Thiago
El ático de Manhattan nunca se había sentido tan frío. Nueva York es una ciudad que ruge, pero para mí, el único sonido que importa es el de las notificaciones de mi teléfono. Llevo cuatro días aquí, cerrando tratos, moviendo activos y recordándole a la gente por qué me llaman "El Verdugo", pero mi mente está a tres mil millas de distancia.
Me sirvo un whisky doble y me aflojo la corbata, dejándome caer en el sillón de cuero frente al ventanal. Saco el teléfono. Necesito mi dosis.
Thiago: Cuatro días, Nadia. Y este maldito ático se siente como una tumba. No dejo de oler tu perfume en mis sábanas, aunque sé que no estás aquí. Me estás volviendo loco.
Nadia: ¿Solo cuatro días? A mí me han parecido cuatro meses. Acabo de salir de la ducha y la casa está demasiado silenciosa. Me he puesto esa camiseta negra que te "robé" antes de irme... todavía huele a ti.
Thiago: ¿Solo la camiseta? Me estás torturando. Si estuviera ahí ahora mismo, esa camiseta no duraría ni dos segundos puesta. Te juro que puedo imaginarte... el algodón rozando tu piel todavía húmeda.
Nadia: ¿Ah, sí? ¿Y qué más imaginas, Verdugo? Porque yo estoy recordando tus manos en mis muslos la otra noche en el ático de Izzy... y me cuesta mucho concentrarme en "dormir".
Thiago: Imagino que te acorralo contra el ventanal de tu habitación en L.A. Imagino que te subo la camiseta y te obligo a mirar tu reflejo mientras te hago recordar a quién perteneces. Estoy tan jodidamente tenso que me duele, ratoncito.
Nadia: Dios, Thiago... No deberías decirme esas cosas cuando estoy sola en una cama tan grande. Me estoy tocando ahora mismo y solo puedo pensar en tu boca. Ojalá estuvieras aquí para terminar lo que has empezado con ese mensaje.
Thiago: Mándame una foto. Ahora mismo. Quiero ver cómo me esperas. Quiero ver qué es lo primero que voy a morder en cuanto aterrice en Los Ángeles. No me obligues a coger el jet privado a estas horas, porque lo haré.
Nadia: [Foto enviada: Se ve el borde de la camiseta negra subida hasta la cintura, sus dedos rozando la encía de sus bragas de encaje y sus labios entreabiertos en un gesto de deseo puro].
Cierro los ojos un segundo y aprieto el teléfono con tanta fuerza que el metal cruje. La imagen de Nadia, vulnerable y provocadora a la vez, hace que mi sangre hierva. El whisky ya no quema tanto como el deseo que me recorre.
—Maldita sea —gruño para mí mismo en la oscuridad del salón.
Llamo a Mateo de inmediato. No me importa que sean las dos de la mañana.
—Prepara el avión para el viernes a primera hora —le ordeno en cuanto descuelga—. Me da igual qué reuniones haya programadas. Cancélalas, muévelas o quémalas. Me voy a Los Ángeles.
Cuelgo y vuelvo a mirar la foto. Nueva York puede esperar. El mundo puede esperar. Pero mi mujer no esperará ni un segundo más.
Llevo toda la mañana mirando el reloj. Nueva York es una ciudad que nunca duerme, pero para mí, el tiempo se ha congelado en el momento en que la dejé en aquel aeropuerto. Estoy revisando unos informes de los muelles cuando mi teléfono vibra sobre la mesa de caoba. Su nombre aparece en la pantalla y, automáticamente, la tensión que llevo acumulada en los hombros se disipa.
Esbozo una sonrisa, una que nadie en esta ciudad ha visto jamás.
—Hola, nena —contesto, y mi voz suena inusualmente suave, cargada de un cariño que solo ella es capaz de extraer de mí—. Estaba a punto de llamarte. No dejo de pensar en la foto de anoche.
—Yo también te extraño —responde ella, y escucho su sonrisa al otro lado, lo que me hace querer atravesar el país en este mismo instante—. Pero no me has dicho lo más importante, Thiago. ¿Cuándo vas a venir? He despejado mi agenda para el fin de semana y... necesito saber cuándo aterriza ese jet.
Suspiro, pasando una mano por mi cabello. Ojalá fuera sencillo, pero cerrar un imperio para mudarlo no se hace en una tarde.
—Lo sé, Nadia. Créeme que estoy haciendo todo lo posible, pero todavía no tengo una fecha cerrada. Hay un par de asuntos con los sindicatos aquí que no puedo dejar en manos de Mateo. No quiero que nada nos interrumpa cuando esté allí.
El silencio al otro lado de la línea es súbito y frío.
—¿Aún no tienes fecha? —su voz ha cambiado. Ya no hay rastro de la dulzura de hace un segundo—. Me prometiste que sería pronto, Thiago. Me dijiste que esto era una prioridad. Siento que me estás dejando aquí en una sala de espera mientras tú sigues con tu vida de siempre en Nueva York.
—Nadia, no es así, escucha...
—¡No! Estoy harta de esperar a que el gran Thiago Valdés encuentre un hueco en su agenda para su esposa —espeta ella, y escucho un ruido de fondo, como una puerta abriéndose—. Sabes qué, olvídalo. Tengo cosas que hacer.
—Nadia, no cuelgues, estamos... —me detengo en seco.
A través del auricular, escucho una risa. Una risa masculina, joven y demasiado familiarizada con el entorno de Nadia.
—¿Nadia? ¿Estás lista? He traído el café que te gusta —dice la voz de fondo.
Se me hiela la sangre. El bolígrafo que tengo en la mano cruje bajo mi presión.
—¿Quién es ese? —pregunto. Mi tono cariñoso ha muerto, reemplazado por una vibración baja y peligrosa que hace que mis hombres, al otro lado de la puerta de la oficina, guarden silencio absoluto.
—Es Elias —responde ella con frialdad—. He quedado con él para aclarar las cosas. Se ha portado muy bien conmigo todo este tiempo y se merece que le explique por qué me he estado comportando de forma tan extraña. Es un buen amigo, Thiago.
—¿Un buen amigo? —repito, y mi risa suena como un cristal rompiéndose—. ¿Un buen amigo que entra en tu casa y te trae café mientras hablas con tu marido? No me gusta, Nadia. Dile que se largue. Ahora mismo.
—No voy a echarlo. No eres mi dueño, Thiago. Si no puedes estar aquí, no pretendas controlar quién entra en mi salón. Hablamos cuando se te pase el ataque de celos.
—Nadia, ni se te ocurra...
Click.
Me quedo mirando el teléfono, con la respiración acelerada y los ojos inyectados en sangre. La imagen de un tipo cualquiera, de un tal "Elias", moviéndose por la casa de Nadia, tocando sus cosas, mirándola... es una tortura que no voy a tolerar.
—Mateo —rujo, sin apartar la vista del aparato—. ¡Entra aquí!
Ese tal Elias acaba de cometer el error de su vida, y yo voy a estar en Los Ángeles mucho antes de lo que Nadia imagina. Nadie le lleva café a mi mujer. Nadie.
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Editado: 18.04.2026