Caminar por la ciudad después de ver a Evelyn fue como recibir una bofetada de realidad. El aire de la metrópolis estaba viciado, no solo por el humo de los escapes, sino por la energía densa de millones de almas compitiendo por migajas. Para un ser que una vez escuchó la armonía de las esferas celestiales, el ruido de la humanidad era una cacofonía insoportable.
Me subí el cuello del abrigo negro y me hundí en la multitud. Los observaba con ojos de entomólogo analizando una plaga. Veía a los ejecutivos de traje gris caminando con arrogancia, ignorando al anciano que temblaba de frío en la esquina; veía a los jóvenes absortos en sus espejos de cristal negro, buscando una aprobación virtual que nunca llenaría su vacío.
—El error de la Creación —masqué para mis adentros—. Les dieron el libre albedrío y solo aprendieron a usarlo para ser arquitectos de su propia miseria.
Me detuve frente a una pantalla gigante en una plaza. Las noticias mostraban otra guerra en un continente lejano, otro escándalo de corrupción, otra especie extinguida por la avaricia. Una oleada de náusea me recorrió. Sentía el peso de mi exilio más que nunca. El Creador los amaba, los llamaba "Sus favoritos", y sin embargo, eran la única especie que se autodestruía por placer.
¿Por qué yo estaba atrapado aquí? Yo, que no pedí caer, que fui arrastrado por el torbellino de una guerra que no era la mía. ¿Por qué debía compartir el oxígeno con seres que no valoraban la vida?
—¿Daniel? —Una voz suave rompió mi espiral de amargura.
Me giré bruscamente. Era ella. Evelyn estaba de pie frente a una pequeña mesa plegable, rodeada de cajas de cartón. Llevaba un suéter tejido y el cabello recogido de forma descuidada. No estaba en una galería de arte; estaba en una de las zonas más duras de la ciudad, repartiendo comida y mantas.
—Vaya, el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido —dije, acercándome con las manos en los bolsillos—. ¿Qué haces aquí, Evelyn? Este no es lugar para alguien que cree en "soles ocultos".
Ella no se amilanó ante mi sarcasmo. Siguió doblando una manta con parsimonia. —Es precisamente aquí donde más se necesita creer en ellos, Daniel. Estamos preparando una jornada para los que no tienen hogar. ¿Quieres ayudar?
Solté una carcajada seca, carente de alegría. —¿Ayudarlos? ¿Para qué? Mañana volverán a tener hambre, volverán a tener frío y la mayoría de los que pasan por aquí ni siquiera los mirarán a los ojos. La humanidad es un caso perdido. Se devoran entre ellos, Evelyn. ¿No lees las noticias?
Evelyn se detuvo y me miró directamente a los ojos. No había juicio en su mirada, solo una paciencia infinita que me resultaba exasperante. —Leo las noticias, pero también veo los corazones. Sí, hay maldad, hay oscuridad... pero si todos nos sentamos a esperar que el mundo se acabe, entonces la oscuridad ya ganó. Dios nos puso aquí para ser luz, no para ser jueces.
—Tu Dios tiene una paciencia que yo no poseo —respondí, bajando la voz—. Yo he visto demasiado. He visto siglos de lo mismo. Nada cambia. El hombre nace, destruye y muere. Es un ciclo estúpido.
En ese momento, un grupo de hombres jóvenes, con el rostro endurecido por el alcohol y la mala vida, pasó cerca de nosotros. Uno de ellos empujó la mesa de Evelyn, tirando varias cajas al suelo. —¡Quítense del medio con su basura religiosa! —gritó el tipo, riendo mientras seguía de largo.
Evelyn suspiró y se agachó para recoger las cosas. Yo sentí que algo hervía en mi interior. No era compasión, era una furia fría contra la falta de respeto, contra esa fealdad humana que tanto repudiaba. Estuve a punto de dar un paso adelante, de cerrar el puño y mostrarle a ese mortal lo que ocurre cuando provocas a un ángel, aunque sea uno caído.
Pero Evelyn me puso una mano en el brazo, deteniéndome. —No vale la pena —dijo suavemente—. Él solo tiene miedo. El odio es solo miedo disfrazado de poder.
—Es basura, Evelyn —dije, liberando mi brazo con brusquedad—. Y tú pierdes el tiempo. Deseas salvar a una especie que desea extinguirse. Si yo fuera Él, ya habría borrado este planeta del mapa estelar.
Me di la vuelta para marcharme, pero sus palabras me alcanzaron antes de que pudiera alejarme demasiado. —Quizás por eso Él es Dios y tú solo eres un hombre amargado, Daniel. Pero recuerda esto: la luz no necesita permiso para brillar en la oscuridad. Simplemente lo hace.
Regresé a mi estudio casi corriendo. El encuentro me había dejado agitado. Me encerré y fui directo al lienzo que había empezado en la mañana. Tomé la espátula y empecé a cubrir el dorado que ella había mencionado. Lo cubrí con capas gruesas de gris plomo y ceniza.
Sin embargo, mientras pintaba, mi mente no podía dejar de reproducir la imagen de Evelyn recogiendo esas cajas con una sonrisa tranquila, a pesar de los insultos.
—Es una tonta —susurré al estudio vacío—. Una hermosa tonta creyente.
Me senté en el suelo, rodeado de mis cuadros de sombras. Por primera vez en décadas, no sentí la satisfacción de mi odio. Sentí una soledad inmensa, un vacío que ninguna pintura podía llenar. El sueño del ángel y las tinieblas volvió a mi memoria, pero esta vez, el rostro de la maldad no era un monstruo... tenía la cara de todos los hombres que había visto en la calle.
Y en medio de ese caos, la luz de Evelyn era lo único que mantenía el cuadro de mi realidad unido.