El despertar del verdugo

11 El nombre del vacío

Thiago

El aire en el despacho de Nueva York se siente pesado, cargado de una tensión que no ha disminuido desde aquella tarde en el ático. Lys entra, y aunque se mueve con su elegancia habitual, noto de inmediato su distanciamiento. Ya no hay esa calidez espontánea en su mirada; ahora hay una barrera invisible, un recordatorio silencioso de que mis dudas la hirieron.
No soporto el silencio gélido. Intento volver a acercarme, dejando los informes sobre la mesa y caminando hacia ella. Necesito convencerme de que esto funciona, de que ella es el presente y de que el pasado no tiene poder sobre mí.
—Lys… —murmuro, acortando la distancia.
Ella me mira un segundo y, de repente, rompe el espacio entre nosotros. Me besa con pasión, un beso urgente, casi posesivo, como si quisiera marcar su territorio y borrar cualquier rastro de duda de mi mente. Le devuelvo el beso, esforzándome por conectar, por sentir esa chispa que debería estar ahí. Pero no hay nada. Es un eco sordo. Mi cuerpo responde por instinto, pero mi mente es un espectador gélido.
La guío hacia el sofá de cuero de la oficina. Le hago el amor allí mismo, con una intensidad que ella confunde con deseo, pero que para mí es pura desesperación. Intento usar el contacto físico para silenciar los pensamientos, para expulsar las palabras del padre de Nadia y la voz de Dante de mi cabeza. Pero es inútil.
No consigo quitarme de la cabeza a Nadia.
Cada vez que cierro los ojos, no es el rostro de Lys el que veo. Es el de ella. Siento su aroma, el recuerdo de su piel, la forma en que su cuerpo encajaba con el mío con una perfección que ninguna otra mujer ha podido replicar. Mientras Lys gime, perdida en el momento y dejándose llevar, mi subconsciente me traiciona de la forma más cruel posible.
En el clímax de la entrega, cuando la razón se apaga y solo queda el impulso más primitivo, me inclino hacia su oído y suelto el nombre que me quema los labios desde hace meses.
—Nadia… —susurro, casi en un suspiro.
El tiempo se detiene. El movimiento se corta en seco. Siento cómo el cuerpo de Lys se tensa bajo el mío, volviéndose de piedra en un instante. El silencio que sigue es el más aterrador que he escuchado en mi vida. Acabo de cometer el error definitivo, y sé que, por mucho que intente explicarlo, he dejado claro que, aunque esté con ella, sigo siendo un prisionero de la mujer que perdí.
El nombre sale de mi boca antes de que mi cerebro pueda filtrarlo. Es un suspiro, una confesión involuntaria que queda flotando en el aire denso de la oficina. En el mismo instante en que lo digo, el mundo se detiene. El calor del momento se evapora, reemplazado por un frío ártico.
Siento cómo el cuerpo de Lys se tensa de forma violenta. Se aparta de mí con un movimiento brusco, mirándome con una mezcla de horror y puro odio. Se pone en pie, temblando, mientras intenta recomponerse, y yo me quedo sentado en el borde del sofá, con la culpabilidad pesándome como el plomo.
—¿Nadia? —su voz es un látigo que corta el silencio—. ¿Me has llamado Nadia?
Intento ponerme en pie, intento buscar una disculpa, una explicación que no existe, pero ella no me da tregua. La máscara de dulzura de Lys se termina de romper, y lo que emerge de su boca es un veneno que no esperaba.
—¡Estoy harta, Thiago! —me grita, y su rostro está deformado por la rabia—. ¡No entiendo cómo puedes seguir obsesionado con ella! ¿Cómo puedes recordar a esa puta que se acostó con los dos hermanos? ¡Pasó por vuestras camas como si nada!
El mundo se vuelve rojo.
Algo se quiebra dentro de mí. No es solo enfado; es una furia ciega, ancestral, una que no sentía desde mis peores días en Chicago. Me levanto con una lentitud letal, sintiendo cómo la sangre me ruge en los oídos. La presencia de la chica que tengo delante se desvanece; ya no veo a mi pareja, veo a alguien que acaba de escupir sobre lo único que todavía considero sagrado, a pesar de todo el dolor.
Doy un paso hacia ella y noto cómo retrocede, cómo el miedo empieza a nublar sus ojos al ver mi expresión.
—Vuelve a repetir eso —digo. Mi voz es un susurro bajo, cargado de una amenaza que hace vibrar las paredes del despacho—. Vuelve a llamarla así una sola vez más.
—¡Es la verdad! —chilla ella, aunque su voz tiembla—. ¡Te destruyó la vida y se fue con él!
—¡Cierra la boca! —rujo, y mi grito parece sacudir los cristales del edificio—. No tienes ni idea de quién es ella. No tienes derecho ni a pronunciar su nombre, y mucho menos a insultarla. Nadia Rossi es diez veces la mujer que tú serás en diez vidas.
Me acerco hasta que estoy a escasos centímetros de ella, obligándola a mirar el monstruo que acaba de despertar. La furia me quema por dentro; me hierve que alguien que no estuvo allí, que no sabe lo que es el sacrificio o la manipulación de Fausto, se atreva a juzgarla.
—Sal de aquí —le ordeno, con una frialdad que me asusta incluso a mí—. Sal de mi despacho y de mi vida. Ahora mismo.
—Thiago, yo... —intenta rectificar, dándose cuenta de que ha ido demasiado lejos.
—¡FUERA!
Ella recoge sus cosas a toda prisa y sale de la oficina casi corriendo. Me quedo solo, respirando con dificultad, con los puños tan apretados que las uñas se me clavan en las palmas.
La verdad me golpea con la fuerza de un mazo: me he pasado meses intentando convencerme de que podía amar a alguien como Lys, alguien "normal" y "buena". Pero en el momento en que ha tocado a Nadia, me he dado cuenta de que mi lealtad hacia mi exmujer, por muy rota que esté nuestra historia, es inquebrantable. He defendido su honor frente a la mujer que se suponía era mi presente, y eso me lo dice todo.
Sigo siendo suyo. Siempre he sido suyo. Y ninguna cantidad de kilómetros o de nombres nuevos en una novela va a cambiar que el verdugo solo tiene una reina.
Después de que Lys saliera huyendo de mi oficina, el silencio en el ático de Nueva York se volvió insoportable. Me serví un whisky doble, pero el alcohol no lograba apagar el fuego de la furia que todavía me recorría las venas. Estaba sentado en la oscuridad cuando mi teléfono comenzó a vibrar.
Era Izzy.
—¡Thiago! —Su voz llegó cargada de una energía y una alegría que me resultaban casi ajenas—. Acabo de aterrizar en Chicago. Tienes que saber que estas han sido las mejores vacaciones de mi vida. Nadia está increíble. Me ha enseñado todo Los Ángeles, me ha presentado a su gente... verla así, tan dueña de su vida, me ha dado mucha paz.
Escuchar el nombre de Nadia en ese tono, después del veneno que Lys había escupido horas antes, fue como recibir una bocanada de aire fresco en medio de un incendio. Me quedé en silencio, escuchando a mi hermana pequeña sonar, por fin, como una mujer joven y feliz.
—Me alegra mucho, Izzy. Te merecías ese tiempo con ella —respondí con la voz ronca.
—Te pasa algo, Thiago. Te conozco. ¿Qué ha pasado?
No pude ocultárselo. A Izzy ya no podía mentirle. Le conté, con frases cortas y amargas, el incidente en el despacho: la confusión del nombre, la reacción de Lys y, sobre todo, los insultos que lanzó contra Nadia.
Al otro lado de la línea, el tono de Izzy cambió de inmediato. La dulzura desapareció, reemplazada por una indignación feroz que me recordó por qué lleva el apellido Valdés.
—Has hecho bien en echarla, Thiago —sentenció con firmeza—. No puedes permitir, ni por un segundo, que nadie insulte a Nadia en tu presencia. Esa tipa no tiene ni idea de quién es ella. No sabe nada de las noches que Nadia pasó llorando, ni del miedo que sintió, ni de todo lo que sufrió por tu culpa. Nadie que no haya estado en ese infierno tiene derecho a juzgarla, y menos a llamarla así.
—Tienes razón —admití, cerrando los ojos con fuerza—. Tienes toda la razón del mundo. Me cegué intentando buscar una vida normal con alguien que no entiende de dónde vengo.
—Exacto. Y hablando de vidas nuevas... —Izzy hizo una pausa, recuperando parte de su entusiasmo—. Tengo otra noticia. Me independizo, Thiago. Dante me ha cedido el ático de Gold Coast. Necesito salir de la mansión, tener mis propias llaves y empezar de cero.
Me sorprendió la noticia, pero después de todo lo que había pasado hoy, sentí que era lo correcto. Izzy estaba rompiendo sus cadenas, igual que Nadia lo había hecho.
—Es un buen paso, pequeña. Dante me lo comentó... bueno, a su manera. Si eso es lo que necesitas para ser feliz, tienes todo mi apoyo.
Al colgar, me quedé mirando la ciudad a través del cristal. Izzy se mudaba, Dante estaba con Iris, y Nadia... Nadia estaba brillando en Los Ángeles, escribiendo su propia historia. Yo era el único que seguía atrapado en un despacho de Nueva York, defendiendo el honor de una mujer a la que ya no tenía derecho a tocar, pero a la que, ahora lo sabía con certeza, nunca dejaría de pertenecer.
Aún no he colgado el teléfono cuando escucho a Izzy tomar aire al otro lado de la línea. El tono de su voz cambia, volviéndose más bajo, más cargado de una confesión que lleva tiempo guardada.
—Thiago... hay algo más que necesito decirte —murmura, y noto su vacilación—. Perdóname. Sé que te dolió que yo apoyara a Dante para sacarte del trono. Sé que lo sentiste como una traición de tu propia hermana.
Me tenso, apretando el vaso de whisky. Ese movimiento fue el golpe final que me mandó al exilio en Nueva York.
—Lo hice porque necesitaba que entendieras la verdad —continúa ella, con una madurez que me desarma—. Necesitaba que vieras que Fausto era malvado, Thiago. Él nos usó a todos. Él fue quien envenenó cada rincón de nuestra familia. El trono le pertenece a Dante por derecho, por edad... y porque era la única forma de que tú te salvaras de convertirte en lo que Fausto quería.
Me quedo en silencio, dejando que sus palabras calen. Siempre vi a Dante como el usurpador, como el hermano que me robó lo que yo había construido con sangre.
—Dante nunca te odió, Thiago —añade Izzy con voz firme—. Él nunca hizo nada malo contra ti por voluntad propia. Fue Fausto quien, desde que murieron nuestros padres, se encargó de envenenarnos a todos en su contra. Creó esa imagen de "Dante el inútil" o "Dante el peligroso" para que tú lo despreciaras y para conseguir que lo echaran de la familia. Fausto quería el control total a través de ti, convirtiéndote en un dictador sin alma.
Cierro los ojos, y por primera vez, el rompecabezas de mi vida encaja con una crueldad absoluta. Fausto no me eligió por amor, me eligió porque yo era el arma perfecta para destruir a su verdadero rival: el primogénito, Dante. Nos lanzó el uno contra el otro mientras él disfrutaba del espectáculo desde las sombras.
—Si Dante no hubiera recuperado el poder, Fausto nos habría terminado de destruir a los tres —concluye Izzy—. Tuve que elegir entre tu orgullo y nuestra supervivencia. Por eso le ayudé.
—Lo entiendo, Izzy —respondo finalmente, y siento cómo una parte del rencor que me carcomía se disuelve en el alcohol—. Todo este tiempo he estado peleando una guerra contra un hermano que solo intentaba recuperar su lugar, mientras defendía el legado de un tío que nos quería muertos o esclavizados.
—Me alegra que lo veas ahora. No dejes que el pasado te siga dictando el futuro, Thiago.
Al colgar, me quedo mirando el vacío. La traición de Izzy ya no quema; ahora es una lección. Fausto nos robó los mejores años de nuestra hermandad, nos robó a Nadia y nos robó la paz. Pero mientras miro las luces de Manhattan, me doy cuenta de que, aunque haya perdido el trono, por primera vez soy dueño de mi propio juicio. Y eso, quizás, es la única victoria que me queda.




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