Thiago
El ático en Nueva York se siente como una jaula de cristal y oro. Desde que eché a Lys, el silencio se ha vuelto denso, casi sólido. Estoy sirviéndome el tercer whisky de la tarde cuando el portero anuncia que ha llegado un paquete para mí.
Es de Izzy.
Al abrirlo, me encuentro con un libro. No hay nota, ni tarjeta, solo una portada sencilla que muestra un puente resquebrajado. Me extraña; Izzy sabe que no suelo perder el tiempo con novelas de ficción, pero si ella se ha molestado en enviarlo desde Chicago, debe haber una razón. Me acomodo en el sofá de cuero, con la ciudad de fondo empezando a encender sus luces, y abro la primera página.
Al principio, leo con desapego profesional. Pero entonces, mi cuerpo comienza a reaccionar.
Siento una presión súbita en el pecho, un nudo que se aprieta en mi garganta. Las palabras impresas empiezan a transformarse en imágenes, en olores, en ecos de una vida que intenté enterrar bajo capas de frialdad. El autor utiliza un pseudónimo, pero la forma en que describe el frío de una mirada, el peso de una mano sobre un hombro y el miedo que se siente al amar a un hombre que es, a la vez, tu refugio y tu prisión... es demasiado específico.
—No puede ser —susurro, y noto que mi mano derecha, la que sostiene el libro, empieza a temblar levemente.
Llego al capítulo donde la protagonista describe su noche de bodas con "Roman". Mi respiración se vuelve errática. Ella habla de la oscuridad en los ojos de él, de cómo el deber y el deseo se mezclaban en un abrazo que sabía a despedida antes de empezar. Describe a Roman como un hombre que "tenía el corazón hecho de cicatrices y la lengua afilada por la traición".
Es ella. Es Nadia.
Cada frase me golpea como un puñetazo en el estómago. Mi cuerpo reacciona a cada descripción de su piel, de sus silencios, de sus lágrimas contenidas. Puedo sentir su rastro en cada adjetivo. Ella ha desnudado mi alma ante el mundo, ha expuesto mis pecados, mi violencia contenida y mi incapacidad para salvarla de mí mismo.
Me levanto del sofá, incapaz de seguir sentado, pero no puedo dejar de leer. Camino por el salón con el libro pegado a los ojos, devorando mi propia condena. Ella me ha llamado "verdugo" en estas páginas, pero también ha escrito sobre la forma en que la miraba cuando creía que no me veía. Ha retratado nuestro matrimonio no como un trámite de poder, sino como una tragedia griega donde el amor era el arma del crimen.
El whisky se queda olvidado en la mesa. Siento un calor sofocante subirme por el cuello. Es una mezcla de rabia, humillación y una nostalgia tan violenta que me marea. Ella está en Los Ángeles, lejos, libre... y sin embargo, me ha metido en una habitación de hotel con ella a través de estas palabras. Me tiene atrapado de nuevo.
Cierro el libro de golpe al llegar a la mitad. Mi pulso está desbocado. Ahora entiendo por qué Izzy me lo envió. Quería que viera el daño. Quería que escuchara el grito que Nadia nunca se atrevió a dar mientras estaba conmigo.
Miro el libro como si fuera una granada a punto de explotar. Nadia Rossi ha ganado. Se ha ido, pero ha dejado su voz grabada en mi mente para siempre. Y lo peor es que, después de leer cómo me describe, me doy cuenta de que la amo más que el día en que la vi marchar.
Cierro el libro con un golpe seco, pero las palabras de Nadia siguen grabadas a fuego en mi mente. Necesito hablar con alguien que no me mire como a un monstruo, alguien que entienda el peso de lo que acabo de leer. Marco el número de Izzy.
—Lo he leído —digo, sin preámbulos, en cuanto me responde.
Pasamos un buen rato desgranando el libro. Izzy no me juzga, pero tampoco me ahorra la verdad; me hace ver cómo cada capítulo es un reflejo de la asfixia que Nadia sintió. Al final de la charla, noto que su tono cambia, volviéndose más animado.
—Thiago, voy a celebrar mi primera fiesta de cumpleaños desde que me independicé. Quiero que estés aquí. Es mi casa, mi nueva vida, y quiero que mis hermanos formen parte de ella.
—Sabes que no es tan fácil, Izzy —respondo con amargura—. Soy un paria en Chicago. El pacto con Dante era claro: mi exilio en Nueva York es el precio de la paz.
—Pídeselo, Thiago. Llama a Dante. Ha pasado tiempo y las cosas han cambiado.
Al colgar, me quedo mirando el teléfono. La idea de volver a la ciudad que me vio caer me revuelve el estómago, pero la necesidad de estar cerca de mi familia —y quizás de encontrar una pista sobre cómo llegar a la mujer que escribió ese libro— es más fuerte que mi orgullo.
Llamo a Dante. La conversación es tensa, cargada de los fantasías de nuestra guerra pasada.
—Izzy quiere que vaya a su cumpleaños —le digo directamente—. No quiero problemas, solo quiero estar allí para mi hermana. ¿Puede el "prófugo" entrar en Chicago por una noche?
Hay un silencio eterno al otro lado de la línea. Puedo oír la respiración pesada de mi hermano, calculando el riesgo, sopesando si mi presencia reabrirá viejas heridas.
—Está bien, Thiago —responde finalmente con voz gélida—. Tienes mi permiso. Puedes entrar en la ciudad para la fiesta de Izzy, pero recuerda las reglas: vienes, celebras y te largas. No quiero ver tu sombra cerca de mis negocios ni de mi casa.
—Trato hecho.
Cuelgo y siento una descarga de adrenalina. Voy a volver a Chicago. El exilio se interrumpe por una noche, y mientras preparo mi equipaje, no puedo dejar de pensar que, si Izzy tiene ese libro, es porque Nadia todavía quiere que sepamos qué fue de ella. El verdugo regresa a casa, y esta vez, el arma que lleva no es de acero, sino de papel.
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Editado: 18.04.2026