El despertar del verdugo

21 El asalto

Nadia

Elias se marchó hace ya seis horas, pero el eco de su voz y la tensión de esa llamada con Thiago seguían flotando en el aire como una tormenta que se niega a descargar. Después de que se fuera, intenté recuperar la normalidad. Limpié la casa, organicé mis cosas y me refugié en el trabajo. Pasé la tarde frente al ordenador en la terraza, viendo cómo el sol desaparecía tras el océano, intentando convencerme de que Thiago tardaría días en aparecer.
Pero olvidé que, para el Verdugo, las distancias no existen cuando siente que su propiedad está en riesgo.
Ahora, con la noche cerrada sobre Los Ángeles, busco un poco de paz. Me sirvo una copa de vino tinto y me siento en la terraza, dejando que la brisa marina me calme el pulso. Pero apenas el primer sorbo roza mis labios, el timbre suena.
Es un sonido seco, impaciente. Un golpe de autoridad que hace que mi corazón golpee contra mis costillas. Me levanto, dejo la copa y camino hacia la entrada. Al abrir la puerta, el aire desaparece de mis pulmones.
No hay saludos. No hay explicaciones.
Thiago me invade, su figura imponente bloqueando la luz del rellano. Antes de que pueda articular palabra, me agarra por la cintura y me empuja hacia atrás con una fuerza que me deja sin aliento, empotrándome contra la pared del pasillo. El impacto me hace soltar un gemido, pero el calor que desprende su cuerpo me ancla al suelo.
—Han sido las seis horas más largas de mi vida, Nadia —gruñe contra mi cuello, su voz es un susurro peligroso y ronco—. He cruzado el país solo para borrar el rastro de ese tipo de esta casa.
Sus ojos están inyectados en una posesividad salvaje. Me mira como si fuera a devorarme, y sé que no hay escapatoria. Sus manos se entierran en mi cabello, tirando ligeramente hacia atrás para exponerme por completo, mientras sus labios reclaman los míos en un beso que sabe a rabia, a celos y a un hambre insaciable.
—¿Te trajo café, nena? —pregunta sobre mis labios, y noto el acero en su tono mientras sus manos arrancan mi ropa con una urgencia que no admite demora—. Yo voy a darte algo que te haga olvidar hasta tu propio nombre.
Sin mediar palabra, me levanta, obligándome a rodear su cintura con las piernas. En el pasillo, bajo la luz tenue, Thiago se deshace de lo poco que nos separa y me penetra de una estocada brutal, profunda, reclamando cada centímetro de mi cuerpo como territorio conquistado.
—Mía —suelta contra mi hombro, y el sonido es un rugido de satisfacción absoluta—. Que no se te vuelva a olvidar ni por un segundo a quién perteneces.
Sus embestidas son rápidas, marcadas por el ritmo frenético de quien ha volado tres mil millas solo por este momento. El mundo exterior desaparece. Solo queda el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el choque rítmico de nuestros cuerpos contra la pared. Me rompo bajo él, gritando su nombre, mientras Thiago aprieta los dientes y se corre dentro de mí, sellando su regreso con una intensidad que me deja temblando en sus brazos.
La adrenalina del encuentro en el pasillo aún vibra en el aire mientras recuperamos el aliento. Thiago se separa lentamente, su mirada recorriendo mi rostro con una mezcla de satisfacción y una ternura que solo reserva para mí.
Me ajusto la ropa como puedo y, con una sonrisa que no puedo ocultar, lo tomo de la mano para enseñarle mi refugio. Recorremos las habitaciones, pero cuando llegamos a la gran terraza, Thiago se detiene en seco. Se queda observando el horizonte, donde las luces de Los Ángeles parpadean bajo el cielo nocturno, y asiente con aprobación.
—Es un buen lugar, Nadia —murmura, su voz volviendo a ser profunda y calmada—. Tiene luz, tiene espacio... es digno de ti.
Pero el momento de contemplación dura poco. Thiago se gira hacia la maleta que ha dejado junto a la puerta y extrae un sobre de cuero. De él saca varios documentos y los extiende sobre la mesa de cristal de la terraza, justo al lado de mi copa de vino.
—Firma esto —dice, y no es una orden de "El Verdugo", sino la petición de un hombre que no puede vivir en la incertidumbre ni un minuto más.
Me acerco y leo los encabezados. Son los papeles para volver a ser marido y mujer legalmente, eliminando cualquier rastro de nuestra separación.
—Si quieres una gran boda, la tendrás —continúa, dando un paso hacia mí y acunando mi rostro con sus manos grandes—. Tendrás el vestido más caro de Chicago, los invitados, la celebración... lo que me pidas. Pero necesito saber ahora mismo, con este papel, que ya has vuelto a ser mi mujer de forma oficial. No voy a pasar ni una noche más siendo un extraño ante la ley para ti.
Miro los papeles y luego lo miro a él. Recuerdo la frialdad de nuestra primera unión, el miedo y las sombras. Ahora, todo es distinto.
—No quiero celebraciones, Thiago —le digo, tomando el bolígrafo sin dudar ni un segundo—. No quiero vestidos blancos, ni invitados, ni las miradas de la familia Valdés sobre nosotros. No necesito que el mundo lo vea.
Firmo con mano firme, estampando mi apellido junto al suyo una vez más. Levanto la vista y le sonrío, sintiendo un peso inmenso levantarse de mis hombros.
—Solo quiero estar contigo. Solo quiero que seas mi marido en la intimidad de esta casa, lejos de todo el ruido.
Thiago recoge los papeles, pero su mirada no se aparta de la mía. Veo cómo exhala un suspiro de alivio, como si por fin hubiera ganado la batalla más importante de su vida. Me atrae hacia su pecho, rodeándome con sus brazos en medio de la terraza, bajo las estrellas de California.
—Ya está —susurra contra mi oído—. Vuelves a ser la señora Valdés. Y esta vez, Nadia, nadie va a ser lo suficientemente estúpido como para intentar separarnos.
El sol de California entra con una claridad cegadora por la ventana, pero esta mañana no me molesta. Me despierto entre los brazos de Thiago, sintiendo el peso de su cuerpo y la seguridad de saber que el papel que firmamos anoche nos une de nuevo. Ya no hay huidas, solo este presente.
Decido que es hora de que conozca mi mundo. Después de un desayuno tranquilo, lo llevo a recorrer la ciudad. Thiago observa Los Ángeles con ojos de depredador, analizando cada esquina, cada muelle, cada oportunidad de negocio, pero su mano nunca suelta la mía.
Nuestra primera parada es una de las joyerías más exclusivas de Beverly Hills. El ambiente es silencioso, con olor a flores frescas y terciopelo. Thiago camina hacia el mostrador con esa elegancia peligrosa que lo caracteriza. No necesitamos palabras.
—Queremos alianzas —dice él, con una voz que hace que el joyero se enderece al instante.
Elegimos un par de piezas preciosas: oro platino, sencillas pero pesadas, con un brillo que parece capturar la luz del pacífico. Cuando Thiago desliza el anillo en mi dedo y yo hago lo mismo con el suyo, el círculo se cierra. Ya no es el anillo de un contrato impuesto; es el símbolo de una elección mutua.
—Ahora el mundo sabrá a quién perteneces antes de que abras la boca —murmura él, besando mis nudillos.
Para almorzar, lo llevo a mi restaurante favorito, un lugar con vistas al océano donde la comida es tan espectacular como el paisaje. El ambiente es relajado, o lo era hasta que entramos.
Estamos sentados en una mesa apartada cuando levanto la vista y veo a Elias sentado en la barra. Se queda de piedra al vernos. Su mirada viaja de mí al hombre imponente que tengo enfrente, y luego a nuestras manos entrelazadas, donde el brillo del oro nuevo es imposible de ignorar.
Elias, quizá movido por una valentía estúpida o por la necesidad de cerrar su orgullo herido, se acerca a nuestra mesa.
—Nadia... no sabía que tenías visita —dice, intentando mantener una sonrisa que no le llega a los ojos. Mira a Thiago—. Tú debes de ser el "problema" de Nueva York.
Siento que el aire en la mesa baja diez grados de golpe. Thiago deja su copa de vino con una parsimonia aterradora. Se inclina hacia delante, apoyando los codos en la mesa, y la luz del sol hace que sus tatuajes y su nueva alianza destaquen con una claridad brutal.
—No soy un problema, muchacho —la voz de Thiago es un susurro de acero que corta cualquier intento de conversación—. Soy su marido. Y lo que viste ayer en su casa fue solo una cortesía. Si vuelves a acercarte a ella, si vuelves a llevarle café o si se me ocurre que estás pensando en su nombre más de lo debido, descubrirás por qué me llaman "El Verdugo".
Elias palidece. Retrocede un paso, dándose cuenta de que no está frente a un ex novio celoso, sino frente a un hombre que ha matado por mucho menos que una falta de respeto.
—Thiago... —intento intervenir, pero él me pone una mano sobre la mía, sin apartar los ojos de Elias.
—Vete ahora —sentencia Thiago—. Y da gracias de que mi mujer hoy está feliz, porque de lo contrario, no saldrías de este restaurante caminando.
Elias no espera una segunda advertencia. Se da la vuelta y sale del local casi trotando. Yo suspiro, mirando a mi marido, que vuelve a beber de su copa como si nada hubiera pasado.
—Era un buen chico, Thiago. No hacía falta amenazarlo de muerte —le digo, aunque una parte de mí no puede evitar sentirse protegida.
—Los "buenos chicos" son los que más se confunden, nena —responde él, tomando mi mano y apretándola—. Ahora terminemos de comer. Tenemos una vida entera que planificar y no pienso perder ni un segundo más con extras de tu pasado.
La noche es cálida y el sonido del mar llega hasta nosotros como un susurro constante. Estamos sentados en la terraza, con las nuevas alianzas brillando bajo la luz de las velas. Thiago me observa en silencio mientras termina su copa, con esa expresión analítica que siempre me hace sentir que está leyendo mis pensamientos.
—Nadia —dice de repente, con un tono demasiado cauteloso para ser él—. He estado pensando en cómo vamos a organizar esto. No quiero presionarte, ni que sientas que vuelvo a invadir tu espacio a la fuerza.
Lo miro, esperando que continúe.
—Podemos buscar una casa más grande juntos aquí... o, si lo prefieres, puedo quedarme en un hotel o buscar mi propio sitio por un tiempo. Para que no te sientas agobiada. Para que tengas tu independencia mientras yo asiento los negocios.
Me quedo helada. Sus palabras, que pretenden ser respetuosas y consideradas, caen sobre mí como un balde de agua fría. Siento una punzada de rabia que me sube desde el estómago hasta la garganta.
—¿Vivir separados? —mi voz sale más alta de lo que esperaba. Me pongo de pie de un salto, apartando la silla con un estruendo—. ¿Me estás diciendo en serio que, después de todo lo que hemos pasado, de los papeles que firmamos anoche, de los anillos... estás sugiriendo que vivamos en casas distintas?
—Nadia, solo intento no agobiarte, ayer parecías...
—¡Me importa una mierda lo que intentas! —grito, y mi voz resuena en toda la terraza—. ¡Me he pasado meses huyendo de ti, meses echándote de menos, meses sintiendo que me faltaba el aire! Y ahora que por fin estás aquí, ahora que nos hemos prometido que esto es de verdad, ¿me vienes con la "independencia"?
Thiago se levanta, intentando acercarse, pero retrocedo un paso, señalándolo con el dedo mientras las lágrimas de frustración empiezan a asomar.
—¡No quiero independencia, Thiago! ¡Quiero a mi marido! ¡Quiero despertarme todos los días y saber que estás al lado, no en un maldito hotel de lujo en el centro! Si has venido hasta aquí para seguir jugando a que somos extraños que se ven de vez en cuando, te puedes volver a Nueva York ahora mismo.
Me abrazo a mí misma, temblando de rabia. Lo que él ve como respeto, yo lo siento como un rechazo, como si todavía tuviera un pie fuera de nuestra relación por miedo a que yo lo aleje.
—¡No me agobias! —le grito de nuevo, con el pecho agitado—. Me agobia que pienses que todavía necesito espacio de ti. ¡Después de lo de anoche, deberías saber que ya no hay espacio que valga!
Thiago se queda inmóvil, procesando mi estallido. Sus ojos verdes se oscurecen, pero esta vez no es por rabia, sino por una comprensión profunda. Se da cuenta de que la Nadia que necesitaba huir ha muerto, y que la mujer que tiene delante solo tiene miedo de una cosa: de volver a perderlo.
El silencio que sigue a mis gritos es sepulcral, solo roto por el rugido lejano del mar. Thiago me mira con una intensidad que me quema, procesando cada una de mis palabras. Da un paso lento hacia mí, acortando la distancia hasta que puedo sentir su calor.
—Perdóname —dice, y su voz es un susurro ronco, despojado de toda la arrogancia del Verdugo—. Solo quería que esta vez fuera perfecto, Nadia. No quería que te sintieras atrapada de nuevo. Pero me he equivocado. Nunca más volveré a sugerir que durmamos bajo techos diferentes.
Suelto un suspiro tembloroso y dejo que me rodee con sus brazos. El nudo en mi pecho empieza a deshacerse.
—No quiero dejar mi casa, Thiago —le digo contra su pecho—. He luchado mucho por este lugar. Es mi refugio.
Él sonríe, besando mi frente.
—Entonces aquí nos quedaremos. Si este es tu reino, yo seré tu guardia.
—Hablando de guardias... —me separo un poco y señalo hacia la calle, donde una pequeña casa de invitados se alza justo enfrente de la mía—. He hablado con el dueño. Está disponible para alquilar. He pensado que sería el lugar perfecto para Mateo. Estará lo suficientemente cerca para los negocios, pero nos dará la intimidad que necesitamos.
Thiago suelta una carcajada suave, una que ilumina sus ojos de una forma que rara vez veo.
—Lo tienes todo planeado, nena. A Mateo le va a encantar estar tan cerca de la acción.
Me quedo mirándolo, sintiendo que el corazón me va a estallar.
—Te amo, Thiago —suelto, sin filtros, sin miedos.
Él se queda inmóvil. Sus ojos verdes se clavan en los míos, fijos, como si estuviera grabando ese momento en su memoria. No dice nada de inmediato, pero la forma en que me aprieta contra él lo dice todo. Sin embargo, hay una espina que todavía tengo clavada, un fantasma que necesito ahuyentar antes de entregarte por completo mi paz.
—Thiago... —susurro, bajando la vista hacia su nueva alianza—. ¿Qué pasa con Lys?
Siento cómo sus músculos se tensan bajo mis manos.
—¿A qué viene eso ahora? —pregunta con voz tensa.
—Necesito saberlo. Qué sentías con ella... cuando lo hacíais. Necesito saber si lo que tenemos es diferente.
Thiago me toma por la barbilla, obligándome a mirarlo. Su expresión es severa, pero no hay mentira en su mirada.
—No vuelvas a pensar en eso, Nadia —sentencia con una firmeza absoluta—. Ella no fue nadie. Fue un error, una distracción en un momento en que yo estaba perdido. No hubo alma, no hubo este fuego... no hubo nada que se le parezca a lo que siento cuando te toco a ti. Ella es pasado muerto. Tú eres mi presente y mi único futuro.
Asiento, dejando que sus palabras entierren de una vez por todas el nombre de Lys. Él me besa de nuevo, un beso que sabe a borrón y cuenta nueva, mientras la luna de California presencia cómo los Valdés finalmente echan raíces en la arena.




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