El despertar del verdugo

23 Redención

Nadia

El mundo parece detenerse en esta habitación, y por primera vez, el aire de Los Ángeles se siente pesado, asfixiante. Ver a Thiago así me desgarra. No es el Verdugo implacable, ni el hombre autoritario que domina cada situación. Está perdido. Las palabras de Lys han actuado como un ácido, disolviendo su armadura y dejando al descubierto una herida que creía cicatrizada, pero que supuraba veneno en silencio.
Tengo miedo. Miedo de que ese pasado nos alcance y lo arrastre lejos de mí. Sé que lo amo, sé que Dante fue un error nacido de la desesperación y el abandono, un intento fallido de llenar un vacío que solo Thiago podía ocupar. Pero ahora mismo, la lógica no sirve de nada.
—¿Cómo pudiste...? —murmura él, y su voz se quiebra.
Me quedo helada al ver que lágrimas reales caen por sus mejillas. Thiago, el hombre de piedra, está llorando. No puedo creerlo. Mi corazón se encoge tanto que me cuesta respirar. Ver su vulnerabilidad me duele más que cualquiera de sus gritos. Sin pensarlo, me lanzo hacia él y lo abrazo con todas mis fuerzas, hundiendo mi rostro en su cuello.
—Thiago, escúchame... mírame —le ruego, pero él sigue divagando, hablando entre dientes de la traición, de su hermano, con la mirada fija en algún punto oscuro de sus recuerdos.
Está fuera de sí. Necesito traerlo de vuelta. Necesito que sienta que aquí, en esta cama y en este cuerpo, solo existe él.
Con suavidad pero firmeza, lo obligo a sentarse en el borde de la cama. Él se deja llevar, con los hombros hundidos. Me deshago de lo poco que llevo puesto y me posiciono encima de él, horcajadas, obligándolo a sentir mi calor. Tomo su miembro con mi mano y, con un movimiento lento y decidido, lo conduzco hacia mi entrada, empalándome en él de una sola vez.
Thiago suelta un gemido ronco, un sonido que es mitad dolor y mitad placer. Sus manos, instintivamente, se clavan en mis caderas, anclándose a la realidad. Comienzo a moverme sobre él, con un ritmo pausado, constante, reclamando cada centímetro de su ser. Me inclino hacia su oído, dejando que mi aliento roce su piel, y le hablo con una voz cargada de una verdad absoluta.
—Nadie más me hace sentir esto, Thiago. Solo tú —le susurro mientras mis caderas dictan el compás de nuestra unión—. Dante fue un fantasma, una sombra sin nombre. Tú eres mi vida, mi aire, el único hombre que habita en mi piel. Siente cómo me llenas... siente que soy tuya, que siempre lo he sido, incluso cuando estábamos separados.
Él cierra los ojos con fuerza, apretando los dientes, mientras sus lágrimas se mezclan con el sudor de nuestros cuerpos. Sigo moviéndome, envolviéndolo, intentando que cada embestida borre el nombre de su hermano y el veneno de Lys. Quiero que entienda que mi amor por él es una fuerza que el pasado no puede destruir.
—Te amo a ti —le repito al oído, una y otra vez, mientras el placer empieza a nublarnos la vista—. Solo a ti, mi Verdugo. Solo a ti.
El clímax nos alcanza como una explosión que barre los restos del pasado. Mis gritos con su nombre llenan la habitación, fundiéndose con el rugido de su voz pronunciando el mío. Es un momento de comunión brutal, donde el dolor de la traición y el veneno de las palabras de Lys se disuelven en el placer más puro y absoluto.
Nos desplomamos sobre las sábanas revueltas, con los pechos subiendo y bajando al unísono, buscando el aire que se nos ha escapado. El silencio que sigue ya no es tenso; es el silencio de dos personas que acaban de sobrevivir a un naufragio.
Me apoyo en el codo y le busco la mirada. Sus ojos verdes todavía están empañados, pero la negrura de la crisis ha empezado a remitir. Le acaricio la mejilla, secando el rastro de las lágrimas con el pulgar.
—Mírame, Thiago —le digo con una seriedad que no admite réplicas—. Tienes que dejar de ir allí. Tienes que dejar de volver a Chicago, a Dante y a todo ese dolor. Si sigues permitiendo que el pasado se siente a nuestra mesa, esto no funcionará. No importa cuántos papeles firmemos o cuántos anillos compremos. Solo tenemos el presente.
Él me observa en silencio durante un largo segundo. Veo cómo su mandíbula se relaja y cómo, finalmente, el Verdugo vuelve a tomar el control de sus emociones, pero esta vez con una paz que antes no tenía.
—Tienes razón —responde con la voz todavía rota por el esfuerzo—. No podemos construir nada sobre cenizas.
Me toma de la nuca y me acerca a él, pegando su frente a la mía.
—Te pido lo mismo, Nadia. No me dejes volver atrás. Si ves que me pierdo, sácame de ahí como acabas de hacer. Prométeme que solo miraremos hacia adelante.
—Te lo prometo —susurro.
Thiago me besa entonces, un beso suave, largo, que sabe a tregua y a un compromiso nuevo, mucho más profundo que el legal. En la luz de la mañana de Los Ángeles, rodeados del lujo de nuestra nueva vida, parece que por fin las sombras han aprendido a quedarse en la oscuridad.




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