El Despertar: La Herencia De La Luz

Capítulo 1: El Eco del Caos

El cielo no era azul, ni siquiera negro. Era una masa hirviente de sombras que parecían devorar la poca luz que quedaba en el horizonte. Yo estaba allí, de pie sobre el borde de lo que los humanos llaman un rascacielos, aunque para mí no era más que una aguja de cristal en medio de un hormiguero en llamas. El viento azotaba mi rostro, cargado con el olor metálico de la sangre y el aroma dulce del miedo que emanaba de la ciudad a mis pies.

Me había encerrado en mi mundo durante siglos. Un mundo extraño para muchos, un refugio hecho de óleos, lienzos y un silencio sepulcral que nunca debí abandonar. La humanidad ya no me importaba; cada día que pasaba caminando entre ellos, su especie me asqueaba más. Es sorprendente, incluso para alguien que ha visto el nacimiento de las estrellas, el nivel de maldad que puede alcanzar esta raza tan amada por mi Creador. Los observé destruirse por monedas, odiarse por el color de su piel y quemar el mismo suelo que les daba de comer.

—¿Por qué los amas tanto? —le había preguntado mil veces al vacío, sin obtener respuesta.

La maldad finalmente cubrió la tierra; era cuestión de tiempo. El amor de muchos se enfrió, tal como estaba escrito en los pergaminos que los hombres prefirieron ignorar. Durante mi exilio, llegué a caminar entre ustedes y admito que encontré destellos de bondad, pequeñas chispas en la oscuridad. Pero las tinieblas que heredaron desde que el primer hombre desobedeció eran más abundantes. Por eso decidí no involucrarme. Me refugié en la expresión más pura del alma: el arte. En mis lienzos abstractos vertí todo mi desprecio y mi nostalgia por un hogar al que ya no pertenecía.

Pero ahora, el fin parecía haber llegado. Las tinieblas se movían como un océano de chapapote en el cielo. «Es lo correcto», pensé en el fondo de mi ser. «Deben desaparecer». No me juzguen por pensar así; si de juzgar se trata, ustedes ya están perdidos. He visto cómo su ambición al poder ha llevado al planeta a este punto de no retorno.

Sin embargo, ella estaba a mi lado.

Sentí su mano pequeña y cálida rozar mi brazo, un contraste violento con el frío glacial que descendía del cielo. Evelyn. Ella era el único error en mi teoría de extinción. El motivo por el cual, a pesar de todo mi odio, mi corazón aún latía con un ritmo humano.

—Parece ser el fin —susurró ella con la voz quebrada, pero sus ojos, esos ojos llenos de una fe que yo no logaba comprender, no tenían rastro de odio.

—No, amada mía —le dije, y mi voz sonó como el trueno que precede a la tormenta—. No será así. Tú has sido el motivo por el que aún creo que puede haber algo rescatable en este basurero. Verás lo que realmente soy. Verás mi verdadera naturaleza y cómo la luz, aunque sea la de un ángel olvidado, siempre prevalecerá.

Un manto oscuro total cubrió el cielo. Dos ojos enormes y malignos se abrieron en las nubes, observándome con un hambre ancestral. Sentí que el planeta mismo estaba llorando bajo el peso de esa presencia. Evelyn me abrazó, buscando un refugio que yo, hasta hace un momento, no estaba dispuesto a dar.

Besé su frente con una ternura que me quemó el alma.

—Ve con los tuyos, Evelyn —le ordené—. Busca a los que amas, diles lo mucho que el Creador les quiere... por si hoy es el último día de este mundo.

Un destello de luz blanca y pura brotó de mi columna vertebral. El dolor fue exquisito, un recordatorio de quién era yo antes de las pinturas y el asco. Mis alas aparecieron, inmensas, de un blanco que hería la vista, sacudiendo el aire con una fuerza que hizo vibrar el edificio. Sentí el respaldo del Creador fluyendo por mis venas; era la validación que necesitaba.

Concentré toda mi energía en mi mano derecha. El aire a mi alrededor empezó a chisporrotear con electricidad divina. Con un rugido que no era humano, me lancé desde la cornisa directamente hacia el centro de las tinieblas. Ellas abrieron su boca hambrienta para recibirme. El choque de energías fue inminente, una explosión de luz contra vacío que amenazaba con desintegrar la realidad misma.

Y justo a unos cuantos metros del impacto... desperté.

Abrí los ojos de golpe, jadeando. El techo de madera de mi estudio estaba allí, tranquilo. El olor a trementina y barniz sustituyó al olor del fin del mundo. Mis manos no brillaban; estaban manchadas de pintura gris.

—Solo un sueño —susurré, pero en mi espalda, justo entre los omóplatos, sentía un calor residual que me decía que el olvido estaba llegando a su fin.




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