Thiago
Nadia se queda pálida tras mi susurro y, buscando una salida de emergencia a la tensión que ha invadido el salón, se disculpa diciendo que va a una de las habitaciones a terminar de arreglarse para la fiesta. Veo cómo sus caderas se balancean con una seguridad nueva mientras se aleja, pero bajo esa superficie, sé que la he sacudido.
Espero unos minutos, ignorando la mirada inquisidora de Dante y la curiosidad de la tal Iris. Me deslizo por el pasillo y entro en la habitación justo antes de que ella cierre la puerta.
Nadia se da la vuelta, con los ojos muy abiertos, atrapada entre la cama y mi presencia.
—¿Por qué lo has escrito, Nadia? —le pregunto, acortando la distancia hasta que solo nos separa un paso—. ¿Por qué desnudar nuestra vida para que el mundo la devore?
Ella titubea. Veo el conflicto en su garganta, la duda de si seguir huyendo o enfrentarme. Finalmente, levanta la barbilla, recuperando ese fuego que tanto me gusta.
—Necesitaba sacarte de mi sistema, Thiago —responde con la voz firme pero cargada de una emoción contenida—. Escribirlo fue la única forma de no volverme loca. Fue mi forma de decir adiós.
Doy un paso más. El aire entre nosotros quema.
—¿Hay alguien? —La pregunta sale de mis labios cargada de un veneno que no puedo ocultar. La idea de otro hombre tocando lo que yo perdí me revuelve las entrañas.
—He empezado a conocer a alguien... se llama Elias —dice ella, y de repente, su expresión se suaviza. Hay un brillo de cariño en sus ojos cuando pronuncia ese nombre, una ternura que me golpea más fuerte que cualquier insulto—. Es un hombre bueno, Thiago. Es... luz. Todo lo contrario a lo que tú representas.
Sentir que habla de otro con ese afecto me hace perder la poca cordura que me queda. Una risa seca y amarga escapa de mi garganta.
—Elias... —repito, saboreando el nombre como si fuera ceniza—. Puedes cenar con él, puedes hablar de él con ese tono dulce y vivir en otra costa. Pero no te engañes. Todavía eres de mi propiedad. Tu historia, tu dolor y la marca que dejé en ti no se borran por mucho "cariño" que le tengas a un desconocido.
Ella retrocede un centímetro, chocando con el borde de la cómoda, pero no baja la mirada.
—Yo no pertenezco a nadie, Thiago —me sisea, tratando de recuperar el control—. Ya no soy esa niña asustada que controlabas en la mansión. He aprendido a ser de mí misma.
Me inclino hacia ella, invadiendo su espacio hasta que puedo sentir el calor que desprende su piel. Mis ojos bajan a su cuello, donde su pulso late desbocado a pesar de sus palabras.
—¿Ah, sí? —le pregunto con una voz que es pura amenaza y puro deseo—. Entonces, ¿por qué no dejamos de hablar? Porque estoy seguro de que, si me acerco un poco más, no notaré cómo tiemblas por mí. Tú y yo estamos hechos de la misma oscuridad, y tu cuerpo lo sabe mejor que nadie.
El silencio en la habitación se vuelve denso, cargado de una electricidad que solo nosotros dos somos capaces de generar. Ella intenta sostener la mirada, pero el nombre de Elias ya no es el escudo que era hace un momento.
—¿Y qué hay de Lys? —me pregunta de repente, con un rastro de amargura en la voz—. ¿Ella también es de tu propiedad? ¿O simplemente la usaste para llenar el hueco que dejé yo?
Suelto un suspiro pesado y me alejo apenas unos centímetros, lo justo para que pueda respirar, pero sin dejar de cercarla.
—Lys está fuera de mi vida —respondo con una frialdad absoluta—. La eché. En el momento en que intentó ocupar un lugar que no le pertenecía, en el momento en que pronuncié tu nombre estando con ella... entendí que era una farsa. No significó nada, Nadia. Solo fue ruido para intentar no escuchar tu ausencia.
Ella abre la boca para replicar, pero la interrumpo. Necesito que entienda el vacío que ha sido mi vida estos meses.
—Llevo demasiado tiempo sin ti —confieso, y mi voz suena más rota de lo que me gustaría admitir—. He pasado cada noche en ese ático maldito dándome cuenta de que nunca debería haberte dejado ir. Fui un estúpido al creer que el poder o el control compensarían tu pérdida.
Nadia sacude la cabeza, y una lágrima solitaria amenaza con asomar en sus ojos.
—No... no me hagas esto, Thiago —suplica en un susurro—. No vuelvas ahora que he conseguido estar en paz, ahora que tengo a alguien que me trata con dulzura. No rompas todo otra vez con tus palabras.
Me duele verla así, pero la honestidad es lo único que nos queda después de tanto veneno. Me acerco de nuevo, esta vez sin agresividad, dejando que sea ella quien decida si retroceder.
—Sabes perfectamente que sientes lo mismo —le digo, bajando el tono—. Puedes esconderte tras otro hombre o tras tu libro, pero la conexión que tenemos no se ha ido. El hilo sigue ahí, tensándose entre nosotros.
Veo cómo sus labios tiemblan. Está a punto de romperse, y una parte de mí quiere aprovechar ese momento para reclamarla de nuevo. Pero he aprendido algo en mi soledad.
—No voy a presionar nada, Nadia —añado, dando un paso atrás por fin—. No hoy. Solo quería que supieras que el verdugo ha soltado el hacha, pero que el hombre que te ama sigue aquí, esperando.
Ella se queda inmóvil, procesando mis palabras mientras yo me doy la vuelta para salir de la habitación. He sembrado la duda, y en el corazón de Nadia Rossi, la duda siempre ha sido el principio del incendio.
Al salir al pasillo, me encuentro con la mirada de Dante, que nos observa desde el final del corredor. La guerra en Chicago ha terminado, pero la guerra por Nadia acaba de empezar.
El aire en el pasillo del ático de Izzy está viciado, cargado con el rastro del perfume de Nadia y el eco de su rechazo. Verla marcharse, ver cómo se resistía a mis palabras cuando cada fibra de mi ser gritaba por reclamarla, me ha dejado una rabia sorda en el pecho.
Pero esa rabia se congela cuando veo una sombra separarse de la pared, cerca de la iluminación tenue de las escaleras. Es Dante.
Mi hermano mayor, el nuevo Rey de Chicago, me observa con esa impasibilidad gélida que lo caracteriza. Ha visto todo. Ha escuchado cómo el "Verdugo" se humillaba confesando que seguía encadenado a una mujer que ya no es suya.
—Ella tiene razón, Thiago —suelta Dante, su voz es un murmullo profundo que corta como un bisturí—. La culpa no se borra con confesiones a medianoche.
Me acerco a él, invadiendo su espacio, con los puños cerrados. La herida del pasado supura de repente.
—¿Y tú qué vas a saber de lo que ella necesita? —le escupo, clavando mis ojos en los suyos—. Te aprovechas de mi ausencia para metértela en la cama, me la arrebatas cuando más vulnerable estaba... y ahora vienes a darme lecciones de moral. Tú la tocaste, Dante. Tú rompiste el código.
Dante no parpadea. Ni siquiera se inmuta ante mi acusación. Se limita a dar un paso al frente, obligándome a sostener su mirada de hierro.
—Yo no te quité nada, hermano. Tú la perdiste en aquel callejón mucho antes de que yo pusiera un pie en su vida —dice con una calma exasperante—. Lo que hubo entre Nadia y yo fue una transacción de soledades. Pero si crees que voy a pedirte perdón por ver lo que tú estabas demasiado ciego para valorar, estás muy equivocado.
Me quedo en silencio, con la mandíbula apretada. El odio que debería sentir por él se mezcla con una verdad que me quema por dentro. Por primera vez en años, la máscara de "El Verdugo" cae frente a la única persona que comparte mi sangre y mis pecados.
—Dante —confieso de repente, y mi voz suena rota, despojada de toda soberbia—. He tenido a Lys, pero no siento nada. Es como follar con un fantasma.
Dante me observa con una sombra de algo parecido a la empatía en sus ojos oscuros.
—Nadia es una droga diferente, Thiago. No es una mujer de nuestro mundo, y eso es lo que te enganchó.
—No es solo eso —paso una mano por mi rostro, sintiendo el cansancio de mil batallas—. Nunca más he vuelto a sentir lo que sentía con ella. Esa mezcla de paz y caos... Solo ella lograba que el ruido de los disparos se apagara en mi cabeza.
Miro a mi hermano, reconociendo por primera vez que el trono de Chicago es una carga que ambos llevamos de formas distintas.
—Quiero volver a casarme con ella, Dante —suelto, y la confesión pesa más que el plomo—. No por un contrato, no por callar a Fausto, ni por estrategia. Quiero que sea mi mujer de verdad. Aunque tenga que quemar Los Ángeles y Chicago para que me perdone.
Dante guarda silencio durante un largo minuto. Luego, pone una mano pesada sobre mi hombro, un gesto de cercanía que no recordaba desde que éramos niños en Cuba.
—Entonces deja de rugirle como a una presa y empieza a ganártela como a una reina —aconseja Dante antes de darse la vuelta—. Pero ten cuidado, Thiago. Nadia ya no es el ratoncito de biblioteca que conociste. Ahora tiene colmillos, y si fallas esta vez, no habrá exilio en Nueva York que te salve de lo que ella te hará sentir.
Me quedo solo en el pasillo, viendo a Dante alejarse. El Rey ha hablado, pero el Verdugo ya ha tomado una decisión. Nadia Rossi volverá a llevar mi anillo, aunque sea lo último que haga en esta vida.
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Editado: 18.04.2026