló, muy a su pesar, sin dejar de mirarme con una mezcla de derrota y furia—. Vete. Pero que sepas que esto no significa que dejes de estar bajo mi protección. Si algo te pasa en esa ciudad...
—Nada me va a pasar, Dante. Porque allí no soy una Valdés —lo interrumpí con suavidad.
Él salió del salón sin decir nada más, cerrando la puerta del despacho con un golpe seco. Me quedé a solas con Izzy. Ella se acercó a mí con dificultad y me tomó de las manos, dedicándome una sonrisa que me llegó al alma.
—Es la mejor decisión que podías tomar, Nadia —susurró—. Vete antes de que alguno de los dos encuentre una forma de encadenarte de nuevo. Corre hacia ese mar y no mires atrás.
La abracé con cuidado de no lastimarla, sabiendo que ella era la única que entendía de verdad el precio de mi libertad. Me iba de Chicago. Dejaba atrás al Rey y al Verdugo. Por fin, iba a descubrir quién era Nadia Rossi cuando nadie la estaba vigilando.
El apartamento corporativo en Santa Mónica ya era una realidad sobre el papel, pero para que lo fuera en mi vida, tenía que empezar a cerrar capítulos en Chicago. Con las cajas ya amontonadas en el salón, cogí el teléfono para informar a mis padres.
La conversación fue tan breve como desalentadora. Primero llamé a mi madre, que apenas me prestó atención entre sus compromisos sociales; me soltó un "ah, muy bien, cariño" antes de pasar a hablar de sus nuevos cuadros. Mi padre no fue muy diferente; para él, mientras yo no causara un escándalo que afectara sus negocios, podía estar en California o en la Luna. Su desinterés siempre me había dolido, pero hoy fue liberador. Eran unos pasotas, siempre lo habían sido, y su falta de importancia me confirmó que no le debía explicaciones a nadie.
Colgué sintiendo que el último anclaje con el apellido Rossi se rompía. Pero entonces, el teléfono volvió a vibrar. El prefijo era de Nueva York.
Sentí un escalofrío al ver el nombre de Thiago en la pantalla. Sabía que se enteraría por sus contactos, pero su velocidad para reaccionar siempre me superaba.
—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo, Nadia? —Su voz llegó como un trueno, cargada de esa autoridad que ahora parecía llevar tatuada en la garganta.
—Lo que debería haber hecho hace mucho tiempo, Thiago —respondí, sentada sobre una de mis maletas—. Irme. Lejos de Chicago, de Dante y de ti.
—¿Los Ángeles? —Soltó una risa seca, sin pizca de gracia—. ¿De verdad crees que cruzar el país va a solucionar algo? Estás huyendo porque sabes que lo que pasó en ese camino de tierra no fue un error. Tienes miedo.
—No es miedo, es agotamiento —dije con firmeza, aunque el corazón me martilleaba las costillas—. Tú ya has hecho tu vida allí. Tienes tu imperio, tienes a esa mujer, Lys, y has dejado claro que puedes vivir sin mí. Ahora me toca a mí. Haz tu vida, Thiago, por favor... porque yo voy a intentar hacer la mía. No puedo seguir así, siendo un fantasma entre dos hermanos que solo saben destruirse.
—Nadia, no te vas a librar de esto tan fácilmente... —su tono bajó, volviéndose más oscuro, casi una promesa.
—Se acabó —lo corté—. Ya no hay nada más que hablar. Adiós, Thiago.
Colgué antes de que su voz pudiera volver a enredarse en mis pensamientos. Bloqueé la pantalla y respiré hondo. Mis padres ni siquiera se habían inmutado y Thiago seguía creyendo que podía darme órdenes desde la otra punta del mapa. Pero mientras miraba mis maletas listas, me di cuenta de que, por primera vez, el camino que tenía delante no lo había trazado ningún Valdés. El lunes, Chicago sería solo un recuerdo amargo.




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