El estudio se sentía diferente esa noche. El aire no pesaba tanto, o quizás era yo quien empezaba a flotar de nuevo. Había algo en mis manos que no me pertenecía: una agitación, un pulso rítmico que me recordaba a la música que los hombres llamaban silencio, pero que yo sabía que era la vibración del universo.
Evelyn llegó puntual. Traía consigo esa luz suya que no necesitaba bombillas. Se quitó el abrigo y se quedó observando el gran lienzo en blanco que yo había preparado en el centro de la habitación.
—Hoy no quiero que pintes tus sombras, Daniel —dijo, colocándose en la luz que entraba por el ventanal—. Hoy quiero que me veas a mí. No como una humana más, sino como lo que tú crees que falta en este mundo.
Me quedé inmóvil. Tomé el carboncillo, pero mis dedos se sentían torpes. —Es difícil pintar la luz cuando tus ojos se han acostumbrado a la penumbra, Evelyn.
—Inténtalo. Usa la geometría que conoces.
Empecé a trazar. Al principio, fueron líneas rectas, frías, ángulos perfectos. Estaba usando la lógica de las esferas, la precisión de la creación. Pero a medida que mis ojos viajaban de la tela a su rostro, la geometría empezó a cambiar. Las líneas se curvaron, se volvieron orgánicas, casi vivas.
Sin darme cuenta, mi mano dejó de obedecer a mi intelecto amargado. El carboncillo volaba sobre el lienzo. No estaba dibujando solo sus ojos o su boca; estaba dibujando la energía que emanaba de ella. Un patrón de círculos entrelazados, una estructura que en el Cielo llamábamos el lenguaje del origen, pero que aquí parecía el mapa de un alma.
—¿Qué estás haciendo? —susurró ella, acercándose para ver.
Me detuve, jadeando como si hubiera corrido kilómetros. Miré el lienzo. No era un retrato convencional. Era una figura humana envuelta en alas de luz geométrica, una composición de oro y blanco que parecía vibrar. Mis manos estaban manchadas de un polvo plateado que no recordaba haber comprado.
—Es... —Evelyn se llevó una mano a los labios—. Daniel, esto no es humano. Parece que estás dibujando el cielo.
—Es lo que veo cuando te miro —dije, y mi voz salió rota, despojada de todo cinismo—. Veo una estructura perfecta. Veo una bondad que no debería existir en este barro.
Ella se acercó más, hasta que pude sentir el calor de su aliento. Estaba rompiendo todas mis defensas. Por un instante, la tentación de contarle la verdad, de decirle que mis alas no eran una metáfora, fue casi insoportable. Mi espalda ardió; el calor en mis omóplatos se volvió un incendio.
—Tienes miedo de tu propio don —dijo ella, tocando suavemente mi mano manchada de plata—. Tienes miedo de que, si dejas de odiar, te quedes sin nada. Pero mira esto, Daniel. Es hermoso. Si esto es lo que ves en mí, imagina lo que Dios ve en ti.
—Dios dejó de mirarme hace mucho tiempo, Evelyn —respondí, aunque mi mano no se apartó de la suya.
En ese momento, ocurrió algo extraño. Una de las lámparas del estudio estalló en una lluvia de chispas, pero la habitación no se oscureció. El lienzo que acababa de pintar emitió un fulgor suave, un eco de la gloria que yo había intentado enterrar.
Evelyn no gritó. Se quedó mirando el cuadro, y luego me miró a mí. Había una pregunta en sus ojos, una sospecha que empezaba a tomar forma de milagro.
—Daniel... tus ojos —susurró.
Me alejé bruscamente, dándole la espalda. Sabía lo que estaba pasando. Cuando un ángel siente una emoción humana con demasiada intensidad, la máscara de carne empieza a agrietarse. Sabía que mis pupilas debían estar brillando con un azul eléctrico, el color del fuego celestial.
—Vete, Evelyn —dije, luchando por contener la luz que quería brotar de mis poros—. Vete ahora. No estoy listo para que veas lo que hay detrás del lienzo.
Escuché sus pasos alejarse lentamente, pero antes de salir, dejó una frase que se quedó flotando en el aire como una promesa: —La geometría sagrada no miente, Daniel. Estás volviendo a casa, aunque todavía no quieras admitirlo.
Me quedé solo con el cuadro. Lo miré con odio y con amor. Esa noche, no dormí. Me pasé las horas intentando borrar el rastro de luz del lienzo, pero cuanto más lo intentaba, más brillaba. Había pintado la esperanza, y una vez que la esperanza se plasma en el mundo, ni siquiera un ángel caído puede destruirla.