El Despertar: La Herencia De La Luz

Capítulo 14: Un Gesto de Humanidad

La ciudad se había convertido en un campo de minas emocional. El susurro de las tinieblas no obligaba a los hombres a ser malos; simplemente amplificaba el egoísmo y la frustración que ya llevaban dentro. Mientras corría hacia la iglesia, vi escenas que habrían alimentado mi antiguo odio: un hombre robando el bolso a una mujer herida, jóvenes rompiendo escaparates por el simple placer de la destrucción.

Antes, yo habría pasado de largo, confirmando mi teoría de que la humanidad era un error. Pero ahora, cada acto de violencia se sentía como un tajo en mi propia piel.

Al doblar una esquina, me detuve en seco. Un grupo de tres hombres rodeaba a un repartidor de comida que había caído de su motocicleta. El chico, que no pasaba de los veinte años, estaba aterrado, cubriéndose la cabeza mientras los otros pateaban su vehículo y buscaban algo que quitarle.

—¡Es mío! ¡Todo es mío ahora! —gritaba uno de los atacantes, cuyos ojos tenían ese brillo opaco y vidrioso que delataba la influencia de las sombras.

Sentí la furia arder en mi pecho. No era la furia fría del juicio divino, sino una indignación caliente y humana. Caminé hacia ellos con paso firme.

—Déjenlo en paz —dije. Mi voz no fue un rugido esta vez, pero tenía una autoridad que hizo que el aire alrededor de nosotros se detuviera.

Los atacantes se giraron. Eran hombres comunes que, en otras circunstancias, quizás serían buenos padres o vecinos, pero ahora estaban intoxicados. El líder se rió, mostrando los dientes.

—¿Y quién nos va a obligar, artista? ¿Tus pinceles?

Se lanzó hacia mí con una navaja. En otro tiempo, habría usado un milagro para pulverizarlo. Pero hoy, algo en mí quería pelear como ellos. Esquivé el ataque con una agilidad que rozaba lo imposible para un humano y lo sujeté por la muñeca. La fuerza de mi agarre hizo que soltara el arma.

Lo miré a los ojos, no con desprecio, sino con una intensidad que buscaba quemar la sombra que lo envolvía. —Tú no eres esto —le dije al oído—. Recuerda quién eres cuando no tienes miedo.

Un destello de luz blanca brotó de mis dedos, pasando desapercibido para cualquier observador pero actuando como un choque eléctrico en el sistema nervioso del hombre. El brillo opaco en sus ojos se desvaneció. Se quedó paralizado, parpadeando, como si acabara de despertar de una pesadilla. Los otros dos, al sentir la presión de esa energía pura, retrocedieron y huyeron hacia la oscuridad de un callejón.

Me acerqué al repartidor y le extendí la mano. El chico me miró con desconfianza, pero aceptó la ayuda. Al tocarlo, sentí su pulso acelerado, su fragilidad.

—Gracias... —susurró, limpiándose la sangre del labio—. No sé qué les pasó. De repente, todos se volvieron locos.

—El mundo está pasando por una noche larga, hijo —respondí, ayudándole a levantar la moto—. Ve a casa. Quédate con los tuyos y no apagues las luces.

Me quedé mirando cómo se alejaba. Por primera vez en milenios, no sentí que había perdido el tiempo. Ese pequeño gesto —salvar a un extraño, tocar su mano, sentir su gratitud— me hizo sentir más vivo que todos los siglos de observación distante.

—Un gesto de humanidad —murmuré para mí mismo—. Así es como se siente la victoria de Evelyn.

Pero el alivio duró poco. El cielo sobre la iglesia de la calle 4 empezó a teñirse de un púrpura antinatural. Un rayo negro, una antítesis de la luz celestial, golpeó la torre del campanario.

Las tinieblas se estaban cansando de jugar con los humanos. Ahora iban por el origen de mi nueva fe. Iban por Evelyn.

Apreté los puños y eché a correr con una velocidad que desafiaba las leyes físicas, dejando tras de sí un rastro de chispas blancas sobre el asfalto. El artista se había quedado en el estudio; el guerrero estaba en la calle, y no iba a permitir que la única luz verdadera de ese basurero se apagara.




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