Fuera de los muros de la iglesia, la ciudad ya no era la metrópolis de acero que yo conocía. Las sombras no solo se habían filtrado en los corazones de los hombres; habían empezado a devorar la estructura misma de la noche. El asfalto parecía ondular como petróleo negro y los edificios se estiraban hacia un cielo sin luna, formando una catedral de pesadilla que rodeaba la parroquia.
En el centro de la plaza, frente a la iglesia, la oscuridad se condensó en tres figuras altas y delgadas. No tenían rostros, solo vacíos donde debería estar la luz. Eran los Ecos del Abismo, entidades nacidas del primer conflicto, encargadas de asegurar que ningún exiliado encontrara jamás el camino de vuelta.
—Daniel... —el sonido era como el roce de cuchillas sobre vidrio—. El pintor que descubrió el amor. Qué desperdicio de esencia.
Las figuras comenzaron a moverse en un círculo lento, trazando en el suelo una geometría inversa a la que yo pintaba en mis lienzos. Donde mis líneas buscaban la armonía, las suyas buscaban el caos. Era un ritual de desolación, diseñado para apagar cualquier rastro de luz celestial en la Tierra.
—Vuelvan al vacío —dije, y mi voz hizo que el suelo bajo mis pies se agrietara, dejando escapar un resplandor blanco—. Este mundo no les pertenece.
—Este mundo es nuestro desde que el Creador dejó de mirar —siseó uno de ellos—. Tú lo sabías mejor que nadie. Tú mismo pintaste su podredumbre durante siglos. ¿Por qué ahora intentas salvar una flor que se marchitará mañana?
El círculo se cerró y el aire a mi alrededor empezó a enfriarse hasta que mi aliento se convirtió en escarcha. Sentí que mi conexión con la Tierra se debilitaba. Las sombras estaban atacando mi anclaje humano, tratando de arrancarme de la realidad de Evelyn para devolverme a la nada del olvido.
—No la salvo a ella —respondí, y sentí que la energía en mis omóplatos finalmente rompía la última barrera de mi disfraz. El dolor fue glorioso—. Me salvo a mí mismo a través de ella.
De repente, una de las figuras se lanzó hacia mí con una velocidad que habría desintegrado a cualquier mortal. Extendí la mano y una barrera de luz geométrica interceptó el ataque, creando una explosión de chispas plateadas que iluminó toda la plaza.
El ritual de las sombras era poderoso, pero cometía un error fundamental: creía que mi fuerza venía de mi antigua gloria celestial. No entendían que mi poder ahora venía de algo que ellos nunca conocerían: el peso de un beso, la calidez de una mano humana y la promesa que le hice a una mujer que creía en lo invisible.
—La luz no necesita permiso para brillar —dije, citando las palabras de Evelyn mientras mi brazo se envolvía en un fuego blanco—. Simplemente lo hace.
Lancé un golpe cargado con toda la rabia de mi exilio y toda la esperanza de mi redención. El impacto golpeó el centro del ritual, rompiendo la geometría oscura y lanzando a las sombras de vuelta a las grietas del pavimento.
Pero la batalla apenas comenzaba. Las sombras se retiraron solo para reagruparse, y pude sentir que algo mucho más antiguo y oscuro se agitaba en las profundidades de la ciudad. El ritual había sido solo el preludio. La verdadera prueba de mi naturaleza estaba por llegar.