El despertar del verdugo

17 Reina en el exilio

Nadia

El aire frío de Chicago me golpea el rostro, y por primera vez en toda la noche, siento que puedo respirar. El ático de Izzy está a rebosar; el murmullo de las risas falsas y el peso de las miradas empezaban a asfixiarme. Apoyo las manos en la barandilla de piedra, mirando las luces de la ciudad.
Escucho el roce de una seda costosa. Es Iris.
Se coloca a unos metros de mí. Es una mujer imponente, con la presencia pulcra de quien sabe moverse en el trono de Chicago. Me observa con una mezcla de admiración y una inseguridad que no logra ocultar. Sé lo que piensa; sé lo que todos en esta familia dicen de mí.
—No soy así, Nadia —dice de repente, sin mirarme—. No soy la mujer mezquina que conociste. Tenía celos. Y para serte sincera, todavía los tengo.
Me giro un poco hacia ella, soltando una pequeña risa amarga que la descoloca.
—¿Celos, Iris? ¿De qué? —le pregunto, y mi voz suena cansada.
—Dante estuvo enamorado de ti —continúa ella, bajando la vista—. A veces temo que lo siga estando. Que yo solo sea el premio de consolación porque la mujer más bella que ha pasado por esta familia decidió marcharse.
Niego con la cabeza, restándole importancia con un gesto de la mano. Para mí, esa "belleza" de la que los Valdés hablan como si fuera un trofeo no es más que el origen de todas mis desgracias.
—Esa belleza de la que hablas no me ha servido de nada, Iris —le digo con frialdad—. Solo sirvió para que Thiago pusiera sus ojos en mí y me convirtiera en su presa. Solo sirvió para que mi vida se desmoronara. Créeme, cambiaría cualquier cumplido de los Valdés por un poco de la paz que tú tienes ahora.
Me acerco un paso a ella, buscando que entienda mi punto de vista.
—Tú tienes algo que yo nunca quise: el respeto de Dante y un lugar real a su lado. Dante no te tiene ahí porque yo me fuera; te tiene porque eres la única capaz de manejar el peso de su corona sin quebrarte. Yo solo soy un recuerdo que él asocia con el caos. Tú eres su realidad, su fuerza. No envidies una cara bonita que solo ha traído problemas. Envidio yo la posición que tú has sabido ganarte.
Iris me observa, sorprendida por mi falta de vanidad. Ve en mis ojos que hablo en serio: para mí, ser "la mujer de los Valdés" fue una condena, no un privilegio.
—Supongo que tienes razón —murmura ella, relajando los hombros—. A veces olvido que para ti esto fue una jaula, no un cuento de hadas.
—Exacto. Quédate con el trono y con Dante, Iris. Yo solo quiero mi libertad.
Iris guarda silencio un momento, pero no se marcha. Se apoya en la barandilla a mi lado y me observa de perfil. Hay algo en su mirada que ya no es inseguridad, sino una observación aguda, casi clínica.
—¿Y qué vas a hacer con Thiago? —pregunta de repente.
El nombre me golpea como un latigazo. Intento mantener el rostro impasible, pero siento cómo mi pulso se acelera por pura traición biológica.
—Thiago es parte del pasado que intento dejar atrás —respondo con firmeza, aunque mis manos tiemblan sobre la piedra.
—Mientes, Nadia. O al menos te mientes a ti misma —Iris suelta una risa suave, sin malicia—. He pasado toda la noche observándoos. Thiago te sigue con la mirada como si fueras el aire que necesita para respirar. Sigue enamorado de ti de una forma que asusta, con esa intensidad oscura que solo un Valdés puede tener.
Niego con la cabeza, dispuesta a rebatirle, pero ella me interrumpe antes de que pueda abrir la boca.
—Y tú... tú no puedes evitar buscarlo en cada habitación. Tus ojos brillan de una forma distinta cuando él está cerca. Se nota a una milla de distancia, Nadia. Hay un hilo entre vosotros que ni el tiempo en Los Ángeles ni el exilio en Nueva York han podido cortar.
Me quedo helada. La verdad, dicha por una extraña que apenas me conoce pero que entiende perfectamente la psicología de estos hombres, me escuece en la piel.
—¿Por qué no lo intentáis de nuevo? —lanza la pregunta como un dardo directo al centro de mi confusión—. Si los dos sentís lo mismo, ¿por qué seguir con este juego de sombras y rechazos?
Abro la boca para responder. Quiero decirle que me aterroriza. Que es un asesino. Que me rompió en mil pedazos y que no sé si puedo volver a confiar en él sin perder mi alma en el proceso. Quiero decirle que la libertad es mejor que el amor de un monstruo.
Pero las palabras se quedan atascadas en mi garganta. Mi mente busca una excusa lógica, una defensa coherente, pero mi corazón solo responde con un latido pesado y doloroso. No sé qué responder. No sé si es orgullo, miedo o simplemente el hecho de que sé que, si vuelvo a caer, esta vez no habrá escapatoria.
—No es tan sencillo —es lo único que logro articular, en un susurro apenas audible.
—A veces lo es, Nadia —responde Iris, dándome una última mirada antes de enderezarse—. A veces solo hay que dejar de correr.
Se da la vuelta y regresa al interior del ático, dejándome sola con el viento gélido y una pregunta que me quema por dentro. Me quedo allí, mirando mis manos, preguntándome si de verdad soy libre o si solo soy una prisionera que se niega a admitir que ama los muros de su celda.
La puerta acristalada se desliza con un suave siseo tras la marcha de Iris. No necesito girarme para saber quién es. El aire cambia, se vuelve más denso, más eléctrico. Ese aroma a sándalo, tabaco y poder que solo él emana me envuelve antes de que su sombra alcance la mía.
—¿De qué hablabais? —la voz de Thiago es un rugido contenido, una vibración baja que me recorre la columna.
Me quedo mirando las luces de Chicago, sintiendo que la ciudad gira demasiado rápido. Por una vez, el orgullo me parece una carga demasiado pesada para seguir sosteniéndola.
—De ti —confieso, y mi propia sinceridad me asusta—. De Dante. De lo evidente que es que sigo buscándote con la mirada en cada rincón de esta fiesta.
Thiago se coloca a mi lado, pero no me toca. Se apoya en la barandilla, con los hombros tensos bajo el traje hecho a medida. Lo miro de reojo y veo al hombre que me aterrorizó, al hombre que me protegió y al hombre que, a pesar de todo, nunca dejó de amarme a su manera retorcida.
—Me ha preguntado por qué no lo intentamos de nuevo —susurro, girándome por completo hacia él—. Y no he sabido qué responderle, Thiago. No he encontrado una sola mentira que me sirviera para convencerme de que no te quiero.
Thiago se tensa. Sus ojos verdes, siempre tan gélidos y calculadores, se clavan en los míos con una intensidad que me corta el aliento. Da un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que puedo sentir el calor que desprende su cuerpo.
—Entonces, hazme la misma pregunta a mí, Nadia —dice, y su voz tiembla ligeramente, una grieta de humanidad en el Verdugo—. Pregúntame por qué no dejamos de hacernos esto. Estoy harto de Nueva York, harto de camas vacías y de buscar tu rostro en desconocidas. Si los dos estamos muriendo por dentro, ¿por qué seguimos separados?
No respondo con palabras. Ya no quedan palabras.
Me lanzo hacia él, rodeando su cuello con mis brazos, y lo beso. No es un beso delicado; es una colisión. Es un choque de años de rencor, de meses de soledad y de una pasión que se ha estado cocinando a fuego lento en el exilio. Es un beso que sabe a perdón y a rendición.
Thiago me rodea la cintura con una fuerza desesperada, pegándome a él como si temiera que fuera a desvanecerme si me soltaba un solo milímetro. Sus manos se entierran en mi pelo, atrayéndome más, reclamando mi boca con una urgencia que me hace gemir contra sus labios.
Y entonces, lo siento. Una humedad cálida que no me pertenece se desliza por mi mejilla.
Thiago está llorando. El hombre que no parpadea ante la muerte, el Verdugo de Chicago, está derramando lágrimas silenciosas mientras me besa. El peso de la soledad en Nueva York, el dolor de haberme perdido y la culpa que nunca admitió están saliendo a la superficie en este contacto brutal.
Yo también lloro. Lloro por la chica que fui en aquella biblioteca, por la mujer que se endureció en Los Ángeles y por el amor que, a pesar de ser tóxico y oscuro, es lo único que me hace sentir viva. Nuestras lágrimas se mezclan en el beso, saladas y calientes, sellando un pacto que no necesita contratos de la mafia ni aprobaciones de la Vieja Guardia.
En este balcón, bajo la luna de una ciudad que nos ha visto sangrar, ya no hay reyes ni verdugos. Solo hay dos personas rotas que han decidido que prefieren estar rotas juntas que enteras por separado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.