Thiago
No puedo soltarla. Si la suelto, Nueva York volverá a engullirme. Si la suelto, el aire frío del balcón volverá a recordarme que he pasado meses siendo un hombre muerto que camina. Tomo su mano, entrelazando mis dedos con los suyos con una fuerza que roza lo posesivo, y la guío a través del salón. Ignoro las miradas, ignoro a Dante, ignoro la música. El mundo podría arder ahora mismo y yo solo me aseguraría de que las llamas no la rozaran a ella.
Entramos en la habitación de invitados del ático y cierro la puerta con llave. El sonido del cerrojo es el fin de nuestra guerra.
Nadia se tumba en la cama, su cabello oscuro desparramado sobre las almohadas como una mancha de tinta sobre seda. Sus ojos todavía brillan por las lágrimas, pero hay un fuego nuevo en ellos, una invitación que me hace arder la sangre. Me deshago de la chaqueta y la camisa con una urgencia que nunca he sentido, dejando al descubierto los tatuajes que ella conoce tan bien.
Me coloco entre sus piernas, separándolas con una delicadeza que contrasta con la tormenta que llevo dentro. Me hundo ante ella, no como un señor, sino como un fiel ante su altar. Quiero borrar el rastro de cualquier otro pensamiento, de cualquier otra vida que haya intentado construir sin mí.
Bajo la cabeza y la busco. Cuando mi lengua encuentra su clítoris, Nadia suelta un jadeo que me hace vibrar hasta los huesos. Comienzo a lamerla con una lentitud tortuosa, saboreándola, bebiéndome su respuesta. Quiero que sepa que la he echado de menos en cada rincón de mi existencia. Mis manos se aferran a sus muslos, sintiendo cómo sus músculos se tensan, cómo su espalda se arquea mientras mis movimientos se vuelven más rítmicos y hambrientos.
—Thiago... —gime mi nombre, y es la mejor música que he escuchado en años.
Sigo ahí, entregado a ella, hasta que su cuerpo se sacude. Nadia se quiebra en un orgasmo violento, gritando contra las almohadas mientras sus dedos se entierran en mi pelo, manteniéndome pegado a ella mientras las ondas de placer la recorren. Me quedo ahí un segundo más, disfrutando de su temblor, de su rendición absoluta.
Pero ella no ha terminado conmigo. Con una fuerza que me sorprende, me empuja hacia atrás, obligándome a sentarme. Nadia se desliza por la cama, con esa belleza que me sigue pareciendo un milagro oscuro, y me devuelve el favor. Su lengua es cálida, experta, y me lleva al borde del abismo en cuestión de segundos. El placer es tan agudo que tengo que echar la cabeza hacia atrás, apretando los dientes para no rugir.
Cuando siento que no puedo aguantar más, la agarro por la cintura y la elevo. Necesito sentirla, necesito la unión completa que el matrimonio de papel nunca llegó a darnos de verdad.
La tumbo de nuevo y, sin preámbulos, me adentró en ella de una sola estocada firme y profunda.
Nadia suelta un grito ahogado, rodeando mi cintura con sus piernas, atrapándome en su calor. Es un encaje perfecto, una comunión de carne y alma que me hace sentir, por fin, que he vuelto a casa. Me quedo quieto un instante, enterrado en ella hasta la raíz, mirando sus ojos dilatados y sintiendo cómo nuestras respiraciones se acompasan.
—Mía —gruño, hundiendo mi rostro en su cuello, aspirando su aroma mientras empiezo a moverme con una cadencia posesiva—. Nunca más te vas a ir, Nadia. Nunca.
En la oscuridad de la habitación, bajo el techo de los Valdés, el Verdugo ha recuperado su trono. Y esta vez, no hay ley ni hermano que pueda arrebatármela.
El tiempo no existe dentro de estas cuatro paredes. El resto de la noche es un borrón de piel contra piel, de susurros desesperados y de una entrega que nada tiene que ver con el contrato que una vez nos unió. La he tomado una y otra vez, como si pudiera recuperar los meses perdidos a base de sudor y deseo, hasta que el agotamiento nos ha dejado entrelazados, con el corazón de ella latiendo contra mi pecho y la luz grisácea del amanecer de Chicago filtrándose por las cortinas.
Le acaricio la espalda, trazando el camino de su columna con la yema de mis dedos, pero la realidad de la mañana empieza a pesarme.
—Nadia —murmuro, y mi voz suena como grava arrastrada por el suelo—. ¿Cómo vamos a hacer esto?
Ella levanta la cabeza, con los ojos entrecerrados por el sueño pero brillantes. Sabe a qué me refiero. El mapa nos separa. Yo tengo mis garras hundidas en Nueva York y ella ha construido una fortaleza de paz en Los Ángeles.
—Tengo que volver a Nueva York mañana —continúo, y me duele decir las palabras—. Y tú... tú tienes tu vida en California.
Nadia se queda en silencio un momento, dibujando círculos invisibles en mi pecho tatuado.
—En Los Ángeles me encuentro bien, Thiago. Por primera vez en mucho tiempo, no siento que tengo que mirar por encima del hombro a cada paso. No quisiera dejar la ciudad... pero tampoco quiero perderte otra vez.
La aprieto contra mí, besando su coronilla. No voy a pedirle que se sacrifique de nuevo. No voy a arrancarla de su libertad para meterla en otra jaula de cristal en Manhattan.
—Entonces no la dejes —le digo con firmeza, y mi mente de estratega ya está moviendo las piezas en el tablero—. Mantendré los negocios en Nueva York desde la distancia lo máximo posible y empezaré a expandir mis activos hacia Los Ángeles. Hay muelles allí que necesitan un control más... riguroso. Dante no pondrá pegas si eso mantiene la paz en la familia.
Ella me mira, procesando la idea.
—Eso significa que tendremos que estar un tiempo viéndonos de vez en cuando —dice ella, y de repente, sus labios se curvan en un puchero infantil que me desarma por completo.
Suelto una carcajada, la primera que sale de mi pecho con verdadera ligereza en años. La "reina" de los Valdés haciendo pucheros como una niña pequeña es una visión que solo yo tengo el privilegio de ver.
—No me pongas esa cara, ratoncito —me río, dándole un pequeño mordisco juguetón en la nariz—. Te prometo que iré siempre que pueda. Cruzaré el país cada fin de semana si es necesario, hasta que mis asuntos estén tan asentados en la Costa Oeste que pueda mudarme contigo definitivamente.
Nadia suspira, escondiendo el rostro en el hueco de mi cuello.
—No quiero estar mucho tiempo separada de ti, Thiago. Ya hemos perdido demasiado tiempo odiándonos.
Sus palabras me atraviesan. Aprovecho el silencio de la habitación, la vulnerabilidad del alba, para decir lo que debería haber dicho hace una eternidad.
—Perdóname, Nadia —susurro, y mi voz se quiebra ligeramente—. Perdóname por el daño que te hice en el pasado. Por el miedo, por los gritos... por no saber amarte sin intentar romperte primero.
Siento cómo ella sonríe contra mi piel, un gesto suave que me quita un peso de toneladas de encima. No necesita decir nada; su perdón está en la forma en que se acurruca más cerca de mí, buscando mi calor.
Poco a poco, su respiración se vuelve pesada y rítmica. Se queda profundamente dormida, segura en mis brazos por primera vez. Me quedo despierto un rato más, velando su sueño, sabiendo que el Verdugo ha muerto y que el hombre que ha nacido esta noche en Chicago daría su última gota de sangre por no volver a ver una lágrima de dolor en su rostro.
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Editado: 18.04.2026