El Despertar: La Herencia De La Luz

Capítulo 10: Un Domingo de Fe

Hacía siglos que no pisaba un templo. Para mí, las iglesias construidas por los hombres siempre habían sido monumentos a su propia confusión: techos altos para intentar alcanzar un cielo que no los escuchaba y muros de piedra para encerrar una presencia que no se puede contener. Sin embargo, allí estaba yo, parado frente a las puertas de madera de la parroquia de Evelyn, sintiéndome como un lobo entrando en un redil.

El sonido del órgano se filtraba hacia la calle. Era una melodía simple, casi infantil comparada con la armonía de las esferas, pero tenía una honestidad que me obligó a entrar.

Me quedé en la última fila, oculto en las sombras bajo el coro. El lugar estaba lleno de la gente que yo solía despreciar en mis cuadros: ancianos con manos nudosas, familias cansadas, jóvenes buscando algo que sus teléfonos no podían darles. Y en medio de ellos, Evelyn. Estaba en la primera fila, con la cabeza ligeramente inclinada, en un estado de paz que me resultó doloroso observar.

—"Señor, no soy digno de que entres en mi casa..." —recitó la congregación al unísono.

Casi suelto una carcajada amarga. Si supieran quién estaba sentado al fondo, si pudieran ver al ser que una vez caminó por las cortes de luz, huirían despavoridos. Yo no era digno, pero no por las razones que ellos creían. Mi falta de dignidad no venía de la "pecaminosidad" humana, sino de mi orgullo herido y mi incapacidad para perdonar al Creador por mi exilio.

Entonces, el coro empezó a cantar.

No fue la técnica lo que me golpeó, sino la intención. Era un canto de súplica, pero también de agradecimiento. Por un momento, las paredes de la iglesia parecieron desvanecerse. Mi percepción celestial, esa que intentaba reprimir con alcohol y óleo negro, se activó sin mi permiso. Vi, por encima de las cabezas de los fieles, pequeños hilos de luz dorada que subían desde sus pechos. Eran sus oraciones. Débiles, fragmentadas, pero reales.

Sentí una presión insoportable en el pecho. Mis ojos empezaron a arder con ese azul eléctrico que tanto temía.

—No lo hagas —susurré, apretando los puños sobre el banco de madera—. No me hagas sentir esto.

Era nostalgia. Una nostalgia tan pura que quemaba más que el fuego del abismo. Recordé los coros celestiales, donde cada nota creaba una galaxia y cada silencio era una caricia de Dios. Comparado con eso, este pequeño templo era una choza, pero la devoción de Evelyn, que cantaba con los ojos cerrados, era un puente que conectaba este mundo de barro con el origen de todo.

Una lágrima corrió por mi mejilla. No era una lágrima humana; era pesada, brillante, como mercurio líquido. Cayó sobre mi mano y quemó la piel de mi disfraz mortal por un segundo.

Al terminar el servicio, la gente empezó a salir. Me puse de pie rápidamente, deseando escapar antes de que Evelyn me viera, pero fue tarde. Ella se abrió paso entre la multitud y me alcanzó en el atrio. Tenía el rostro iluminado por una alegría que me hizo sentir aún más oscuro.

—Viniste —dijo, tomando mis manos. Sus dedos estaban cálidos—. Te vi al fondo. ¿Qué te pareció?

—Es un lugar pequeño para una fe tan grande, Evelyn —respondí, intentando recuperar mi máscara de frialdad, aunque mi voz me traicionó con un leve temblor.

—Dios no necesita catedrales, Daniel. Solo necesita un corazón que no tenga miedo de ser vulnerable. Estás llorando.

Me limpié el rastro de la lágrima con un movimiento brusco. —Es el incienso. Mis ojos no están acostumbrados a tanta... luz artificial.

Evelyn se acercó y me miró con una profundidad que me asustó. Parecía que podía ver a través de mis pupilas, hasta las alas que tenía escondidas en el alma. —No es el incienso. Es que tu metal finalmente ha empezado a sonar, Daniel. Y suena a música celestial.

Esa tarde, regresé al estudio y no pinté sombras. Me senté frente al lienzo de la Geometría Sagrada y, con los dedos todavía temblando por el encuentro en la iglesia, empecé a pintar una serie de hilos dorados que cruzaban la composición. No eran hilos de seda; eran hilos de oración.

La humanidad seguía pareciéndome una especie autodestructiva, pero ese domingo aprendí algo nuevo: son los únicos seres capaces de amar a un Dios que no pueden ver, mientras que yo, que lo vi cara a cara, me había permitido odiarlo.




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