El despertar del verdugo

15 El epicentro del sismo

Nadia

El aire de Chicago tiene un sabor distinto al de Los Ángeles; es más denso, más cargado de recuerdos. He decidido darle una sorpresa a Izzy por su cumpleaños. Después de nuestra última charla, sentí que le debía estar presente en su nueva etapa. Ella ha sido mi único vínculo real con la cordura durante años.
Subo al nuevo apartamento de Gold Coast y, cuando llamo a la puerta, es la propia Izzy quien abre. Su grito de alegría seguramente se ha escuchado en toda la planta.
—¡No puede ser! ¡Nadia! —Me envuelve en un abrazo frenético mientras me hace pasar.
Dentro, el apartamento está en pleno caos preparativo. Globos, catering a medio montar y, en el centro de todo, una mujer rubia y elegante que se detiene en seco al verme. Es Iris. La reconozco de las fotos, pero verla en persona es diferente.
Izzy nos presenta con entusiasmo, pero noto la rigidez inmediata en la postura de Iris. Ella me escanea de arriba abajo, y su mirada se detiene en mi vestido de punto color canela, que se ajusta a mi figura sin pedir permiso. Hay una tensión eléctrica en el aire.
—Así que tú eres la famosa Nadia —dice Iris, con una sonrisa que no llega a sus ojos—. Dante siempre decía que eras... inolvidable. Pero ahora entiendo a qué se refería. Con esas curvas y esa forma de entrar en una habitación, debe ser difícil para cualquier hombre concentrarse en otra cosa que no sea el pasado.
El comentario cae como una piedra en un estanque. Es un dardo envenenado, cargado de una inseguridad que me resulta tristemente familiar. Antes de que pueda responder con la diplomacia que he aprendido en California, la puerta del pasillo se abre.
Dante aparece en escena.
Se queda helado, como si acabara de ver un fantasma en mitad del salón. Su mirada recorre mi rostro, buscando confirmación de que soy real y no un truco de su memoria. El silencio se vuelve sepulcral. Iris lo observa a él, esperando una reacción, buscando una señal de traición.
Rompo el hielo yo misma. Camino hacia él con una sonrisa suave, sintiendo que el rencor ha sido reemplazado por un cariño fraternal y desgastado por la guerra.
—Hola, Dante —murmuro.
Lo rodeo con mis brazos en un abrazo espontáneo. Siento su cuerpo tenso durante un milisegundo, pero luego, exhala un suspiro largo y me devuelve el abrazo con fuerza, hundiendo el rostro en mi hombro por un instante. Es el abrazo de dos supervivientes que se reconocen entre los escombros.
—Has vuelto —susurra él contra mi oído, antes de separarse.
Miro de reojo a Iris. Su rostro es una máscara de celos mal disimulados. Ella ve afecto donde yo solo siento cierre, y ve peligro donde yo solo veo paz.
Dante me suelta lentamente, pero no se aleja. Se queda a una distancia corta, la suficiente para que el perfume de su presente —Iris— se mezcle con el aire que compartimos. Sus ojos me recorren con una mezcla de orgullo y una nostalgia que me hace sentir un poco de vértigo.
—¿Cómo estás, Nadia? De verdad —pregunta él, ignorando por un segundo el resto de la habitación.
Le cuento todo. Le hablo de mi puesto como directora, de la libertad de caminar por Santa Mónica sin mirar por encima del hombro, de cómo Los Ángeles me ha devuelto la voz que Chicago me robó. Le hablo de mi vida como una mujer dueña de su tiempo, y mientras lo hago, noto que él me escucha con una fascinación casi hipnótica.
—Te ves diferente —comenta él con una sonrisa sincera—. Has cogido un tono canela en la piel por el sol de California que te sienta increíble. Estás... estás preciosa, Nadia.
Le sonrío, agradecida. Es el cumplido de alguien que se alegra de ver que la flor que ayudó a marchitar finalmente ha florecido en otro jardín. Pero la burbuja en la que estamos se rompe con un sonido seco y cortante.
Iris carraspea.
El sonido es una advertencia clara, una frontera marcada con cal en el suelo del salón. Dante se tensa y, casi por instinto, da un paso hacia ella para pasarle un brazo por los hombros en un gesto de propiedad y consuelo. Sin embargo, noto que lo hace mecánicamente. Sus pies se mueven hacia Iris para calmar las aguas, pero su cuerpo y su mirada parecen no tener ningunas ganas de separarse de mi lado.
Se queda en esa posición incómoda: anclado a Iris por deber, pero con el torso aún girado hacia mí, como si temiera que si deja de mirarme, volveré a desaparecer.
—Dante, cariño —dice Iris con una voz que intenta sonar dulce pero destila veneno—, creo que los invitados empezarán a llegar pronto y todavía no hemos revisado las bebidas. Estoy segura de que Nadia tiene mucho que hacer... o alguien a quien llamar en Los Ángeles.
—No hay prisa, Iris —responde él, y su tono es más firme de lo que ella esperaba—. Hacía mucho tiempo que no hablábamos así.
La tensión en la habitación es tan palpable que casi se puede cortar. Izzy nos mira desde la cocina con los ojos como platos, alternando la vista entre el triángulo amoroso más peligroso de Chicago. Yo me mantengo tranquila; ya no soy la chica que buscaba aprobación.
—No te preocupes, Iris. He venido a celebrar el cumpleaños de Izzy, no a robarle el tiempo a nadie —digo con una serenidad que sé que la irrita aún más.
Justo en ese momento, el timbre vuelve a sonar. Izzy corre a abrir, y un presentimiento me recorre la espalda. La temperatura del salón parece bajar diez grados de golpe. Sé quién está al otro lado de esa puerta. El verdugo ha llegado a la ciudad, y este reencuentro está a punto de dejar de ser una charla civilizada para convertirse en un incendio.
La puerta se abre y el aire del salón se congela. Thiago Valdés cruza el umbral con la seguridad de quien sabe que, aunque esté exiliado, sigue siendo el dueño de cualquier espacio que pise. Viste de negro, con una elegancia letal que parece absorber toda la luz de la estancia.
Izzy corre a sus brazos con un grito de alegría, rompiendo por un segundo la estática del ambiente. Thiago la abraza, pero por encima del hombro de su hermana, sus ojos —esos pozos de obsidiana que tantas veces me quitaron el sueño— barren la habitación hasta dar conmigo.
Noto a mi lado cómo Dante se tensa al extremo, su mandíbula apretada y el brazo que rodea a Iris volviéndose rígido. Iris, por su parte, se queda asombrada, con la boca entreabierta; la belleza oscura y peligrosa de Thiago es algo que ninguna foto puede capturar, y su presencia física es un impacto que la deja sin palabras.
Pero a Thiago no le importa el asombro de la rubia ni la hostilidad de su hermano. Él solo tiene ojos para mí.
Saluda a Izzy con una caricia en el pelo, asiente hacia Dante con una frialdad profesional y le dedica un saludo cortante a Iris. Sin embargo, no se detiene. Camina directamente hacia mi posición, ignorando la frontera invisible que Dante ha intentado levantar. Se detiene a escasos centímetros de mí, rompiendo mi espacio personal, devolviéndome ese aroma a whisky caro y tormenta que siempre lo acompañaba.
Se inclina hacia mi rostro. Siento su calor, la vibración de su cuerpo cerca del mío, y mi corazón, que creía haber domesticado en California, da un vuelco violento. Él no me abraza, no me toca. Simplemente se pega a mi oreja y, con una voz tan baja que solo yo puedo escuchar, me susurra al oído el título de mi libro.
Me quedo de piedra.
El mundo exterior desaparece. Las voces de Izzy, la mirada celosa de Iris y la postura defensiva de Dante se desvanecen en un fondo borroso. Thiago ha leído mi verdad. Ha leído mis miedos, mis secretos y la forma en que lo describí como el hombre que me rompió en mil pedazos.
—Lo sé todo, Nadia —dice, retirándose apenas unos milímetros para mirarme directamente a los ojos. Hay una chispa de triunfo y de dolor en su mirada que me hace temblar—. Has escrito una obra maestra... pero te olvidaste de que el verdugo siempre reconoce su propia hacha.
Me quedo sin aliento, con la espalda pegada a la pared invisible de mi pasado. Pensé que el anonimato me protegía, pero Thiago Valdés acaba de recordarme que no hay lugar en el mundo donde pueda esconderme de él. El libro que debía ser mi liberación se ha convertido, en sus manos, en el mapa que lo ha traído de vuelta a mí.




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