Dante
La casa se siente extrañamente silenciosa sin Iris. Se ha ido a cenar con unas amigas y, aunque me alegra que empiece a recuperar su vida social, el vacío que deja en estas habitaciones es notable. Intento concentrarme en unos informes, pero la mente me divaga hacia la paz que finalmente he encontrado.
Busco algo con lo que distraerme y me acerco a la estantería del salón. Hay un ejemplar que Iris compró el otro día; me dijo que era el best-seller del momento, algo de lo que todo el mundo hablaba en el centro. Lo cojo, me sirvo un whisky y me acomodo en el sofá.
Abro la primera página con curiosidad ociosa.
Al principio, solo me parece una narrativa elegante, pero al llegar al tercer capítulo, el pulso se me acelera. Siento un escalofrío que me recorre la columna vertebral. Los nombres son distintos, las ciudades no coinciden, pero los diálogos... las situaciones...
Conforme pasan las páginas, me quedo de piedra.
Esa descripción de la mansión asfixiante, la forma en que el protagonista, "Julian", intenta proteger a la mujer que ama de la sombra de un tío manipulador... Soy yo. Ese es mi dilema, ese es el peso que cargué durante años. Y luego aparece "Roman", el hermano desterrado, el competidor, el hombre que amaba a la misma mujer desde la rabia y el fuego.
—No puede ser... —susurro, apretando el libro con tanta fuerza que las páginas se curvan.
No es solo una novela. Es nuestra historia. Es el triángulo de dolor que vivimos con Nadia. Quien ha escrito esto conoce los detalles que solo nosotros tres vivimos: la angustia de las cenas en silencio bajo la mirada de Fausto, la traición en el barro, el sacrificio de un matrimonio que nunca debió existir.
Sigo leyendo, incapaz de cerrar el libro, con el corazón golpeándome contra las costillas. La perspectiva de la protagonista es tan desgarradora, tan lúcida... describe a "Julian" con una piedad que me hace saltar las lágrimas. Me ve como el hombre que quiso ser bueno pero no supo cómo, y a "Roman" como el verdugo que amaba demasiado tarde.
Nadia. Solo ella pudo haber escrito esto. Solo ella tiene esa sensibilidad para convertir nuestra miseria en algo tan jodidamente hermoso y cruel a la vez.
Cierro el libro de golpe, respirando con dificultad. Un sentimiento de vulnerabilidad absoluta me invade. Mi vida está ahí fuera, expuesta en las mesitas de noche de miles de desconocidos. Pero lo que más me inquieta no es el éxito del libro, sino lo que pasará cuando mi hermano lo lea. Porque si yo me he reconocido en la página diez, Thiago, que vive obsesionado con el pasado, se volverá loco al leer la versión de Nadia.
Miro el teléfono sobre la mesa. Siento la tentación de llamar a Nadia a Los Ángeles, de gritarle o de darle las gracias, no lo sé. Pero me doy cuenta de que este libro es su despedida. Ella ha soltado el lastre. Ahora, las cenizas nos pertenecen a nosotros.
No puedo evitarlo. La adrenalina y el impacto de lo que acabo de leer me queman las manos. Necesito escuchar su voz, necesito confirmar que lo que he leído es su verdad. Busco mi teléfono y, tras un par de tonos que parecen eternos, ella responde.
—¿Dante? —La voz de Nadia suena clara, tranquila, con ese eco de libertad que solo ha conseguido en Los Ángeles.
—Lo he leído, Nadia. El libro... lo tengo aquí, en mis manos.
Hablamos durante un buen rato. Al principio es tenso, pero luego la conversación fluye hacia una honestidad que nunca tuvimos en Chicago. Ella me confiesa que escribirlo fue su forma de soltar el fantasma de los Valdés, que no lo hizo por venganza, sino por supervivencia. Yo le doy las gracias por la piedad con la que trató a mi personaje, y por un momento, volvemos a ser aquellos dos aliados que intentaban sobrevivir a la sombra de Fausto.
—Cuídate, Dante. Cuida mucho a Iris —dice ella antes de colgar con una suavidad que me deja el corazón en paz.
Al bajar el teléfono y exhalar el aire que tenía retenido, me doy cuenta de que no estoy solo. Iris está ahí, de pie junto a la entrada del salón. Su bolso todavía está en su mano y su rostro, normalmente lleno de luz, está contraído en una mueca de dolor y sospecha.
—¿"Cuídate, Dante"? ¿"Nadia"? —Su voz tiembla, no de tristeza, sino de esa chispa de celos que surge cuando alguien se siente excluido de una parte de la vida de su pareja—. ¿Estabas hablando con ella? ¿De qué libro habláis? ¿Y por qué sonabas como si ella fuera la única persona que te entiende en este mundo?
Me quedo paralizado. He estado tan absorto en el pasado de papel que Nadia ha escrito, que he olvidado que mi presente está aquí, mirándome con miedo a ser otra vez la segunda opción en una guerra que ella no empezó.
Cierro el libro de golpe y lo dejo boca abajo sobre la mesa, ocultando la portada. La mirada de Iris es un dardo directo a mi conciencia. Sé lo que está pensando: que he vuelto a caer en la órbita de Nadia, que ella es una amenaza para nosotros.
—Iris, no es lo que parece —digo, levantándome del sofá para intentar acercarme a ella.
—¿Ah, no? Estabas hablando con ella con una intensidad que nunca te he visto, Dante. ¿Qué es eso tan importante que te hace llamar a la mujer de tu hermano a estas horas? Porque eso es lo que fue, ¿no? La mujer de Thiago.
Me muerdo la lengua. No puedo decirle lo del libro. Nadia me ha pedido anonimato, y después de todo lo que ha pasado, lo último que voy a hacer es traicionar su confianza y exponer su secreto, ni siquiera ante Iris. Ella necesita que esa parte de su vida sea solo suya.
—Era un asunto personal que ella necesitaba cerrar, nada más —respondo, intentando que mi voz suene lo más neutra posible—. Nadia siempre formará parte de mi vida, Iris. Fue mi pareja, la mujer que estuvo a mi lado cuando todo se desmoronaba. No puedo borrar esos años ni el hecho de que fuimos aliados en una guerra que casi nos mata. Pero quiero que me escuches: ella ya está en el pasado.
Doy un paso más y le tomo las manos, pero noto que las suyas están frías y rígidas.
—El pasado tiene una forma muy extraña de seguir presente en esta casa —replica ella, retirando sus manos con suavidad pero con firmeza—. Hablas de ella como si vuestro vínculo fuera algo que yo nunca podré entender.
—Es un vínculo de supervivencia, de lo que vivimos bajo el mando de Fausto —insisto—. Lo que tengo contigo es lo que siempre busqué: paz. Con ella todo era fuego y conflicto.
Iris me mira durante un largo silencio. Sus ojos recorren mi rostro buscando una mentira, una grieta. Aunque mi confesión es honesta, veo que no está muy convencida. Los celos de Iris no nacen de la falta de amor, sino de la sombra gigantesca que Nadia Rossi proyecta sobre los hermanos Valdés; fue el gran amor de uno y la esposa del otro.
—Eso espero, Dante —dice finalmente, dándose la vuelta para subir las escaleras—. Porque no voy a quedarme a ver cómo reconstruyes un altar para una mujer que decidió marcharse.
Me quedo solo en el salón, con el libro de Nadia sobre la mesa. He defendido mi presente, pero la llamada ha dejado un rastro de duda. El pasado de Nadia no solo está escrito en papel; ahora está escrito en las grietas de mi relación con la mujer que amo.
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Editado: 18.04.2026