El despertar del verdugo

22 Reencuentro

Thiago

El asfalto de Los Ángeles vibra bajo el sol, pero por primera vez en mi vida, el calor no me irrita. He pasado años siendo un hombre de sombras, moviéndome entre los callejones de Nueva York y el cemento frío de Chicago, pero aquí, junto a Nadia, el aire se siente distinto.
He delegado casi todo. Le di órdenes claras a Mateo: Nueva York sigue siendo mi base de operaciones, pero mis activos se están moviendo hacia el oeste como una marea imparable. Las inmobiliarias ya están cerrando tratos en Santa Mónica y las graveras están empezando a suministrar material para las nuevas infraestructuras de la costa. Estoy echando raíces en la tierra que ella eligió, y lo estoy haciendo con la misma agresividad con la que conquisté Manhattan, pero con un propósito mucho más noble: no tener que volver a dejarla sola.
Veo el jet privado aterrizar y deslizarse por la pista. La puerta se abre y ahí aparece él.
Mateo baja las escalerillas con sus gafas de sol puestas y esa sonrisa de suficiencia que lo caracteriza. Ni siquiera esperó a ver la casa que Nadia sugirió; en cuanto le envié las fotos y le dije que ella la había elegido, compró la propiedad directamente. Ese es el nivel de lealtad que nos une.
Camino hacia él y nos estrechamos la mano con un golpe firme en el hombro. Mateo me observa de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de lo habitual en mi rostro.
—Maldita sea, Thiago —dice, ensanchando su sonrisa—. Te veo feliz, amigo.
Me quedo en silencio un segundo, sorprendido por su franqueza. Normalmente, mi cara es una máscara de piedra que solo proyecta autoridad o amenaza. Pero hoy, mientras el sol de California me calienta la nuca y sé que Nadia me espera en casa con el café recién hecho, no puedo ocultarlo.
—La ciudad me sienta bien, Mateo —respondo, intentando recuperar mi tono serio, aunque sé que no lo engaño—. ¿Cómo está todo en Nueva York?
—Bajo control. Los sindicatos saben que sigues siendo el que corta el bacalao, aunque lo hagas desde una terraza frente al mar —suelta una carcajada y mira hacia el horizonte—. Así que esa es la famosa casa de enfrente, ¿eh? La que compré a ciegas.
—A Nadia le gustaba para ti. Eso debería bastarte —le digo, empezando a caminar hacia el coche.
—Si a la jefa le gusta, a mí me encanta.
Mientras conducimos hacia nuestra nueva base de operaciones, me doy cuenta de que Mateo tiene razón. Estoy feliz. Pero no es una felicidad tranquila; es la satisfacción del depredador que por fin ha asegurado su tesoro más preciado. Nueva York era mi trabajo, pero Los Ángeles... Los Ángeles es mi hogar porque ella está en él.
Llevo a Mateo directamente al restaurante donde hemos quedado con Nadia. Ella hoy tenía asuntos que cerrar en su oficina —su verdadera oficina, la que ella misma levantó en esta ciudad— y verla desenvolverse en su propio terreno es algo que todavía me fascina.
Estamos sentados cuando la puerta del local se abre. Nadia entra con un traje de chaqueta que le queda impecable, caminando con una seguridad que hace que varias cabezas se giren a su paso. Ya no es la chica asustada de Chicago; es una mujer que sabe exactamente cuánto vale.
Mateo se queda de piedra. Deja la copa a medio camino de la boca y me susurra sin apartar la vista de ella:
—Maldita sea, Thiago... está diferente. Se la ve... radiante. No parece la misma persona que dejamos en aquella casa de campo.
—Lo sé —respondo con una mezcla de posesividad y orgullo—. La libertad le sienta mejor que cualquier joya que yo pudiera comprarle.
Nadia llega hasta nuestra mesa con una sonrisa brillante. No hay rastro de tensión. Se lanza a los brazos de Mateo, dándole un abrazo cálido que él corresponde con una alegría genuina. Durante la comida, ella le pregunta por el viaje y por las últimas novedades, mientras yo observo la escena en silencio, disfrutando de esta extraña pero perfecta armonía.
Después de comer, nos dirigimos a la nueva casa de Mateo, justo enfrente de la nuestra.
—Espero que te guste, Mateo. Me he tomado la libertad de preparar algunas cosas —dice ella mientras abre la puerta con su propio juego de llaves.
Cuando entramos, incluso yo me quedo sorprendido. Nadia no solo descubrió la casa para Mateo; la ha convertido en un hogar en tiempo récord. No falta un solo detalle: la cocina está equipada con su comida favorita, las sábanas son de la mejor calidad, hay una televisión de última generación instalada y un ordenador de alta gama listo para que empiece a trabajar en la expansión de nuestras graveras e inmobiliarias.
Mateo camina por el salón, tocando las superficies, casi sin palabras.
—Nadia... esto es demasiado. No tenías por qué... —empieza a decir Mateo, visiblemente conmovido.
—Claro que sí —lo interrumpe ella con firmeza—. Eres la familia de Thiago, y por lo tanto, eres la mía. Aquí en Los Ángeles nos cuidamos unos a otros.
Me quedo apoyado en el marco de la puerta, observándola. Ella se mueve por el espacio señalándole dónde está cada cosa, con esa energía protectora que nunca pensé que vería en una mujer ligada a mi mundo. La miro y siento un pecho inflado de orgullo. Es inteligente, es detallista y tiene una clase que no se aprende en los manuales de la mafia.
Ella se gira y me encuentra mirándola. Me dedica una sonrisa cómplice, sabiendo exactamente lo que estoy pensando. En este momento, no solo somos socios o amantes; somos un frente unido.
—¿Qué te parece, Verdugo? —me pregunta con tono juguetón—. ¿He aprobado el examen de anfitriona?
Me acerco a ella, ignorando por un segundo a Mateo, y le pongo una mano en la nuca para atraerla hacia mí.
—Has superado cualquier expectativa, nena. Como siempre.
En cuanto la puerta de casa se cierra, el ambiente se vuelve denso, cargado de esa electricidad que solo nosotros dos generamos. Nadia no pierde el tiempo. Antes de que termine de soltar las llaves, ya la tengo encima. Me rodea el cuello con los brazos y me atrae hacia ella con los ojos encendidos.
—Te necesito dentro de mí, Thiago. Ya —susurra, y su urgencia es un disparo directo a mi instinto.
Cualquier hombre caería de rodillas, pero yo no soy cualquier hombre. Verla tan segura, tan dueña de su deseo tras su éxito con la casa de Mateo, me despierta un instinto juguetón. Quiero ver cuánto puede aguantar. Quiero verla arder un poco más antes de darle lo que pide.
Esbozo una sonrisa de medio lado y, con una lentitud deliberada, le quito las manos de mi cuello.
—¿Sabes qué, nena? —murmuro, dándome la vuelta para caminar hacia el mueble bar con total parsimonia—. Creo que hoy no me apetece. Ha sido un día largo de aeropuertos y tráfico... lo único que quiero es una copa de whisky y un poco de silencio.
Me sirvo el licor, escuchando el silencio estupefacto que se ha formado detrás de mí. Sé que no me cree. He estado viviendo aquí con ella y sabe que hoy no he hecho más que recoger a Mateo, pero el juego ya está en marcha.
—¿Qué has dicho? —su voz suena una octava más baja. Peligrosa.
—Lo que has oído —respondo, dándole un sorbo al whisky y sentándome en el sofá con fingida relajación—. No estoy de humor, Nadia. No soy una máquina que puedes encender cuando quieras.
Nadia camina hacia mí, y cada paso es como el de una pantera acechando. Se detiene frente a mí, bloqueando la televisión, y comienza a desabrocharse los botones de la blusa de seda uno a uno, sin dejar de mirarme a los ojos con un desafío ardiente.
—¿Ah, sí? ¿No estás de humor? —se inclina hacia delante, rozando mi nariz con la suya, dejando que el aroma de su piel me invada—. Pues qué pena, Verdugo. Porque yo no acepto un "no" por respuesta.
Me mantengo impasible, aunque por dentro estoy a punto de perder el control. Ella se sienta a horcajadas sobre mis muslos, moviendo las caderas con una lentitud tortuosa, restregándose contra mi erección, que delata mi mentira con una fuerza insultante.
—Parece que tu cuerpo no está tan "desganado" como tu boca, Thiago —ronronea, mordiéndome el lóbulo de la oreja mientras sus manos bajan hacia mi cinturón.
—Reacción fisiológica, nada más —le digo, apretando los dientes cuando sus dedos empiezan a juguetear con el cierre de mi pantalón—. No te esfuerces, nena. He decidido que esta noche descansaré.
Nadia suelta una risa ronca, me quita la copa de la mano y la deja sobre la mesa sin apartar su peso de mi regazo. Sus dedos empiezan a desabrochar mi camisa con una destreza que me hace jadear.
—No vas a descansar, y no vas a dormir nada —sentencia ella, pegando sus labios a los míos, apenas rozándolos, negándome el beso—. Vas a suplicarme que me quede. Vas a rogarme que te toque. Y cuando lo hagas, quizá sea yo la que decida que ya no tiene hambre.
El juego ha empezado. Ella cree que tiene las riendas, pero no hay nada que me guste más que verla intentar domarme en mi propio terreno.
La tensión en el salón se vuelve casi insoportable. Nadia sabe exactamente qué botones pulsar, y yo estoy disfrutando de cada segundo de mi propia tortura. Me mantengo con la espalda pegada al sofá, las manos descansando en los apoyabrazos, fingiendo una indiferencia que me está costando la vida mantener.
Nadia termina de desabrochar mi camisa y la abre, dejando mi pecho al descubierto. Sus uñas, perfectamente cuidadas, trazan el contorno de mis tatuajes, bajando lentamente hasta mi abdomen, donde mis músculos se tensan involuntariamente ante su tacto.
—Sigues mintiendo, Thiago —susurra, bajando la blusa por sus hombros hasta que cae al suelo, dejándola solo en un sujetador de encaje negro que me corta la respiración—. Tus ojos te delatan. Tienes hambre. Tienes mucha hambre.
Se inclina hacia mi cuello y empieza a dejar besos húmedos, subiendo hasta mi mandíbula. Siento su calor, su aroma a jazmín y piel, y el roce constante de sus muslos contra los míos. Es una agonía deliciosa.
—He dicho que no —repito, aunque mi voz suena ahora mucho más rota y profunda de lo que pretendía—. Deberías irte a dormir, Nadia. Sola.
Ella se detiene y se separa apenas unos centímetros, mirándome con una chispa de malicia en los ojos. Se muerde el labio inferior y, sin previo aviso, lleva sus manos a su espalda para desabrochar el cierre de su sujetador. Lo deja caer sin apartar la vista de la mía.
—Está bien —dice ella, con una sonrisa triunfante al ver cómo mis pupilas se dilatan—. Me iré a dormir. Pero antes...
Se inclina y pasa la punta de su lengua por mi labio inferior, muy despacio, antes de succionarlo con fuerza. Mis manos se cierran en puños sobre el sofá. Estoy a un segundo de romperme. Ella lo sabe. Se levanta de mi regazo con una elegancia felina, dándome la espalda y empezando a caminar hacia la escalera, moviendo las caderas de esa forma que sabe que me vuelve loco.
—Buenas noches, Verdugo —dice por encima del hombro, con un tono burlón—. Disfruta de tu "descanso".
Se detiene en el primer escalón, esperando. Sabe que no voy a dejarla llegar arriba.
La miro desde el sofá, viendo su espalda desnuda y la curva de su cintura bajo la luz tenue del salón. La paciencia se me acaba de golpe. El juego ha sido divertido, pero el Verdugo ya no puede contenerse más.
Me pongo en pie con un movimiento brusco, dejando la copa olvidada sobre la mesa. Cruzo el salón en tres zancadas y, antes de que pueda poner un pie en el segundo escalón, la agarro por la cintura y la giro, atrapándola entre mi cuerpo y la barandilla de madera de la escalera.
—Has ganado, ratoncito —gruño contra su boca, hundiendo mis dedos en su cadera—. Pero ahora vas a pagar el precio por haberme hecho esperar.
Nadia suelta una risa de pura victoria justo antes de que mis labios se estrellen contra los suyos, reclamando el territorio que ella tan hábilmente ha estado tentando toda la noche. Ya no hay rastro de cansancio, ni de whisky, ni de juegos. Solo quedamos nosotros, la urgencia y el eco de sus gemidos contra la madera de la escalera.
El sonido del teléfono estrellándose contra el suelo aún resuena en mis oídos, pero lo único que veo es el fuego en los ojos de Nadia. Está fuera de sí, temblando de odio y decepción, y sé que si la dejo irse a la habitación con ese sentimiento, la habré perdido antes de empezar nuestra vida aquí.
No voy a dejar que un fantasma del pasado destruya lo que he cruzado un país para construir.
—No me voy a ninguna parte —digo con una calma que parece enfurecerla más.
Me lanzo hacia ella. Nadia intenta esquivarme, me golpea el pecho con los puños y me grita que la suelte, pero la atrapo contra la pared fría del pasillo. La beso. Es un beso desesperado, dominante, una lucha de voluntades. Ella se resiste, aprieta los labios y gira la cara, jadeando de rabia.
—¡Suéltame, Thiago! ¡Vete con ella! —me grita, pateando mis espinillas, luchando por zafarse de mis brazos.
—Escúchame, ratoncito —susurro contra su oído, ignorando sus golpes, envolviéndola con mi cuerpo para inmovilizarla con firmeza pero sin dañarla—. No hay nadie más. Nunca la hubo. Ella es ruido, tú eres la música. Ella es un error, tú eres mi redención. Te amo a ti, joder. Solo a ti.
—¡Mentira! —solloza ella, aunque sus golpes empiezan a perder fuerza, reemplazados por un temblor de pura angustia.
No la dejo pensar. La cargo en vilo, ignorando sus protestas, y la deposito sobre la consola del pasillo, apartando los adornos de un manotazo. Me coloco entre sus piernas, bloqueando cualquier salida. Ella sigue forcejeando, empujando mis hombros, con el rostro empapado en lágrimas y furia.
—Mírame, Nadia —le ordeno, obligándola a fijar sus ojos en los míos—. Se acabó con Lys hace mucho. Antes incluso de que volviera a verte. Ese mensaje no significa nada porque yo no siento nada.
Sin esperar respuesta, me abro paso. Me hundo en ella de una sola estocada, firme y profunda, reclamando mi lugar. Nadia suelta un grito ahogado, una mezcla de protesta y placer traicionero. Se resiste, gira la cara, intenta mantener la rigidez de su cuerpo para no darme el gusto, pero mis manos la sujetan por las caderas, marcando un ritmo implacable, posesivo.
—No me pidas que me vaya. —le ruego entre embestidas, mi voz rompiéndose por la intensidad—. Quiero quedarme contigo.
Siento cómo su cuerpo empieza a ceder a pesar de su mente. Sus dedos, que antes me golpeaban, ahora se entierran en mis hombros buscando apoyo. El ritmo se vuelve frenético, una batalla carnal donde el dolor de la discusión se transforma en una necesidad devastadora. Nadia empieza a jadear, sus movimientos se vuelven erráticos, buscándome, rindiéndose a la marea que nos arrastra a ambos.
Cuando el orgasmo la alcanza, es violento y total. Su cuerpo se arquea, sus gritos de rabia se transforman en gemidos de entrega absoluta y se aferra a mí como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmorona. Yo la sigo segundos después, vaciándome en ella, dejando en ese acto cada gramo de mi frustración y mi promesa.
Nos quedamos así, jadeando, con las frentes unidas en la penumbra del pasillo. El silencio vuelve a reinar, pero esta vez es distinto.
—Se acabó, Nadia —le digo, con el corazón golpeando mi pecho contra el suyo—. Lys no existe. Mañana cambiaré de número, quemaré Nueva York si hace falta, pero no permitas que ella gane. No permitas que nos separe.
Nadia me mira, con los ojos aún empañados, y por fin, después de lo que parece una eternidad, sus brazos me rodean el cuello, no para luchar, sino para no dejarme ir.
La mañana en Los Ángeles nace con una luz limpia, pero el aire en la habitación sigue cargado de la electricidad de la noche anterior. Me he levantado antes que ella. He ido a una tienda, he comprado un móvil nuevo y he insertado mi tarjeta SIM.
Nadia se despierta poco a poco, restregándose los ojos, pero se pone en guardia en cuanto me ve sentado en el borde de la cama con el teléfono en la mano. No digo nada. Busco el número de Lys y pulso el botón de llamada, activando el altavoz. Quiero que Nadia escuche el final de esta historia. Quiero que vea cómo entierro el pasado delante de sus ojos.
El tono suena tres veces. Ella contesta al primer segundo, con una voz que intenta sonar dulce pero que solo me resulta patética.
—¿Thiago? —dice Lys—. Sabía que llamarías. Sabía que no podías dejarlo así...
—Escúchame bien, Lys —mi voz es puro acero, la del Verdugo que no muestra piedad—. Se acabó. Te lo dije hace meses, pero parece que tu cabeza no procesa las órdenes. En el momento en que empezaste a meterte en mis recuerdos con Nadia, en el momento en que intentaste entrometerte en mi vida con mi mujer, dejaste de existir para mí.
—Thiago, por favor... nosotros... tenemos una historia... —empieza a sollozar ella.
—Nosotros no fuimos nada más que amantes cuando yo estaba perdido y ella no estaba —la corto en seco, sintiendo la mirada de Nadia clavada en mi nuca—. Nunca hubo alma, ni fuego, ni nada que se le parezca a lo que siento ahora. No me vuelvas a buscar. No vuelvas a llamar. Borra mi nombre, porque yo ya he borrado el tuyo.
El silencio al otro lado se prolonga, denso. De pronto, el llanto de Lys desaparece, reemplazado por una risa seca y amarga. El despecho toma el control y su voz se vuelve ácida, cargada de un veneno que busca destruir lo que no puede poseer.
—Te arrepentirás, Thiago —sisea ella—. Te arrepentirás de volver con esa mujer. ¿Crees que es tan pura? Se acostó con tu propio hermano. Pregúntale qué se siente al pasar de los brazos de un Valdés a los de otro. Los dos sabemos que ella siempre prefirió el sabor de tu sangre.
Siento cómo la furia me nubla la vista. Mis dedos se aprietan alrededor del teléfono hasta que mis nudillos blanquean.
—Jamás vuelvas a llamarme. Si vuelvo a oír tu voz, desearás no haber nacido —le digo con una calma aterradora antes de colgar violentamente.
Lanzo el móvil sobre la cama y me quedo mirando al vacío. Lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Ese capítulo oscuro en Chicago, cuando Nadia y yo éramos dos extraños odiándonos, es una mancha que siempre he intentado ignorar. Sé que estuvo con Dante. Sé que mi hermano puso sus manos donde solo deberían estar las mías.
Pero escucharlo así, escupido por esa zorra para intentar humillarme delante de mi esposa, hace que mi orgullo de Valdés sangre. Me duele. Me quema en el pecho como si me hubieran vertido plomo derretido.
Me giro hacia Nadia. Mi rostro es una máscara de piedra, pero mis ojos están inyectados en una rabia que me cuesta contener.
—Ahí lo tienes —digo, y mi voz suena rota, profunda—. Ha tenido la maldita desfachatez de usar a Dante para intentar ensuciar lo que tenemos.
Me pongo en pie, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado.
—Sé que pasó, Nadia. Sé que estuviste con él —le digo, deteniéndome frente a ella, obligándola a mirarme—. Pero escucharlo en voz alta... sentir que ella cree que puede usar tu pasado con mi hermano para hacerme dudar de ti... me está matando por dentro.
La tomo de los hombros, apretando quizá un poco más de la cuenta. La herida de la traición de Dante vuelve a abrirse, y aunque la amo, el saber que mi propio hermano compartió lo que yo más deseo en este mundo es un fantasma que hoy grita más fuerte que nunca.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.