La ciudad de noche suele ser un hervidero de luces neón y movimiento, pero esa noche el aire se sentía espeso, como si el oxígeno se hubiera transformado en plomo. Desde el ventanal de mi estudio, observé cómo las luces de la calle parecían parpadear con una frecuencia irregular, una arritmia que solo yo podía detectar.
No era una falla eléctrica. Era un síntoma.
—Están aquí —susurré, sintiendo un escalofrío que me recorrió la columna vertebral, justo donde mis alas permanecían comprimidas bajo la piel.
Durante siglos, mi odio por la humanidad había actuado como un camuflaje. Las entidades que habitan los pliegues de la realidad —aquellos que sí cayeron por elección y maldad— no pierden el tiempo con un exiliado amargado que ya está haciendo su trabajo por ellos. Pero ahora que mi arte emitía una frecuencia de esperanza, me había convertido en un faro en medio de una tormenta de brea.
Cerré los ojos e intenté expandir mi conciencia. Lo que escuché no fue el ruido de los coches, sino un susurro metálico, un roce de escamas contra la realidad. Era el sonido de la envidia pura.
—Daniel... —la voz no vino del aire, sino de mi propia mente, distorsionada y cargada de veneno—. ¿Te has convertido en el guardián de las hormigas? Qué caída tan patética.
Me giré bruscamente, pero el estudio estaba vacío. Solo mis cuadros nuevos, esos que vibraban con luz dorada, parecían ofrecer resistencia a la penumbra que empezaba a filtrarse por las esquinas del techo. Eran manchas negras, densas, que se movían de forma independiente a las leyes de la física.
En ese momento, mi teléfono vibró sobre la mesa de mezclas. Era Evelyn.
—Daniel, ¿estás ahí? —su voz sonaba agitada, con un trasfondo de estática que no debería estar ahí—. He salido de la iglesia y... algo no está bien. La gente en la calle está actuando extraño. Hay una pelea en cada esquina, la gente grita sin razón. Tengo miedo.
—Evelyn, escúchame bien —dije, sintiendo que mis pupilas se dilataban hasta absorber el color del trueno—. Vuelve a entrar en la iglesia. No salgas hasta que yo llegue. Hay algo en el aire que está alimentando la parte más oscura de los hombres.
—Es como si el cielo se hubiera puesto gris de repente, Daniel, pero no es humo. Es...
La llamada se cortó con un chillido electrónico que me hizo soltar el aparato.
Me puse el abrigo y corrí hacia la puerta, pero antes de salir, me detuve frente al lienzo de la Geometría Sagrada. Las líneas doradas que había pintado con tanto esfuerzo estaban empezando a volverse opacas, como si una mano invisible estuviera vertiendo ceniza sobre ellas.
Comprendí la verdad con una claridad dolorosa: mi redención no era un evento privado. Al elegir amar a Evelyn y ver la luz en los humanos, había roto el pacto de silencio de mi exilio. Había declarado la guerra a la oscuridad que siempre creí que era mi aliada.
Bajé las escaleras de dos en dos. Al salir a la calle, el espectáculo era desolador. Un conductor le gritaba obscenidades a una anciana; dos hombres se golpeaban salvajemente por un roce accidental; el aire vibraba con una frecuencia que inducía al odio. Las tinieblas no necesitaban espadas para destruirnos; solo necesitaban susurrarle al oído a la humanidad que el otro era el enemigo.
—¡Basta! —rugí, y por un segundo, mi voz tuvo un eco sobrenatural que hizo que los que estaban cerca se detuvieran, confundidos.
Miré hacia el cielo. No había nubes, pero las estrellas estaban desapareciendo una a una, devoradas por un manto invisible. El susurro volvió a mi mente, esta vez más fuerte, burlón: "Míralos, Daniel. Solo necesitaban un empujón para volver a ser las bestias que siempre has odiado. Déjalos que se maten. Únete a nosotros y recupera tu lugar."
Apreté los dientes hasta que sentí el sabor del hierro en la boca. —Ya no soy uno de ustedes —respondí en voz baja, mientras mis manos empezaban a emitir un calor blanco—. Y ella no está sola.
Caminé hacia la iglesia de Evelyn, ignorando los disturbios. Sabía que esta noche el pintor había muerto definitivamente. El guerrero, aquel que se perdió en la batalla del origen, estaba despertando Y esta vez, tenía algo por lo que valía la pena pelear