El Despertar: La Herencia De La Luz

Capítulo 7: La Flor en el Basurero

El hospital infantil olía a desinfectante y a una tristeza contenida que se filtraba por las paredes de color pastel. Para mí, el dolor físico de los humanos siempre había sido una prueba de su imperfección, un recordatorio de que estaban hechos de materia que se corrompe. Evitaba estos lugares porque aquí la "maldad" del destino se sentía más injusta, y mi resentimiento hacia el Creador se volvía más agudo.

—¿Qué hago aquí? —me pregunté, deteniéndome en el pasillo de pediatría.

Casi doy media vuelta, pero entonces la vi.

Evelyn estaba en una sala común, rodeada de niños con batas blancas y rostros pálidos. No estaba predicando, ni leyendo versículos. Estaba sentada en el suelo, con las manos manchadas de témpera, ayudando a un niño pequeño a pintar lo que parecía ser un pájaro deforme. El ruido en la sala era una mezcla de risas infantiles y el pitido rítmico de las máquinas de suero.

—¡Daniel! —gritó ella al verme en la puerta. Su sonrisa fue como un disparo de luz en ese pasillo lúgubre—. Sabía que vendrías. Chicos, él es Daniel. Es el mejor pintor que conozco, aunque a veces se le olvida usar colores alegres.

Los niños me miraron con una mezcla de asombro y timidez. Me sentí ridículo con mi abrigo largo y mi expresión de piedra. Evelyn se levantó y me puso un pincel en la mano antes de que pudiera protestar.

—Ese niño de la esquina, Mateo, dice que no puede pintar el cielo porque nunca ha salido del hospital —susurró ella a mi oído—. Enséñale, Daniel. Enséñale lo que tú has visto.

Me acerqué al pequeño. Mateo tenía los ojos grandes y cansados. Miré su lienzo en blanco y luego mis manos, las manos que habían visto el resplandor de las cortes celestiales. Por un momento, el asco por la humanidad desapareció, reemplazado por una punzada de algo que no quería admitir: compasión.

—El cielo no es solo azul, Mateo —dije, sentándome en una silla pequeña que crujió bajo mi peso—. El cielo tiene capas de violeta cuando el sol se va a dormir, y tiene destellos de oro cuando el viento sopla fuerte.

Empecé a pintar para él. No usé el abstracto oscuro de mi galería. Usé los colores que recordaba de mis viajes por las esferas. Mientras trazaba las nubes, sentí la mirada de Evelyn sobre mí. Ella no estaba mirando el cuadro; me estaba mirando a mí, con una ternura que me hizo querer huir y quedarme al mismo tiempo.

—¿Ves, Daniel? —dijo ella más tarde, mientras caminábamos por el jardín del hospital—. Es un basurero de dolor, sí. Pero mira a Mateo. Por diez minutos, se olvidó de las agujas y del miedo. Eso es la nobleza humana: florecer incluso cuando el suelo es de cemento.

—Es una flor que se marchitará pronto, Evelyn —respondí, intentando recuperar mi armadura—. Ese niño morirá, y tu Dios no hará nada para evitarlo. ¿Cómo puedes seguir sonriendo en un lugar así?

Evelyn se detuvo frente a un rosal descuidado. Tomó una flor marchita entre sus dedos. —No sonrío porque el dolor no exista, Daniel. Sonrío porque el amor es más fuerte que el final. Tú los ves como "favoritos" que no merecen nada, pero yo los veo como hijos que sufren y que, a pesar de todo, son capaces de pintar un pájaro y reír. Si un ángel bajara ahora mismo, creo que envidiaría la valentía de Mateo.

Me quedé en silencio. "Envidiar la valentía". Era una idea revolucionaria. Yo siempre había envidiado su libertad, su capacidad de ser perdonados, pero nunca su valentía.

—Eres una flor en un basurero, Evelyn —dije, mirándola fijamente—. Y me aterra pensar qué pasará con este mundo cuando te marchites tú también.

Ella se rió, una risa limpia que hizo que el aire del hospital se sintiera menos pesado. —Entonces asegúrate de regarme con un poco menos de amargura, Daniel. Nos vemos mañana en el estudio. Quiero ver ese cuadro blanco que prometiste.

Se fue, dejándome solo en el jardín. Miré mis dedos, todavía manchados con el azul y el violeta que usé para Mateo. Por primera vez en eones, no sentí el deseo de lavarme las manos de inmediato. Sentí que, tal vez, solo tal vez, la humanidad no era un error de cálculo, sino un misterio que ni siquiera un ángel podía descifrar solo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.