Pasé tres días sin salir del estudio. Me alimenté de café amargo y del humo de mis propios pensamientos. En la soledad de mi encierro, intenté convencerme de que las palabras de Evelyn no eran más que el balbuceo optimista de una humana que no entendía la verdadera escala del universo. Ella hablaba de "luz" como si fuera una linterna en un callejón, sin comprender que yo había visto soles enteros apagarse bajo el peso de la indiferencia.
Sin embargo, mi arte me traicionaba. Cada vez que intentaba plasmar el vacío, mi mano se desviaba. Los trazos ya no eran tan caóticos; empezaban a tener un orden, una especie de ritmo que me recordaba a la forma en que ella movía sus manos al recoger aquellas cajas en la calle.
El jueves por la tarde, el timbre de la galería volvió a sonar. No tuve que mirar por la cámara de seguridad para saber quién era. El aire en el edificio cambió, volviéndose más ligero, menos viciado.
Bajé las escaleras, esta vez sin la intención de echar a nadie. La encontré examinando una pequeña escultura de metal que yo había hecho siglos atrás, una representación de una llama que se retorcía sobre sí misma.
—Evelyn —dije, apoyándome en el marco de la puerta—. Eres persistente. Eso es una virtud humana, aunque a menudo se confunde con la terquedad.
Ella se giró y me dedicó una sonrisa que iluminó las sombras de la sala. Llevaba una pequeña bolsa de papel que desprendía un aroma a canela y pan fresco.
—Y tú eres un ermitaño, Daniel. Eso es una virtud de los sabios, aunque a menudo se confunde con la amargura —respondió ella, devolviéndome el golpe con una elegancia que me hizo sonreír casi sin darme cuenta.
—¿Qué haces aquí? No creo que hayas venido a comprar arte. No tienes cara de querer colgar la angustia en tu sala de estar.
—He traído galletas —dijo, levantando la bolsa—. Y he venido porque me quedé pensando en lo que dijiste en la plaza. Dijiste que si tú fueras Dios, ya habrías borrado este planeta.
Caminé hacia ella, deteniéndome a una distancia donde podía ver el brillo de su collar: una pequeña cruz de plata. —Y lo mantengo. No hay nada aquí que valga el sacrificio de la eternidad. Solo somos polvo gritando en el vacío.
Evelyn dejó la bolsa sobre un pedestal y se acercó un paso más. Su presencia era cálida, casi eléctrica. —Si solo fuéramos polvo, no podrías pintar como lo haces. Nadie pinta la oscuridad con tanta pasión a menos que sepa, en lo más profundo de su ser, que la luz existe. Viniste a la Tierra por una razón, Daniel. Y no creo que fuera para esconderte en este edificio.
Sentí un escalofrío. "Viniste a la Tierra", dijo ella, como si supiera que mi origen no estaba en un hospital local. La miré con fijeza, buscando alguna señal de que sospechaba la verdad. Pero solo vi honestidad.
—Vine aquí porque no tuve opción —susurré, y por primera vez, mi voz no sonó llena de odio, sino de una fatiga milenaria—. Y lo que he encontrado es una especie que prefiere la guerra a la paz, y la mentira a la verdad.
—Entonces no has mirado bien —replicó ella. Tomó una de las galletas y me la ofreció—. A veces, la luz no es un gran destello que ciega a todos. A veces es solo esto: alguien compartiendo algo dulce con alguien que ha olvidado el sabor de la bondad.
Tomé la galleta. Sus dedos rozaron los míos por un instante. Fue un contacto breve, pero sentí una sacudida que me recordó al sueño, al choque de energías en el cielo. Mi corazón, ese órgano humano que yo despreciaba por su debilidad, latió con una fuerza que me asustó.
—¿Por qué pierdes el tiempo conmigo, Evelyn? Soy un cuadro terminado. No hay nada que restaurar aquí.
—Porque mi Dios se especializa en restaurar lo que el mundo da por perdido —dijo ella con una firmeza que me silenció—. Y porque creo que, debajo de todo ese asco que dices sentir, hay alguien que extraña mucho su hogar.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Antes de cruzar la puerta, se detuvo y me miró por encima del hombro. —Mañana iré a la vieja biblioteca de la calle 4. Necesito ayuda con unos archivos históricos para la iglesia. Dicen que sabes mucho de historia antigua. Piénsalo.
Cuando la puerta se cerró, me quedé solo en la penumbra de la galería. Comí la galleta. Sabía a hogar, a algo que no recordaba haber probado en eones. Miré el cuadro de "La Caída del Vacío" y, por primera vez, no vi la desesperación.
Vi el trazo dorado que ella había señalado. Y esa noche, cuando subí a mi estudio, no tomé el color gris. Tomé el blanco.
Un solo rayo de luz blanca apareció en el centro de mi nuevo lienzo. El primer rayo de una aurora que yo mismo había intentado impedir durante siglos.