Dante
El aroma a café recién hecho inundaba la mansión, pero esta vez no era el café amargo y solitario de mis mañanas en la oficina. Me quedé un momento apoyado en el marco de la puerta del dormitorio, observando a Iris mientras dormía plácidamente entre las sábanas de seda.
La conocí hace dos meses. Era la camarera del pequeño bar donde siempre hacía una parada antes de entrar en el fragor de los negocios. Al principio, fue solo su belleza lo que me llamó la atención —una belleza natural, sin artificios—, pero fue su bondad increíble lo que me desarmó. Iris no me miraba con miedo, ni buscaba el poder de mi apellido. Me miraba a los ojos. Un día, contra todo pronóstico en mi rígida rutina, la invité a cenar. Desde entonces, no ha pasado un solo día en el que no hayamos hablado.
Anoche, finalmente, pasamos la noche juntos.
Me siento extrañamente feliz. Es una sensación que no lograba identificar porque, por primera vez en años, me siento cómodo. Con Iris puedo ser simplemente Dante, no el Rey de Chicago, no el hombre que debe cargar con el peso de una corona de sangre.
Fui honesto con ella desde el primer café. Le conté todo. Sabía que si quería algo real, no podía haber sombras entre nosotros. Ella sabe quién soy, sabe lo que hago y, sobre todo, sabe de la existencia de Nadia.
Con Nadia a miles de kilómetros y el silencio de estos cuatro meses, mi mente ha empezado a funcionar con una claridad meridiana que me asusta. Al ver a Iris sonreír al despertar, me doy cuenta de que con ella no hay tensión, no hay una lucha de poder constante, no hay esa necesidad de control asfixiante.
—Buenos días —susurró ella, estirándose con una gracia que me hizo sonreír.
—Buenos días, preciosa —le respondí, sentándome al borde de la cama.
Mientras le acariciaba el rostro, una idea que antes habría rechazado con violencia cruzó mi mente. Tal vez Izzy y Thiago tenían razón. Tal vez lo mío con Nadia no era ese amor épico que yo me juraba a mí mismo. Ahora, con la perspectiva que da la distancia y la paz que me transmite Iris, empiezo a sospechar que estaba obsesionado con Nadia solo porque había sido la mujer de mi hermano. Era el trofeo definitivo, la pieza que le faltaba a mi victoria sobre él. La quería porque él la había tenido, porque poseerla a ella significaba ganarle a Thiago la partida más importante de nuestras vidas.
Con Iris es distinto. Ella no es un premio de guerra. Es un refugio.
Me incliné para besarla, sintiendo que el nudo que me apretaba el pecho desde que Nadia se marchó se había desatado por completo. Por fin, el fantasma de mi hermano estaba dejando de dictar quién debía amar yo. Por fin, estaba empezando a vivir mi propia vida.
Iris se incorpora en la cama, cubriéndose con la sábana, y me mira con esa profundidad que parece leer las notas al pie de mi alma. Su rostro emana una paz que contrasta con el caos que siempre reina en los pasillos de esta mansión. Aquí, donde cada cuadro y cada mueble parece gritar el peso de mi apellido, su sencillez es lo único que me mantiene cuerdo.
—¿Cómo te sientes respecto a lo que pasó anoche? —pregunta en un susurro. No hay inseguridad en su voz, solo una curiosidad genuina.
Me siento a su lado y le aparto un mechón de pelo de la cara.
—Feliz, Iris. Me siento... ligero. Es una palabra que no suelo usar en esta casa, pero contigo es la única que encaja.
Ella asiente despacio, pero su expresión se vuelve un poco más seria, aunque sin perder la dulzura.
—Dante, quiero que esto funcione, pero necesito pedirte algo. Si en algún momento tienes dudas respecto a lo nuestro... si el recuerdo de Nadia o lo que sentías por ella vuelve a pesar más que lo que tenemos aquí, sé sincero conmigo. No me ocultes nada.
La miro a los ojos, sintiendo una punzada de respeto. Nadia siempre fue un laberinto de secretos y reproches; Iris es un mar abierto.
—Te lo prometo —digo con total firmeza—. Siempre soy sincero contigo desde aquel primer café, y no voy a dejar de serlo ahora. Lo que sentía por ella está en el pasado, y ahora entiendo que gran parte era solo ruido de mi propia guerra interna.
Ella me toma de la mano y me da un apretón suave. Sé que viene algo difícil.
—Entonces, si de verdad quieres dejar atrás ese ruido... deberías intentar hablar con tu hermano. Acércate a Thiago, Dante.
Siento cómo mi mandíbula se tensa por puro instinto. El nombre de mi hermano todavía sabe a traición y a ceniza en mi boca.
—Iris, no es tan fácil. Thiago rompió las reglas, me desafió en mi propia ciudad...
—Por lo que me has contado, Thiago solo fue una víctima más de tu tío Fausto —me interrumpe ella con suavidad, pero con firmeza—. Fausto lo manipuló, lo empujó al exilio para debilitaros a los dos. Si sigues odiando a Thiago, le sigues dando la victoria a un hombre que ya está bajo tierra. Él es tu sangre, Dante. Y ahora que Nadia no está entre vosotros, quizás es el momento de ver al hombre, no al rival.
Me levanto y camino hacia el ventanal de la habitación, mirando los jardines de la mansión. La idea de perdonar a Thiago se siente como una claudicación, como si bajara la guardia ante el hombre que una vez quiso mi corona. Pero Iris tiene razón en algo: la sombra de Fausto, aunque él ya murió, sigue dirigiendo mis movimientos a través del rencor que sembró.
—Se vertió demasiada sangre y se dijeron demasiadas cosas —mascullo, sin girarme.
—Pero eres tú quien decide cuándo dejar de sangrar —responde ella desde la cama.
Me giro para verla. Ella no me da una orden, me ofrece una salida de mi propia prisión. Suspiro profundamente, sintiendo cómo la resistencia cede apenas un milímetro.
—Está bien —cedo, aunque con el corazón todavía en guardia—. No te prometo una reconciliación inmediata, pero... prometo pensarlo.
Ella sonríe, y por primera vez en mi vida, siento que ser el dueño de esta mansión no tiene por qué significar estar siempre en guerra.
Bajamos a desayunar y el eco de nuestros pasos en la escalera de mármol parece menos pesado que de costumbre. En el comedor, Izzy ya está sentada, rodeada de folletos de viajes y su inseparable tableta. Al vernos entrar, levanta la vista y una chispa de determinación brilla en sus ojos.
—Dante, qué bien que bajas —dice sin preámbulos, ignorando el café humeante—. Ya es oficial. He reservado el vuelo para el mes que viene. Voy a ir a ver a Nadia a Los Ángeles. Mi mejor amiga me necesita y yo necesito ese aire.
Siento a Iris tensarse a mi lado. Aunque se conocen, Iris se pone en guardia de inmediato. Es lógico; escuchar el nombre de la mujer que casi destruye mi cordura, justo la mañana después de nuestra primera noche juntos, es un trago amargo. Noto cómo Iris endereza la espalda, manteniendo una distancia prudente mientras observa a mi hermana.
—Me parece bien, Izzy. Te vendrá bien el cambio de aires —respondo, intentando suavizar el ambiente mientras le sirvo zumo a Iris.
Izzy asiente y deja los folletos a un lado, adoptando una postura más seria.
—Y hay algo más. He estado pensando mucho estos meses de recuperación. Dante, quiero independizarme. He estado mirando apartamentos en el centro de Chicago. Necesito mi propio espacio, lejos de las paredes de esta mansión que guardan tantos recuerdos que quiero olvidar.
—De ninguna de las maneras —suelto por puro instinto, dejando la jarra sobre la mesa con un golpe seco—. Fuera de aquí estás expuesta. No puedo protegerte si no sé quién entra o sale de tu casa.
—Dante, no soy una pieza de porcelana —me corta ella con firmeza—. Estoy sana. Y no voy a vivir con miedo el resto de mi vida.
Veo a Iris observar la escena en silencio. Su mirada viaja de la terquedad de mi hermana a mi sobreprotección asfixiante. Tras unos segundos de tensión, me doy cuenta de que Iris tiene razón: no puedo seguir encerrando a las mujeres que quiero en jaulas de oro.
—Está bien —cedo, soltando un suspiro de derrota—. Si vas a mudarte, lo harás bajo mis condiciones. Tenemos un apartamento en propiedad en la zona de Gold Coast. Es un ático con seguridad privada las veinticuatro horas y acceso restringido. Si aceptas vivir allí, no me opondré.
Izzy abre mucho los ojos al escuchar la dirección. Sabe perfectamente de qué edificio hablo; es la mejor zona de la ciudad, un búnker de lujo donde nadie podría tocarla.
—Acepto —dice con una sonrisa radiante—. Es perfecto, Dante. Gracias.
El desayuno continúa y la tensión inicial de Iris empieza a disolverse. Ve a Izzy hablar con entusiasmo de su futura independencia, de cómo quiere decorar su nuevo hogar y de cómo desea que su relación con Nadia sea un puente hacia su propia libertad, no un arma contra mí. Iris, pasado un rato, empieza a ver la bondad de mi hermana; comprende que Izzy no nombra a Nadia para herirnos, sino porque es la única persona que la entiende de verdad.
—Tienes una hermana increíble —me susurra Iris al oído mientras Izzy se levanta para buscar más planos—. Tiene mucha luz para haber crecido en esta casa.
La miro y asiento. Por primera vez, la mansión no se siente como una fortaleza sitiada, sino como un lugar donde, finalmente, las heridas están empezando a cerrar.
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Editado: 18.04.2026