El despertar del verdugo

9 El peso del alma

Thiago

Nueva York nunca duerme, y a veces siento que yo tampoco. El fantasma de Nadia sigue acechando en las esquinas de mi ático y en el reflejo de los cristales de los rascacielos. Sin embargo, Lys está siempre a mi lado cuando el silencio se vuelve demasiado ruidoso. Con su suavidad y su presencia constante, no me deja pensar demasiado en Nadia. Ella es el ancla que me mantiene en el presente, impidiendo que mi mente derive hacia los recuerdos de Chicago.
Hoy, sin embargo, el pasado ha venido a buscarme en forma de una comida de negocios. Me encuentro en un restaurante exclusivo de Manhattan con el padre de Nadia. Lo aprecio profundamente; es un hombre al que le debo gran parte de lo que soy aquí. Cuando llegué a esta ciudad sin nada, desterrado y con las manos vacías, él me ayudó a levantar mi imperio. Para mí, es más que un ex suegro; es un mentor.
Hablamos de cifras y de la expansión en la costa este, hasta que, de repente, el tono de la conversación cambia. Él deja los cubiertos sobre el plato y me mira con una fijeza que me pone alerta.
—He hablado con Nadia esta mañana —dice con esa voz pausada que tanto respeto—. La noto feliz y tranquila en Los Ángeles. Por fin parece que ha encontrado su lugar lejos de toda esa suciedad.
—Me alegra oír eso —respondo con sinceridad, aunque el nombre de su hija todavía me produce un vuelco en el pecho—. Ella se merecía esa paz.
El padre de Nadia asiente, pero luego clava sus ojos en los míos, ignorando la copa de vino.
—Sin embargo, Thiago, te conozco bien. Y conozco a mi hija. Sigo creyendo que estáis hechos el uno para el otro. Habéis pasado por demasiado fuego como para que las cenizas se hayan enfriado del todo.
Siento que el aire se espesa en el restaurante. Intento mantener el semblante impasible, pero su siguiente frase me da donde más me duele.
—Lys es bonita, parece buena persona... pero, sinceramente, no te veo finalmente con ella. No es para ti, Thiago. Te falta esa chispa que solo Nadia encendía.
Me tenso de inmediato. El nudo en mi garganta me impide tragar. Por un lado, siento una lealtad feroz hacia Lys, la mujer que me ha recogido los pedazos este tiempo; por otro, las palabras de un hombre al que respeto tanto, y que conoce nuestras raíces, caen sobre mí como una sentencia.
—Nadia y yo... eso ya pasó —logro decir, aunque mi voz suena menos firme de lo que me gustaría.
—El destino no se lee en el pasado, Thiago, sino en lo que no puedes evitar sentir cuando escuchas su nombre —replica él con una media sonrisa—. Piénsalo.
Me quedo en silencio, sin saber qué responder. Por primera vez en meses, la seguridad que Lys me proporciona se tambalea. Miro hacia la ventana, hacia el bullicio de la Quinta Avenida, y me pregunto si realmente estoy construyendo un futuro o si solo estoy ganando tiempo antes de que el destino decida volver a ponerme frente a la única mujer que, según su propio padre, es capaz de completarme.

Entro en mi ático con la cabeza a punto de estallar. Las palabras del padre de Nadia siguen martilleando mis sienes, recordándome una conexión que intento ignorar a diario. Apenas tengo tiempo de servirme un vaso de agua cuando tocan a la puerta. Es Lys.
Entra con su suavidad habitual, pero noto una tensión en sus hombros que no suele estar ahí. La invito a sentarse en el sofá de cuero frente al ventanal.
—¿Cómo ha ido la comida con el señor Rossi? —pregunta ella, intentando sonar casual, pero sus ojos me escudriñan con insistencia.
—Bien, temas de la nueva corporación y logística —respondo, intentando ser breve—. Siempre es productivo hablar con él.
Ella juguetea con su bolso, guardando un silencio que se vuelve incómodo. Conozco esa mirada; a su manera, está intentando averiguar qué me ha dicho realmente el padre de Nadia sobre ella, sobre nosotros... o sobre su hija. Empiezo a explicarle detalles técnicos del negocio para desviar el tema, pero ella me interrumpe con un gesto de impaciencia que me sorprende.
—No entiendo por qué sigues quedando con ese hombre, Thiago —suelta de repente, y su voz ha perdido la dulzura de la mañana—. Nadia está en la otra punta del país y tú ya no tienes nada que ver con los Rossi. Mantener este vínculo solo sirve para que el pasado siga arrastrándote hacia atrás. Deberías cortar por lo sano.
Me ofendo de inmediato. Siento una punzada de indignación que me recorre la espalda. Me pongo en pie, mirándola desde arriba.
—Estás muy equivocada, Lys. Ese hombre me tendió la mano cuando llegué a esta ciudad sin nada. Me ayudó cuando nadie más lo hizo, cuando mi propio hermano me había dado la espalda y mi familia me había borrado del mapa. Le debo lealtad, y yo nunca daré de lado al padre de Nadia.
Lys se queda callada, sorprendida por la dureza de mi tono. Se levanta rápidamente, con un gesto de arrepentimiento en el rostro, y me pone una mano en el brazo.
—Lo siento, Thiago... me he dejado llevar. Tienes razón, la lealtad es importante para ti. Me disculpo por mi atrevimiento, solo quería proteger nuestra tranquilidad.
Ella vuelve a ser la chica dulce y comprensiva de siempre, pero el daño ya está hecho. La miro mientras se deshace en disculpas y, por primera vez, siento una distancia fría entre nosotros. He visto en ella una faceta que no me ha gustado nada: una pizca de posesividad y una falta de respeto hacia mis principios más básicos que no esperaba.
Asiento en silencio, aceptando sus disculpas, pero algo en mi interior se ha enfriado. Al verla ahí, tratando de borrar sus palabras con una sonrisa amable, me doy cuenta de que quizás el padre de Nadia tenía razón en algo: las apariencias pueden ser dulces, pero la verdadera conexión requiere entender de dónde viene uno. Y Lys acaba de demostrar que no tiene ni idea de quién soy realmente.
El silencio tenso entre Lys y yo se rompe por el vibrar de mi teléfono sobre la mesa de mármol. Al ver el nombre en la pantalla, el corazón me da un vuelco. Dante. No hemos hablado en meses.
Lys me mira fijamente, con los ojos entrecerrados y esa nueva chispa de desconfianza que ha aparecido hoy. Ignoro su escrutinio y respondo al teléfono.
—¿Dante? —digo, con la voz un poco ronca.
—Thiago... —su voz suena distinta, carece de esa prepotencia que solía envolver cada una de sus palabras—. Llamo porque necesito decirte algo. Siento todo lo que pasó, hermano. Te juzgué y te ataqué cuando, en el fondo, sabía perfectamente que Fausto te había manipulado. Nos usó a los dos como piezas en su tablero y yo dejé que el orgullo me cegara.
Me quedo mudo. Escuchar una disculpa de Dante es como ver llover en el desierto. Lys se acerca un poco más, intentando captar fragmentos de la conversación, pero yo me giro dándole la espalda.
—Dante, yo... —empiezo a decir, pero él me interrumpe.
—Estoy conociendo a alguien, Thiago. Se llama Iris. Ella me ha hecho ver las cosas desde otra perspectiva.
Mientras me habla de ella, le noto enamorado de verdad. No es la obsesión posesiva que siempre ha marcado sus relaciones; es una calma nueva. Escuchar a mi hermano hablar con esa vulnerabilidad me remueve algo por dentro, pero hay una pregunta que quema en mi garganta y que no puedo evitar hacer, a pesar de que noto cómo Lys se tensa al mi lado, casi adivinando mis pensamientos.
—¿Y Nadia? —suelto finalmente.
—Nadia... —Dante suspira al otro lado de la línea—. Thiago, ahora que estoy con Iris, empiezo a entenderlo todo. Creo que solo quería a Nadia para quitártela. Ella era el trofeo, la forma de demostrar que yo era el hermano más fuerte. Fue una obsesión alimentada por nuestra rivalidad, no amor real.
Al principio no respondo bien. La rabia sube por mi cuello como un veneno. ¿Todo el dolor que pasamos, el destierro, el barro en aquel camino... todo fue por un estúpido juego de egos?
—¿Me estás diciendo que destruiste nuestras vidas solo por un capricho competitivo? —mascullo con los dientes apretados.
—No fue un capricho, pero para ser sincero no creo que haya sido amor ...—responde Dante con calma, intentando que lo entienda—. Solo te pido que lo pienses. No quiero que sigamos así. Ella está haciendo su vida en Los Ángeles y nosotros... nosotros deberíamos volver a ser hermanos.
Cuelgo la llamada minutos después, sintiéndome vacío. Lys me observa, esperando una explicación, pero yo solo puedo pensar en que el muro de odio que construí contra mi hermano acaba de desmoronarse, dejando a la vista una verdad mucho más dolorosa: que el único que quizás amó a Nadia de verdad, sin juegos de poder, fui yo. Y ahora, ella está a tres mil kilómetros de distancia.
El silencio que sigue a la llamada de Dante es eléctrico. Lys no se ha movido; permanece de pie, con los brazos cruzados, observando cada una de mis reacciones con una intensidad que me asfixia. Siento que el aire en el ático se ha vuelto demasiado delgado.
—¿Y bien? —pregunta ella, rompiendo el silencio con una voz que intenta ser suave, pero que delata su impaciencia—. ¿Cómo te sientes después de hablar con él?
Me paso una mano por la nuca, intentando procesar la confesión de mi hermano. La verdad es un peso bruto que no sé dónde colocar. Miro a Lys y, por primera vez, la honestidad me parece la única salida, aunque sepa que va a doler.
—Me siento... estafado, Lys —respondo, y mi voz suena extrañamente hueca—. Dante me acaba de confesar que todo el infierno que vivimos fue un error de cálculo. Me divorcié de la mujer que era mi mundo, perdí mi hogar y fui desterrado por culpa de un hombre que ahora me dice que ni siquiera está seguro de si ama a Nadia.
El rostro de Lys se transforma. La dulzura que tanto me había esforzado en ver en ella desaparece, sustituida por una mueca de incredulidad y rabia contenida.
—¿"Si ama a Nadia"? —repite ella, enfatizando el nombre con desprecio—. ¿Eso es lo único que has sacado de esa llamada, Thiago? Llevo meses aquí, a tu lado, intentando que construyas algo nuevo conmigo, ¿y tu única preocupación es que tu hermano ahora duda de sus sentimientos por tu exmujer?
—No es eso, Lys... es que todo fue una mentira —intento explicar, pero ella me corta con un gesto cortante.
—No, lo que pasa es que sigues viviendo por y para ella. No importa cuánto lo intente yo, siempre acabas volviendo al mismo punto. No voy a quedarme aquí a esperar a que decidas si todavía compites con tu hermano por el fantasma de Nadia Rossi.
Lys se enfada de una manera que nunca había visto. Recoge su bolso con un movimiento violento y camina hacia la puerta sin mirar atrás.
—¡Lys, espera! —exclamo, pero no hago el ademán de seguirla.
—No me busques, Thiago. No soy el segundo plato de ninguna guerra familiar.
El portazo retumba en todo el ático. Me quedo solo en medio del salón, con el eco de sus palabras y la confesión de Dante flotando en el aire. Por un lado, siento el aguijón de la culpa por haber herido a Lys, pero por otro... hay una extraña sensación de alivio. La faceta posesiva que mostró hoy ha terminado de romper el hechizo.
Me acerco al ventanal y miro hacia el horizonte. Dante tiene a Iris. Nadia está en Los Ángeles. Y yo... yo finalmente tengo la verdad. Pero la verdad, a veces, es la compañía más solitaria del mundo.




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