El despertar del verdugo

19 El aroma de la tregua

Nadia

La luz del sol de Chicago entra sin piedad por las rendijas de las cortinas, bañando la habitación de un dorado pálido. Me estiro entre las sábanas de seda, sintiendo cada músculo de mi cuerpo con una consciencia vibrante. No es el dolor del miedo de antaño; es el rastro dulce de una noche en la que ambos nos reconocimos en la oscuridad.
Me levanto y camino hacia el baño, sintiéndome extrañamente ligera. Al abrir el grifo de la ducha y dejar que el agua caliente caiga sobre mis hombros, un aroma familiar me envuelve de inmediato. Sándalo y madera noble. El jabón de Thiago. El vapor transporta su esencia, indicándome que no hace mucho que él estuvo aquí, bajo esta misma agua. Sonrío involuntariamente mientras me enjabono, sintiendo que su presencia se ha quedado tatuada en mi piel.
Salgo de la ducha, me envuelvo en una toalla blanca y busco mi teléfono entre las sábanas revueltas.
Nadia: ¿Dónde estás? Te has escapado muy pronto...
Apenas pasan unos segundos cuando escucho el pomo de la puerta girar. Thiago aparece en el umbral, todavía con el aspecto de alguien que domina cualquier espacio que pisa, aunque ha cambiado el esmoquin por una camiseta negra que se ajusta a sus hombros y unos pantalones cómodos. Su mirada se oscurece un instante al verme solo con la toalla, pero hay una suavidad en su rostro que solo yo conozco.
—Estaba con Izzy en el salón —dice, acercándose a mí con pasos lentos y seguros—. No quería despertarte. Parecías estar en paz por primera vez en mucho tiempo.
No lo dejo terminar. Rodeo su cuello con mis manos, todavía húmedas, y lo beso con una parsimonia deliciosa. Sus labios saben a café y a esa promesa silenciosa que nos hicimos al alba. Él suspira contra mi boca, rodeando mi cintura para pegarme a él.
—El ático ya está limpio —murmura sobre mis labios. Seguramente Izzy habrá contratado a alguien para recoger el desastre de sus amigos anoche, porque no queda ni rastro de la fiesta—. Todo vuelve a estar en orden.
—Mejor así —susurro—. No creo que hubiera podido soportar ver una casa llena de gente hoy.
Thiago me aparta un mechón de pelo mojado de la cara, recorriendo con el pulgar mi labio inferior.
—Izzy y yo hemos pedido comida al italiano que tanto te gusta. Acaban de traerlo todo para que comamos juntos antes de que el mundo vuelva a meterse en medio.
Apoya su frente contra la mía, y por un momento, simplemente respiramos el mismo aire.
—Cinco minutos, ratoncito —me advierte con una sonrisa ladeada—. O bajaré a buscarte y te comeré yo aquí mismo antes de que la pasta se enfríe.
Me río contra su pecho, sintiendo una calidez que no tiene nada que ver con el agua caliente. Por primera vez, Chicago no se siente como una sentencia, sino como el comienzo de algo que, aunque sea a distancia, por fin es de verdad.
Termino de vestirme con algo sencillo pero elegante, intentando que el rubor de mis mejillas no delate lo que ha pasado en esa habitación durante las últimas horas. Al salir al salón, el eco de las voces me guía hacia el comedor.
Me detengo un segundo en el umbral. No solo están Izzy y Thiago. Dante preside la mesa con su habitual aura de autoridad gélida, e Iris está a su lado, luciendo impecable. Es una imagen que impone: el poder de Chicago concentrado en una sola habitación.
En cuanto mis pies pisan el mármol, Thiago, que estaba escuchando algo que Dante decía, se levanta de inmediato. No hay duda en sus movimientos, ni rastro de la frialdad que solía mostrar ante su familia. Camina hacia mí y, frente a la mirada atenta de su hermano y la sonrisa cómplice de Iris, me toma por la cintura y me planta un beso posesivo y profundo.
Es su forma de decirles: Ella es mía. Esta vez, es de verdad.
—Por fin bajas, dormilona —murmura contra mis labios antes de soltarme.
Izzy suelta una carcajada y se levanta de un salto, rodeando la mesa para abrazarme con fuerza. Me susurra al oído un "por fin" que me hace sonreír, y luego se gira hacia su hermano, señalándolo con un dedo acusador pero con los ojos brillantes.
—¡Enhorabuena! —exclama Izzy, antes de endurecer el gesto de broma—. Y más te vale cuidarla esta vez, Thiago. Si vuelves a meter la pata y la haces huir a otra punta del país, yo misma te pegaré un tiro. No pienso perder a mi mejor amiga por tus ataques de Verdugo.
Thiago no se ofende; al contrario, esboza una sonrisa de medio lado y asiente con una seriedad que me estremece.
—No habrá una próxima vez, Izzy. Esta vez me cortaré la mano antes de dejarla ir.
Dante observa la escena en silencio, con una ceja sutilmente levantada. Hay una tregua implícita en su mirada. Él ya no es el hombre que intentó reclamarme, sino el hermano que acepta que Thiago ha encontrado su ancla. Iris me dedica un guiño discreto, recordando nuestra conversación en el balcón.
Nos sentamos a comer. El aroma de la pasta fresca y el vino tinto llena el aire. Por primera vez, la conversación fluye sin el peso de las amenazas o los secretos de la mafia. Hablamos de la expansión de los negocios, de la vida en Los Ángeles y de los planes de Izzy.
Mientras saboreo la comida, siento la mano de Thiago sobre mi muslo por debajo de la mesa. Sus dedos aprietan con suavidad, un contacto constante que me recuerda que, aunque el mundo exterior siga siendo peligroso y los Valdés sigan siendo quienes son, aquí, en este pequeño círculo, por fin he encontrado mi lugar.
El trayecto hacia el Aeropuerto Internacional O'Hare se siente demasiado corto. El coche negro avanza por la autopista mientras la silueta de Chicago se va quedando atrás en el espejo retrovisor. Dentro, el silencio es denso, pero no es el silencio gélido de nuestra boda, sino uno cargado de palabras que no queremos decir porque duelen.
Thiago tiene mi mano entrelazada con la suya, apretando con una fuerza que delata su propia lucha interna.
Al llegar a la terminal privada, el viento sopla con fuerza, agitando mi cabello. Dos jets esperan en la pista, apuntando en direcciones opuestas: uno hacia el asfalto infinito de Nueva York y el otro hacia el sol de Los Ángeles. Es la representación física de nuestras vidas actuales.
Me detengo frente a la escalerilla de mi avión, incapaz de dar el primer paso. Siento un nudo en la garganta que me impide respirar con normalidad. No quiero irme. No quiero volver a esa casa vacía en las colinas de Los Ángeles donde el único rastro de él es un recuerdo borroso.
—No quiero hacer esto, Thiago —susurro, girándome hacia él. Mis ojos se empañan a pesar de mis intentos por ser fuerte.
Thiago me toma por los hombros, obligándome a mirarlo. Su expresión es una máscara de determinación, pero en sus ojos verdes hay una promesa que quema.
—Escúchame, Nadia. Esto es solo temporal —dice con esa voz profunda que siempre logra calmar mi caos—. Nueva York ya no significa nada para mí. Solo voy a cerrar lo que queda allí, a mover las piezas para que nadie pueda tocarnos cuando esté en California.
Se inclina y me besa en la frente, un gesto de una ternura que todavía me asombra.
—Pronto estaré contigo. No es una amenaza de "El Verdugo", es la promesa de tu marido. Iré a buscarte antes de que te des cuenta de que me he ido.
Me muerdo el labio y asiento, forzando una sonrisa. Él me da un último beso, esta vez en los labios, rápido y hambriento, como si quisiera llevarse mi aliento para aguantar el vuelo.
—Vete ya, ratoncito. Si te quedas un minuto más, te meteré en mi avión y mandaré a Los Ángeles al infierno —gruñe con una sonrisa ladeada.
Me obligo a subir los escalones sin mirar atrás. Sé que si me giro, bajaré corriendo. Desde la ventanilla del jet, lo veo caminar con paso firme hacia su propio avión, con su chaqueta de cuero negra ondeando al viento. Es un hombre con una misión, y sé que nada en la costa este podrá detenerlo ahora que tiene un motivo para volver.
Los motores rugen y mi avión empieza a moverse. A través del cristal, veo cómo el jet de Thiago despega primero, perdiéndose en las nubes hacia el este. Minutos después, yo despego hacia el oeste.
Estamos separados por miles de kilómetros, pero por primera vez en mi vida, siento que por fin voy por el camino correcto.




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