El Despertar: La Herencia De La Luz

Capítulo 17: La Confesión de Evelyn

La tormenta afuera de la iglesia parecía haber quedado en pausa, como si la realidad misma estuviera conteniendo el aliento. Regresé al lado de Evelyn por un breve momento antes del enfrentamiento final. Ella seguía allí, pequeña pero inquebrantable, con la mirada fija en el altar que ahora parecía emitir una calidez propia.

—Daniel —dijo ella sin mirarme, su voz resonando en las vigas de madera—, sé que estás pensando en el tiempo. Puedo sentirlo en tu forma de tocarme, como si estuvieras tratando de memorizar mi textura antes de que desaparezca.

Me quedé helado. Su intuición humana era a veces más afilada que mi visión celestial.

—No quiero verte desaparecer, Evelyn. No después de haber pasado milenios en la oscuridad. Sería una crueldad que ni siquiera el Creador permitiría.

Ella se levantó y se giró hacia mí. Sus ojos no tenían el miedo de un mortal frente al fin del mundo, sino una chispa de desafío que me recordó por qué la humanidad era tan fascinante.

—¿Crees que mi fe es un escudo contra la muerte? No lo es. Mi fe es la aceptación de que soy un soplo. Daniel, tú sabes que existe la eternidad porque vienes de ella. Para ti, creer es recordar. Pero para mí... para mí, creer es una elección que tomo cada mañana sin tener ninguna prueba. Y esa es la belleza de ser humana.

Se acercó y puso sus manos sobre mi pecho, justo encima del latido desbocado de mi corazón prestado.

—Tú me ves morir, pero yo me veo vivir. Prefiero ser una chispa que arde intensamente durante un segundo que ser un sol frío que dura para siempre. No me compadezcas por mi brevedad. Envídiame, porque yo sé valorar cada beso como si fuera el último. Tú nunca tuviste que aprender a decir adiós, y por eso no sabías lo que era amar de verdad hasta ahora.

Sus palabras fueron como una espada de doble filo. Me hirieron y me sanaron al mismo tiempo. Ella tenía razón. Mi inmortalidad me había hecho arrogante; me había hecho creer que la permanencia era lo único que daba valor a las cosas. Pero Evelyn, en su fragilidad, era la dueña de una sabiduría que el Cielo no podía enseñar: el valor del instante.

—Enséñame, entonces —susurré, inclinando mi frente contra la suya—. Enséñame a ser tan valiente como tú.

—Ya lo eres —respondió ella con una sonrisa triste—. Estás aquí, peleando por un mundo que una vez despreciaste. Estás eligiendo el dolor de amarme sobre la comodidad de tu odio. Eso es lo más humano que has hecho jamás.

Un estruendo sacudió la iglesia. Las vidrieras vibraron y una luz violeta se filtró por las grietas de la puerta. Las sombras ya no estaban susurrando; estaban gritando. La tregua había terminado.

—Es hora —dije, sintiendo que mi luz interior comenzaba a filtrarse por mis poros, haciendo que mi ropa brillara con un resplandor argénteo—. Quédate en la luz de este altar. Pase lo que pase afuera, no dejes de creer en esa chispa.

Me separé de ella, sintiendo que cada centímetro de distancia pesaba como una montaña. Al llegar a la puerta, me sentí transformado. Ya no era el pintor amargado, ni el ángel resentido. Era un protector que había aprendido que la vida no se mide por su duración, sino por la intensidad con la que se entrega.

Salí a la calle, y esta vez, el guerrero no tenía dudas.

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