El Despertar: La Herencia De La Luz

Capítulo 24: El Eco en la Sangre

Habían pasado tres meses desde que el estudio de la calle 4 quedó vacío. Para el resto de la ciudad, Daniel era un nombre que se desvanecía en las facturas impagadas y en las paredes desnudas de una galería que ahora vendía paisajes genéricos. Pero para Evelyn, el olvido no era una opción; era una batalla diaria contra la lógica.

Ella caminaba ahora con una seguridad que antes no tenía. No era solo la fe; era una percepción alterada. A veces, al cerrar los ojos, Evelyn todavía podía ver las líneas doradas cruzando el cielo, la geometría invisible que Daniel le había enseñado a reconocer.

Esa tarde, mientras ordenaba los libros en la biblioteca de la parroquia, un escalofrío familiar le recorrió la nuca. No era el frío de las sombras, sino una vibración, un pulso rítmico que parecía venir del suelo mismo.

—¿Daniel? —susurró, aunque sabía que no obtendría respuesta.

Se dirigió al rincón donde guardaba el pequeño cuaderno de bocetos que sobrevivió a la limpieza de la realidad. Al abrirlo, notó algo que no estaba allí antes. En la última página, que juraría haber visto en blanco, empezaba a dibujarse una figura. Eran trazos tenues, casi invisibles, que parecían formarse con el calor de sus propios dedos.

No era Daniel. Era un rostro nuevo, una mujer con ojos severos y una corona de espinas que parecían cables eléctricos.

—No eres el único exiliado, Daniel —dijo una voz a sus espaldas.

Evelyn se giró bruscamente. En la entrada de la biblioteca estaba una mujer vestida con un traje gris impecable, de una elegancia fría y corporativa. Sus ojos eran grises, del color del acero antes de ser forjado.

—¿Quién es usted? —preguntó Evelyn, apretando el cuaderno contra su pecho.

—Alguien que recuerda lo que otros prefieren olvidar —respondió la mujer, dando un paso hacia la luz. Sus pasos no hacían ruido sobre la madera—. Daniel cometió un error grave, Evelyn. Creyó que el olvido era el precio final, pero la luz que liberó esa noche dejó una marca. Una marca que ahora otros están siguiendo.

La mujer se acercó a una de las ventanas y señaló hacia el horizonte, donde los edificios de la ciudad se cortaban contra el atardecer. —Él no solo te salvó a ti. Abrió una puerta. Y ahora, lo que hay del otro lado está empezando a entrar.

Evelyn sintió que el cuaderno en sus manos empezaba a emitir un calor intenso. El rastro de luz de Daniel no se había apagado; se había transformado en una brújula.

—Si él abrió la puerta —dijo Evelyn con voz firme—, entonces él todavía está en alguna parte.

La mujer de gris sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Era la sonrisa de quien sabe que la guerra apenas ha comenzado. —Él está en el origen, Evelyn. Pero para llegar allí, tendrás que aprender que la luz también puede cegar.

Esa noche, Evelyn no rezó por paz. Rezó por fuerza. La temporada del silencio había terminado. El eco de la sangre de Daniel estaba llamando, y ella era la única que podía escuchar la melodía.




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