El rastro de luz en el lienzo no se apagó con la salida del sol. Al contrario, parecía alimentarse de la claridad del día, recordándome mi propia derrota ante la esperanza. Para escapar de la mirada de ese cuadro, me refugié en los rincones más oscuros de mi memoria.
Me senté en el rincón más alejado del estudio, dejando que el olor del óleo viejo me transportara. No siempre había sido un pintor en una ciudad de cristal y acero. El tiempo, para un exiliado como yo, no es una línea, sino un incendio que devora todo a su paso.
Flashback: El Siglo de las Luces y las Sombras
Recuerdo el Renacimiento. Fue la última vez que intenté, con verdadera convicción, ser uno de ellos. Me hice pasar por un aprendiz de arquitecto en Florencia. Estaba fascinado por cómo los hombres intentaban imitar la armonía celestial a través del mármol y la cúpula. Pensé: "Si pueden crear algo tan bello, quizás el Creador no se equivocó con ellos".
Me enamoré de su potencial. Trabajé hombro a hombro con hombres que sudaban y sangraban por una idea. Pero la belleza humana es una moneda con dos caras. Vi cómo esa misma inteligencia que levantaba catedrales se usaba para diseñar máquinas de tortura. Vi cómo la fe, esa palabra que Evelyn usa como un bálsamo, se convertía en una excusa para quemar a personas vivas en las plazas.
Traté de intervenir. Traté de salvar a un joven erudito que solo buscaba la verdad en las estrellas. Lo traicionaron sus propios hermanos por unas monedas de plata. Cuando lo vi morir, sentí un frío que no venía del invierno.
—Son un experimento fallido —le grité al cielo aquella noche, bajo la lluvia de Italia—. Tienen el don de crear, pero la obsesión de destruir.
Desde entonces, decidí ser un fantasma. Crucé fronteras, cambié de nombres, vi imperios nacer y desmoronarse en el polvo. Aprendí que la humanidad es un ciclo de amnesia: construyen sobre las cenizas de sus errores sin aprender nada, impulsados por una avaricia que no conoce fin. Por eso mis cuadros eran negros. Por eso mi corazón era una piedra. Porque recordar dolía más que cualquier herida física.
Presente
Un golpe suave en la puerta me trajo de vuelta. No era Evelyn; era el mensajero de la galería con un sobre dorado. Lo abrí sin ganas. Era una invitación formal para una gala benéfica donde subastarían una de mis obras.
Miré el sobre y luego miré el cuadro de la "Geometría Sagrada" que aún vibraba en el centro del cuarto.
—El pasado siempre vuelve a quemar —susurré.
Recordé la mirada de Evelyn en el hospital. Ella creía en la restauración. Yo creía en la repetición. Pero había algo en este siglo, algo en ella, que se sentía diferente a todas las mujeres y hombres que había conocido en mis milenios de vagabundeo. Evelyn no intentaba ser "grande" o "eterna"; simplemente intentaba ser buena en el presente.
Tomé un pincel fino. No para borrar el cuadro, sino para añadir algo. En el fondo de la composición geométrica, pinté una pequeña llama, casi invisible, del color de la plata vieja. Era mi propia firma, un fragmento de mi dolor integrado en la luz de ella.
El teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de Evelyn:
"No te escondas en el pasado hoy, Daniel. El presente necesita que lo pintes con otros ojos. Te espero en la plaza a las seis."
Sentí un nudo en la garganta. La humanidad seguía dándome razones para repudiarla, pero Evelyn seguía dándome razones para quedarme. El conflicto entre mi memoria y mi corazón era la guerra más difícil que había librado jamás. Una guerra donde, por primera vez, no quería ganar la batalla del odio.