El Despertar: La Herencia De La Luz

Capítulo 20: La Gran Revelación

La puerta de la iglesia se abrió de golpe, no por el viento, sino por la presión de la energía que emanaba de la plaza. Evelyn salió al atrio, ignorando el peligro, impulsada por un presentimiento que le quemaba el alma. Lo que vio la dejó sin aliento, obligándola a apoyarse en una de las columnas de piedra.

En medio de la plaza, Daniel ya no era el hombre que ella conocía.

Su abrigo negro estaba desgarrado, pero no por la lucha, sino por algo que brotaba desde su interior. Dos estructuras de luz pura, vastas y traslúcidas, se extendían desde su espalda, vibrando con una frecuencia que hacía que el aire mismo cantara. No eran alas de plumas blancas como en las pinturas antiguas; eran alas de fuego frío y geometría celestial, hechas de la misma sustancia que las estrellas.

—Daniel... —susurró Evelyn, y su voz fue lo único que logró que el ángel girara la cabeza.

Cuando sus ojos se encontraron, Evelyn retrocedió un paso. Los ojos de Daniel ya no tenían pupilas; eran dos faros de luz azul eléctrico que iluminaban la oscuridad de la plaza. Su piel brillaba con un resplandor argénteo, y cada vez que respiraba, pequeñas chispas de plata caían al suelo.

—Te dije que no salieras —dijo Daniel. Su voz ya no era la de un hombre; era una polifonía, un eco de miles de voces armonizadas que resonaban directamente en la mente de Evelyn.

—No podía dejarte solo —respondió ella, recuperando la compostura con una valentía que hizo que Daniel sintiera una punzada de orgullo—. Ahora lo veo. Todo lo que sospechaba... es real.

En ese momento, las sombras se condensaron en una masa única y colosal, un vacío con forma de bestia que se alzó sobre los edificios. El aire se llenó de un hedor a olvido y ceniza. La entidad oscura lanzó un rugido que hizo que las vidrieras de la iglesia estallaran finalmente.

Daniel se colocó frente a Evelyn, extendiendo sus alas de luz para protegerla de la lluvia de cristales.

—Mira bien, Evelyn —dijo él, y esta vez su voz fue suave, casi humana—. Esta es la verdad que tanto temía mostrarte. Soy un caído, un exiliado del coro que una vez sostuvo el universo. Soy un monstruo de luz atrapado en una jaula de carne.

Evelyn caminó hacia él, ignorando el resplandor que quemaba el aire a su alrededor. Extendió la mano y, con una determinación infinita, tocó la luz que emanaba del brazo de Daniel. No se quemó; sintió una calidez que le recordó al sol de la mañana.

—No eres un monstruo —dijo ella, mirándolo directamente a esos ojos de fuego—. Eres la prueba de que el cielo no nos ha olvidado. No importa lo que fuiste o de dónde caíste. Lo que importa es que estás aquí, protegiendo lo que es pequeño y frágil. Eso es lo que te hace sagrado.

Las palabras de Evelyn actuaron como el catalizador final. La luz de Daniel, que antes era inestable y violenta, se volvió serena y absoluta. Se giró hacia la gran sombra, ya no con el odio del guerrero, sino con la autoridad del que ha encontrado algo por lo que vale la pena existir.

—Se acabó —sentenció Daniel.

Cruzó sus manos frente a su pecho y luego las abrió en un gesto expansivo. Una onda de choque de luz pura barrió la plaza, desintegrando a la bestia de sombras y limpiando la oscuridad de los edificios. El cielo púrpura se desgarró, dejando ver por un instante la verdadera cúpula estrellada, más brillante de lo que cualquier humano hubiera visto jamás.

Cuando la luz se desvaneció, Daniel cayó de rodillas, agotado. Sus alas se retrajeron, volviendo a esconderse bajo su piel, y sus ojos recuperaron el color humano, aunque conservaban un brillo residual.

Evelyn corrió hacia él y lo sostuvo antes de que tocara el suelo. Daniel la miró, exhausto, sintiendo el peso de su cuerpo mortal regresar con una fuerza aplastante.

—Ya lo sabes todo —susurró él, buscando su mano—. Ahora ya no hay secretos entre nosotros.

—Ahora es cuando realmente empezamos, Daniel —respondió ella, besando su frente—. Porque ahora sé que no amo a un pintor, sino al alma que decidió que el mundo valía la pena.




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