El Despertar: La Herencia De La Luz

Capítulo 5: Conversaciones sobre lo Invisible

La biblioteca de la calle 4 era uno de los pocos lugares de la ciudad que toleraba. Oler el papel viejo y el cuero era como leer las cicatrices de la humanidad. Allí, entre estanterías que llegaban al techo, el tiempo parecía moverse con la lentitud que yo prefería.

Llegué diez minutos antes. Me dije a mí mismo que era por cortesía académica, no porque estuviera ansioso por verla. La encontré en la sección de archivos antiguos, rodeada de tomos de historia eclesiástica y registros parroquiales que databan de hace dos siglos.

—Llegaste —dijo ella, levantando la vista. La luz que se filtraba por las vidrieras polvorientas creaba un aura a su alrededor—. Sabía que la curiosidad ganaría a la amargura.

—No te hagas ilusiones, Evelyn —respondí, dejando mi abrigo en una silla—. Solo me irrita que alguien pierda el tiempo buscando en archivos mal clasificados. La historia de los hombres es un desastre de fechas erróneas y nombres olvidados.

Nos sentamos frente a frente en una mesa de roble macizo. Evelyn necesitaba catalogar la historia de una pequeña misión que ayudó a la ciudad durante la gran peste del siglo XIX. Para ella, eran héroes de la fe; para mí, eran recuerdos borrosos de una época en la que el aire apestaba a muerte.

—Mira esto —dijo ella, señalando un grabado en un libro amarillento—. Dice que, durante el peor momento de la enfermedad, un hombre misterioso entregó medicinas y luego desapareció. Los locales lo llamaron "El Vigilante Silencioso". ¿No es increíble cómo Dios usa a las personas?

Observé el grabado. Era un boceto burdo, pero reconocí el trazo de la mandíbula que el artista había intentado capturar. Yo había sido ese hombre. Lo recordaba perfectamente: la desesperación, los gritos, y mi propio desprecio mientras dejaba los suministros, pensando que solo estaba prolongando lo inevitable.

—No fue Dios, Evelyn —dije con un tono gélido—. Fue alguien que probablemente no tenía nada mejor que hacer. O alguien que quería ver si esta especie valía la pena antes de que se extinguiera por completo. Spoiler: no la valía.

Evelyn cerró el libro y me miró fijamente. No había reproche, sino esa curiosidad mística que me desarmaba. —Hablas como si hubieras estado allí, Daniel. Siempre hablas del pasado como si fuera una herida que no deja de sangrar.

—La historia es solo eso, Evelyn: una herida circular. Los humanos cometen los mismos errores, adoran a los mismos ídolos de barro y esperan resultados distintos. Es agotador observarlos.

—Entonces, ¿por qué observas? —preguntó ella suavemente—. Si tanto te asquean, podrías haberte ido a una isla desierta o haberte encerrado en tu estudio para siempre. Pero sigues viniendo a donde hay gente. Sigues buscando algo.

Me levanté bruscamente, haciendo que la silla chirriara contra el suelo. —No busco nada. Estoy atrapado. Es muy distinto.

—Todos estamos atrapados en algo hasta que decidimos creer en lo invisible —replicó ella, levantándose también. Se acercó a mí y puso su mano sobre la mía, que estaba apoyada en la mesa. Esta vez no retiré la mano—. Tú sabes mucho de lo que no se ve, Daniel. Lo huelo en tu pintura, lo escucho en tu silencio. Crees que tu conocimiento te hace superior, pero tu falta de fe te hace más esclavo que a cualquiera de estos que criticas.

—La fe es para los que no tienen pruebas —le espeté, sintiendo que mi verdadera naturaleza vibraba bajo mi piel humana—. Yo no necesito creer, yo . Sé lo que hay más allá de esas nubes, sé cómo suena el vacío y sé que la humanidad es un parpadeo insignificante en la eternidad.

—¿Y de qué sirve saber tanto si no tienes amor? —El silencio que siguió a su pregunta fue absoluto. Evelyn no gritaba; sus palabras eran como flechas de luz que atravesaban mi armadura—. Mi Biblia dice que, aunque hable lenguas celestiales, si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena. Tú eres ese metal, Daniel. Resuenas con fuerza, pero estás vacío por dentro.

Me quedé mudo. Había enfrentado legiones de sombras, había visto imperios caer, pero nunca nadie me había llamado "vacío" con tanta verdad. Evelyn tomó sus cosas y me miró con una mezcla de tristeza y esperanza.

—Mañana iré al hospital de niños para llevarles material de arte. Sería un buen lugar para que ese metal empiece a sonar de otra forma. Piénsalo, Daniel. Tienes un don, pero lo usas como un escudo cuando debería ser un puente.

Ella se fue, y yo me quedé solo en la biblioteca, rodeado de libros que yo mismo podría haber escrito. Miré mis manos. Eran manos de pintor, manos de hombre... pero por un segundo, vi el reflejo de la luz celestial que una vez las bañó.

Evelyn tenía razón en algo: el conocimiento era una carga si no tenía un propósito. Y por primera vez en siglos, el propósito de mi exilio empezaba a tener un nombre.




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