El despertar del verdugo

Epílogo: El imperio de la calma

Han pasado dos años desde que el veneno de Lys intentó resquebrajar los cimientos de lo que Nadia y yo estábamos construyendo. Hoy, mientras observo el skyline de Los Ángeles desde nuestra terraza, ese pasado me parece una película borrosa que alguien me contó hace mucho tiempo.
Mis negocios han echado raíces profundas en esta tierra. Las inmobiliarias y las graveras ya no son solo proyectos; son el motor que mueve la ciudad, y yo soy el hombre que sostiene las riendas desde la sombra, con una eficiencia que Nueva York nunca pudo darme. Mateo sigue ahí, en la casa de enfrente, vigilando mi flanco y gestionando el imperio con la lealtad de siempre. Pero mi verdadera paz no está en los libros de cuentas.
Siento el roce de su mano en mi espalda y mi cuerpo se relaja al instante. Nadia se coloca a mi lado, mirando la ciudad que ella misma conquistó mucho antes de que yo llegara con mi oscuridad. Su oficina sigue siendo su orgullo, y verla prosperar en su terreno es lo que mantiene mi respeto ardiendo.
—El contrato de la costa se ha cerrado esta mañana —dice ella con esa seguridad que me enamora cada día más—. Todo está en orden, Thiago.
La atraigo hacia mí, rodeando su cintura con un brazo. Miro su perfil bajo la luz del atardecer y recuerdo aquella mañana en la que me perdí, en la que las lágrimas y el nombre de mi hermano casi nos hunden. Me parece increíble lo lejos que hemos llegado desde que decidimos que el presente era nuestra única ley.
—Lo sé —le respondo, entrelazando mis dedos con los suyos, donde su alianza brilla bajo el sol—. Pero me importa más que nosotros estemos en orden.
A veces, el nombre de Dante cruza mi mente como una sombra fugaz, pero ya no tiene poder. Entendí que la verdadera victoria no era olvidar lo que pasó, sino aceptar que Nadia eligió quedarse aquí, conmigo, construyendo un hogar donde otros solo veían negocios. Ella no fue nunca una víctima, ni yo su salvador; fuimos dos personas que decidieron que el amor pesaba más que la sangre y el orgullo.
—Me prometiste que solo miraríamos hacia adelante —me recuerda ella, con una sonrisa cómplice.
—Y cumplo mis promesas, nena —le susurro al oído antes de besarla—. Siempre.
El pasado se quedó en las calles frías de otras ciudades. Aquí, en nuestro refugio de cristal sobre la colina, solo queda el hombre que aprendió a amar y la mujer que nunca se rindió. El imperio de los Valdés en Los Ángeles no se levantó sobre el miedo, sino sobre la promesa que nos hicimos aquel día: nosotros, ahora y siempre.
FIN




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