El Despertar: La Herencia De La Luz

Capítulo 2: Pinceladas de Asco

El silencio de mi estudio era una mentira. Aunque las paredes eran gruesas y los ventanales estaban sellados, yo podía escuchar el latido de la ciudad afuera: el rugido de los motores, las sirenas que gritaban tragedias y el murmullo incesante de millones de personas persiguiendo nada. Para los humanos, eso era el sonido del progreso; para mí, era el sonido de una colmena descompuesta.

Me levanté del diván, todavía con el rastro de sudor del sueño enfriándose en mi piel. Mis manos temblaban ligeramente. Fui hacia el espejo del baño y me eché agua fría en la cara. Observé mi reflejo. Daniel. Un nombre que sonaba a justicia y a profecía, pero que aquí, en este siglo, solo pertenecía a un pintor excéntrico de treinta y tantos años, con ojeras profundas y una mirada que parecía haber visto demasiados funerales.

—Olvido —susurré, mirando mis hombros en el espejo. No había cicatrices, no había plumas, solo piel humana, frágil y mortal—. Has convivido tanto con ellos que ya sueñas que eres uno de sus héroes.

Salí del baño y caminé hacia el centro del estudio. Era un espacio amplio, una antigua fábrica convertida en santuario. Decenas de lienzos se amontonaban contra las paredes. Eran cuadros abstractos, composiciones de negros profundos, grises cenizas y rojas que recordaban a la sangre seca. Eran mis "pinceladas de asco". Los humanos pagaban fortunas por ellos; decían que mi arte capturaba "la angustia de la era moderna". Idiotas. Lo que capturaban era mi desprecio por ellos.

Me acerqué a un lienzo en blanco y tomé una espátula. No necesitaba pinceles para lo que sentía hoy. Comencé a atacar la tela con movimientos violentos, mezclando negro humo con un azul tan oscuro que parecía herir la vista. Cada trazo era un recuerdo del egoísmo que vi el día anterior en la calle: un hombre ignorando a un mendigo, una mujer gritándole a su hijo, la indiferencia sistemática de una especie que se autodestruye mientras sonríe para una pantalla.

—Son basura —masqué entre dientes, mientras el cuadro tomaba una forma caótica, como una tormenta de alquitrán.

El timbre de la galería, ubicada en la planta baja, rompió mi trance. No esperaba a nadie. Mi agente sabía que no debía molestarme los martes. Bajé las escaleras de caracol con la intención de echar a quienquiera que estuviera allí, pero al llegar al último peldaño, me detuve.

La luz de la tarde entraba por los ventanales de la galería, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. En medio de esa luz, frente a uno de mis cuadros más sombríos —uno que yo llamaba "La Caída del Vacío"—, estaba ella.

No era como las demás personas que visitaban el lugar. No llevaba ropa de marca ni esa expresión de falsa sofisticación. Vestía un vestido sencillo de flores y sostenía un libro pequeño contra su pecho. Parecía una mota de color en un mundo que yo me había esforzado en pintar de gris.

Me acerqué con paso firme, endureciendo el rostro. —La galería está cerrada —dije, y mi voz sonó más cortante de lo que pretendía.

Ella se sobresaltó ligeramente y se giró. Sus ojos eran claros, limpios, desprovistos de esa capa de malicia que yo veía en todo el mundo. Me miró por un segundo que se sintió como una eternidad, y en lugar de sentirse intimidada por mi presencia huraña, sonrió.

—Lo siento mucho —dijo con una suavidad que me resultó molesta—. La puerta estaba entreabierta y... me quedé hipnotizada por este cuadro.

—Es un estudio sobre la desesperación —respondí, cruzando los brazos—. No es algo para "hipnotizarse". Debería causarte rechazo.

Ella volvió a mirar el lienzo, donde el negro parecía tragarse todo rastro de luz. Se quedó en silencio un momento y luego negó con la cabeza. —No es solo desesperación. Mire aquí, en esta esquina, donde el pincel apenas rozó la tela. Hay un trazo de dorado oculto bajo las sombras. Es como si alguien estuviera gritando que todavía hay una salida. Es... hermoso.

Sentí una punzada de irritación en el pecho. Nadie veía el dorado. Yo mismo había intentado cubrirlo tres veces y siempre terminaba brotando, como una mancha que no podía limpiar.

—¿Quién eres? —pregunté, dando un paso hacia ella.

—Me llamo Evelyn —respondió, extendiendo una mano que no me atreví a tocar—. Y creo que usted tiene mucha luz dentro, aunque se esfuerce tanto por pintar la oscuridad.

Evelyn. El nombre del sueño. El nombre de la mujer que yo, en mi delirio nocturno, intentaba salvar de las tinieblas. La miré de arriba abajo, buscando el engaño, la trampa, la suciedad humana que debía estar allí. Pero no encontré nada. Solo una extraña paz que empezó a agrietar el muro de hielo que yo había construido durante milenios.

—Vete, Evelyn —susurré, retrocediendo hacia las sombras de la escalera—. Aquí no hay luz. Solo pintura y recuerdos que deberías evitar.

Ella no se movió de inmediato. Me miró con una mezcla de lástima y esperanza que me enfureció. —Dios no comete errores con los dones que da, Daniel. Nos vemos luego.

Salió de la galería con la misma ligereza con la que había entrado, dejando tras de sí un aroma a lavanda y una duda que comenzó a arder en mi mente como una brasa encendida. Ella conocía mi nombre, pero yo no se lo había dicho.

Subí a mi estudio y miré el cuadro que estaba pintando. El negro ya no parecía tan absoluto.




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