Esa noche, el estudio no era un refugio; era una celda de recuerdos. Las palabras de Evelyn sobre el "metal que resuena" se habían quedado grabadas en las paredes, rebotando en cada lienzo oscuro. Me senté en el suelo, frente a una ventana inmensa que mostraba la ciudad como un circuito de luces eléctricas. Cerré los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, permití que la marea de la memoria me arrastrara hacia atrás, mucho más allá de las bibliotecas y las galerías de arte.
El recuerdo llegó con el sonido de un trueno que no pertenecía a la atmósfera terrestre.
Flashback: El Cierre del Cielo
No siempre hubo pinceles y trementina. Hubo una vez en la que mi ser estaba hecho de frecuencia pura, de una armonía que vibraba al unísono con el pensamiento del Creador. Yo no era un guerrero de primera línea como Miguel, ni un seductor de sombras como Aquel que cayó. Yo era un observador, un mensajero de las periferias, encargado de vigilar las fronteras donde la luz se encontraba con el vacío.
Entonces comenzó la Gran Disputa. El cielo no se dividió con palabras, sino con una fractura en la misma realidad. Recuerdo el brillo cegador de la espada de Miguel y el rugido de Satanás, un sonido que distorsionaba la belleza de la creación. Yo estaba allí, en el límite, cumpliendo mi deber cuando el cosmos se desgarró.
Vi a la cuarta parte de mis hermanos ser arrastrados hacia el abismo. No todos cayeron por maldad; muchos simplemente fueron atrapados en el torbellino de la caída, como hojas en un huracán. Yo me lancé hacia la brecha, intentando rescatar a un compañero que se hundía en la oscuridad, pero en ese instante, el Creador dio la orden de sellar las puertas.
El sonido fue absoluto. Un eco que todavía resuena en mis huesos humanos.
El Cielo se cerró.
Sentí el impacto contra la corteza de la Tierra como si el planeta mismo fuera un bloque de hierro. Mis alas, que antes eran extensiones de mi voluntad, se quemaron al contacto con la atmósfera densa y cargada de materia. Me quedé solo, tendido en un valle de rocas, sintiendo por primera vez algo que no existía en mi hogar: el frío.
Me levanté y miré hacia arriba, esperando que el desgarro volviera a abrirse. Esperando que alguien notara que yo no pertenecía aquí. Pero el cielo permaneció mudo, de un azul indiferente. Me habían dejado fuera. No por castigo, sino por accidente. Un daño colateral de la justicia divina.
Presente
Abrí los ojos en la penumbra del estudio. Mi respiración era agitada. El dolor en mis omóplatos era tan real que tuve que tocarme la espalda para asegurarme de que no estaba sangrando.
—Abandonado —susurré al aire pesado del estudio—. Abandonado por ser fiel, mientras ellos...
Caminé hacia el lienzo en el que había pintado aquel rayo de luz blanca inspirado por Evelyn. Ahora me parecía una burla. Tomé un pincel ancho y, con un movimiento violento, lo cubrí con una capa de color ocre, el color del barro, el color de la tierra que me había atrapado.
Pasé el resto de la noche recordando mis primeros años entre los hombres. Recordé la primera vez que vi a un humano matar a otro por un trozo de comida en una cueva oscura. Recordé mi decepción absoluta al darme cuenta de que el Creador había preferido a estas criaturas de barro, capaces de tal crueldad, sobre nosotros, que éramos espejos de Su luz.
—Son sus favoritos —dije con un veneno que me amargaba la garganta—. Y yo soy el exiliado que debe ver cómo destruyen el regalo que yo daría cualquier cosa por recuperar.
Me acerqué a la ventana y miré hacia abajo, hacia las calles donde Evelyn seguramente estaría descansando, soñando con ángeles y salvación. Ella creía que yo tenía un don. No entendía que mi "don" era una maldición: recordar la perfección mientras vivo en el caos.
Sin embargo, a pesar de mi odio, a pesar del dolor del flashback, una parte de mí deseaba que llegara la mañana. Deseaba verla en el hospital de niños. No porque me importara la humanidad, me repetí una y otra vez, sino porque Evelyn era el único ser en este planeta que parecía no estar hecho del mismo barro egoísta que los demás.
Ella era la única que lograba que el metal que yo era, por un instante, dejara de resonar con furia y empezara a vibrar con algo parecido a la esperanza. Y eso, para un ángel varado, era lo más peligroso de todo.