El Despertar: La Herencia De La Luz

Capítulo 21: El Precio del Olvido

El silencio que siguió a la explosión de luz era absoluto, un vacío sonoro que zumbaba en los oídos. La plaza, antes un campo de batalla de pesadilla, volvía a ser un rincón urbano de cemento y farolas rotas. Sin embargo, algo había cambiado para siempre. El aire conservaba un rastro de ozono y el suelo donde Daniel había desplegado su esencia estaba marcado con un patrón geométrico quemado en el asfalto.

Daniel permanecía en los brazos de Evelyn, sintiendo cómo su humanidad regresaba como una marea pesada y dolorosa. Cada fibra de su cuerpo físico protestaba por haber servido de conducto para una energía que no debería existir en este plano.

—Daniel, mírame —susurró Evelyn, limpiando el sudor plateado de su frente—. Estás regresando. Estás aquí conmigo.

Él abrió los ojos, pero la visión le devolvía algo inquietante. A lo lejos, vio a los primeros curiosos asomarse por las ventanas. Vio a un hombre salir de un portal, parpadeando, mirando los destrozos con una confusión vacía.

—No recordarán nada —dijo Daniel, y su voz sonaba como si hubiera tragado ceniza—. La mente humana no puede procesar lo que acaba de ocurrir. Para ellos, será un apagón, una explosión de gas, un sueño colectivo que olvidarán al desayunar.

—¿Y tú? —preguntó ella con una nota de temor—. ¿También te olvidarán a ti?

Daniel se incorporó con dificultad. Miró sus manos; estaban temblorosas y las puntas de sus dedos se veían ligeramente traslúcidas, como si estuviera perdiendo densidad.

—Ese es el precio, Evelyn. He revelado mi naturaleza para salvar este lugar, y las leyes de este mundo exigen equilibrio. Mi presencia aquí se ha vuelto... inestable. La realidad está tratando de corregir el error de mi existencia.

Caminaron lentamente de regreso al estudio. Las calles se sentían extrañas, como si la ciudad misma estuviera en un estado de convalecencia. Al llegar a la galería, Daniel se detuvo frente al cuadro de la Geometría Sagrada. El lienzo, que antes vibraba con luz, ahora estaba opaco. La pintura se estaba descascarando, cayendo al suelo como escamas muertas.

—Mis obras... —murmuró Daniel—. Se están borrando.

—No importa el arte, Daniel —dijo Evelyn, abrazándolo por la espalda—. Me importa el hombre que está dentro de ti. No permitas que este mundo te borre a ti también.

—He usado casi toda la energía que me anclaba a este disfraz —confesó él, girándose para verla. Su rostro se veía más pálido que de costumbre—. El precio del olvido no es solo para ellos. Es para mí. Cuanto más me conocen como lo que soy, menos puedo permanecer como lo que quiero ser: alguien a tu lado.

Evelyn tomó su rostro entre sus manos. Sus ojos estaban llenos de una determinación feroz, una que desafiaba a las leyes del cielo y la tierra. —Si la realidad trata de olvidarte, yo te recordaré cada segundo. Te llamaré por tu nombre hasta que el universo se canse de intentar borrarte. No eres un error, Daniel. Eres el único acierto que he conocido.

Se quedaron allí, en la penumbra del estudio que empezaba a desvanecerse, dos seres unidos por un amor que la lógica divina nunca previó. Daniel sabía que el velo entre su mundo y el de ella se estaba volviendo peligrosamente delgado, y que el próximo paso podría ser el último.

Pero mientras ella lo sostuviera, él estaba dispuesto a pagar cualquier precio, incluso si eso significaba convertirse en un fantasma en su propia historia, con tal de no dejarla sola en la oscuridad que acababa de derrotar.




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